Zitiervorschlag: José Joaquín Fernández de Lizardi (Hrsg.): "Número 13", in: El Pensador Mexicano, Vol.1\013 (1813), S. 111-118, ediert in: Ertler, Klaus-Dieter / Hobisch, Elisabeth (Hrsg.): Die "Spectators" im internationalen Kontext. Digitale Edition, Graz 2011- . hdl.handle.net/11471/513.20.5197 [aufgerufen am: ].
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Número 13
Ebene 2► Metatextualität► Señores suscriptores: así o asado, ya he cumplido mi palabra y llenado el número de pliegos que ofrecí dar cuando abrí esta subscripción. Suspendo por ahora mi efímero periódico, porque el papel me ha costado y está costando muy caro, de modo que no me ofrece cuenta proseguir; si abaratare se continuará.
A los que han admitido el dicho periódico con aplauso, lo agradezco, y a estilo de volatín pido perdón de las faltas cometidas, protestando que nunca ha sido mi intención zaherir sino al vicio y no a persona determinada.
Sé muy bien que a unos no les acomodarán los primeros números, a otros los últimos y a muchos ninguno; pero si ya los compraron y los leyeron, que es el peor tabardillo que se pueden haber pegado, ¿qué remedio? "Paciencia y barajar", como dijo Merlín a don Quijote en la asombrosa cueva de Montesinos.
Zitat/Motto► Tempore felici multi numerantur amici
Tempora si fuerint nubilia, solus eris. ◀Zitat/Motto
Es lo mismo que decir: "En la cama y en la cárcel se experimentan los amigos."
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SONETO
Mal hayan los amigos (exclamaba
un infeliz, ardiendo en calentura)
cuyo favor en la bonanza dura,
pero en la adversidad al punto acaba.
Mal haya, amén (otro infeliz gritaba
preso en su calabozo ¡qué amargura!),
quien se promete apoyo o lo asegura
en la vil amistad que lo adulaba.
Justos son, dije yo, vuestros enojos.
Lo mismo siento en la dolencia mía;
amigos el infeliz tiene a manojos,
[112] y ni uno encuentra en la desgracia impía.
Diógenes con farol y con anteojos
no halló en Athenas uno al medio día. ◀Ebene 3
Regalito a los embusteros
Ebene 3► Fremdportrait► Cuando la Europa y las Américas arden en unas sangrientas guerras, combate a los pacíficos el terrible ejército de las mentiras. Sus falanges matan las honras, saquean las reputaciones, devoran los buenos conceptos, destruyen las familias, incendian los corazones y hacen todos los males que sabemos, sin pólvora ni bayonetas. Un trocillo de carne musculosa, dirigido sin prudencia o con malicia, es todo el armamento y fornitura de estos bravos campeones. Ejército vil, a la verdad, porque su general es no menos que el perverso Satanás. Nada tienen sus soldados que esperar de honores. El pre que gozan son las más o menos creederas de los incautos; y con todo eso, en todo el mundo se alistan diariamente bajo tan infames banderas innumerables reclutas de todo sexo, edad, condición y carácter, de manera que, en sentir de un santo profeta, casi todos los mortales son atletas de tan odiosos regimientos.
En ellos hay sus jefes, brigadieres, coroneles, capitanes, sargentos y hasta pitos, según son más o menos embusteros, criminales y embrolladores; y estando este ejército formidable repartido en toda la extensión del globo, sin excepción de reinos ni provincias, no podía México gloriarse de estar limpio de semejante polilla.
Sí, por cierto; tenemos en esta capital una respetable división de mentirosos, que trabaja incesantemente en distinguirse sobre todos los embusteros del universo.
¡Válgame Dios, y cómo mienten con el mayor descaro! Basta que les parezca una cosa posible para que la aseguren como positiva. Un sueño, una palabra no entendida, una sospecha, la venden los tales por una verdad infalible, pintándola con los coloridos más eficaces que les sugiere su ignorancia, su perversidad y su malicia.
Mienten con desvergüenza, se perjuran con facilidad y no dudan ponerse de testigos para apoyar su fábula en cosa que ni han visto.
El cuartel de esta gente miserable está en toda la ciudad, pero sus academias y plazas de armas son el portal, cafés y billares. Allí se juntan, se reconocen y comunican estos incidentes comilitones; allí se dan los plácemes y enhorabuenas de sus conquistas; allí se adiestran en el grosero manejo de su temible armita; allí se enseñan a tirar el blanco del marido pobre, de la doncella honesta, de la buena casada, del útil ciudadano, y, finalmente, allí ejercitan sus evoluciones y asestan, sin temor ni riesgo sus depravados tiros contra los indefensos prójimos.
[113] Uno de estos pobres blancos en los presentes días, ha sido el Pensador. ¡Jesús y cómo han traceado y hecho pedazos a este infeliz! No le han dejado a su honor hueso sano; han mentido sobre él a rienda suelta sin ningunos datos seguros. Han dicho "que ha enredado más de cuatro trompos. ¡Pobre hombre!" Ni de muchacho le gustó ese juego, ni tiene ni ha tenido trompos ni pita con qué enredarlos; y sobre todo, el que lo dude vaya a donde hoy vive y busque un trompo enredado por su mano, y si no lo halla (como no lo hallará), téngase por un mordaz y cuantos con él juzguen y hablen con igual ligereza.
Han dicho también que un pobre indio se quedó triste, y sólo porque su amo se fue y lo dejó, por causa del Pensador. Embuste claro. En su vida ha visto el Pensador la cara ni la letra de ese señor, ni jamás lo ha comunicado, ni aun sabe cómo es el eco de su voz, conque en semejante extrañeza ¿no es evidente que no podía tener el más mínimo participio en su separación del indio, pues faltándole toda relación de comunicación, conocimiento o amistad con el dicho sujeto, no se le podía a éste seguir por su parte el menor daño? Pues así ha sido; y el que lo dude, infórmese y luego hable.
Han proferido que el Pensador fue causa de que se huyera de su casa un perrito, que dizque andaba con un farolito en la boca. Otra mentira tamaña. Puede ser que fuera causa remota, pero no próxima, porque me aseguran que el Pensador apenas trató al perrito, y eso de lejos, como dicen. La prueba de esta verdad es que, después de diez o doce días que el Pensador no salía de su mesón por cierta enfermedad que lo tulló, entonces se fue el falderillo; pues tiempo sobró para haberle hecho daño, si hubiera sido por su causa. Dígase lo que se quiera; pero no se me imputen culpas que no he cometido.
Pero ¡que más!, han dicho que los últimos cuatro números del periódico los ha dado a luz a fuerza el Pensador. Embuste tonto e impolítico porque nadie lo podía forzar a semejante cosa; ni el Pensador es hombre que se dejara forzar del mismo rey, como decía Sancho. Una cosa es que sus papeles hayan salido corregidos y enmendados por la previa censura, según está mandado, y otra que haya sido violentado.
De este modo han ensartado en el particular más mentiras que mostaza dan por medio. La ignorancia o la malicia se pueden perdonar, pero es imposible al amor propio no defenderse de la calumnia, y más cuando lo favorece la inocencia.
Vamos a dar por conclusión una ligera idea de estos soldados de la mentira, para que se guarden de ellos todos nuestros semejantes. Tráela Juvenal en la sátira cuarta y dice así:
[114] Zitat/Motto► Absentem qui rodit amicum,
qui non defendit alio culpante, solutos
qui captat risus hominum, famamque dicacis,
fingere qui non visa potest, commisa tacere
qui nequit, hic niger est, hunc tu, Romane, caveto.
Traducción libre
Octava
El que robe al ausente o no defiende
el honor del amigo vulnerado;
quien la risa contra él tal vez pretende
o asegura por cierto lo inventado,
y así la fama con su lengua ofende;
quien publica el delito que ha observado,
éste es amigo vil y mentiroso.
Guárdate de él, oh tú, lector juicioso. ◀Zitat/Motto ◀Fremdportrait ◀Ebene 3
DIÁLOGO FINGIDO DE COSAS CIERTAS
Entre una muchacha y tata Pablo
Ebene 3► Dialog► Muchacha: Tata, ¿qué comeremos hoy? No hay más que medio.
Tata: ¿Qué hemos de hacer, hija? Haz unos chilaquiles.
Muchacha: Si no alcanza, tata; mire usted: cuartilla de tortillas, que son seis y parecen obleas; tlaco de chiles que dan dos, y chiquitos, son tres tlacos, y tlaco de manteca (que más se le unta a un gato en el hocico para aquerenciarlo), ya es el medio caballito. ¿Y el carbón?
Tata: Pues hija, trae tres tlacos de tortillas y tlaco de chile, y comeremos eso, que para semejante guiso no se necesita lumbre.
Muchacha: ¡Válgame Dios!, si me hace tanto daño.
Tata: Pues hija, si no hay otro remedio, ¿qué hemos de hacer?
Muchacha: ¡Ay, tata! ¡Jesús, cómo está todo! No en balde hay tanto ladrón; si ya no se puede vivir en México. Por una parte, no halla la gente en qué buscar un real; y por otra, el día que lo tiene, no le alcanza ni para frijoles, porque de todo dan una herejía. Reniego de los insurgentes; ellos tienen la culpa de todo; nada dejan entrar aquí, y ya los pobres ladramos. ¿No es verdad, tata?
Tata: Sí, hija, la mayor parte de nuestras desdichas se ha originado por los insurgentes, pero aquí dentro hay quienes les ayuden y cooperen a aumentar nuestra miseria.
[115] Muchacha: ¿Y quiénes son ésos, tata?
Tata: Hija, los monopolistas: aquellos que son mucha parte de la carestía y escasez de los víveres o semillas.
Muchacha: ¡Ay, tata! ¿Y esos monospodristas son animales a modo de los gorgojos, que se comen el maíz, el trigo, frijol y todo?
Tata: Sí, hija, animales son, y grandes.
Muchacha: Pues entonces serán capaces de comerse cargas enteras de semillas.
Tata: No digo. Atajos enteros se tragan.
Muchacha: ¡Qué barrigas tan grandes no tendrán!
Tata: Sí las tienen; y algunas son de quince o veinte varas.
Muchacha: Pues ¿dónde andan estos terribles animales tan grandes que yo no los conozco ni los he visto?
Tata: Sí los has visto, sino que no los has advertido, porque ellos andan solos y sus estómagos los dejan en su casa.
Muchacha: Usted me vuelve loca, tata, ¿cómo puede ser eso?
Tata: Mira, inocente, los monopolistas son hombres como todos, pero sus comercios son criminales. Entre dos o tres abarcan un convoy de víveres; lo encierran y les ponen a las semillas el precio que quieren; y, tal vez, para poder hacerlo con más libertad, suelen comprar a los vendedores menos pudientes los rezagos que tienen de aquellos efectos, para que no les hagan mala obra y para que el público, quiera que no quiera, les compre a ellos solos al precio que se les antoja vender.
Muchacha: ¿Conque, según eso, estos hambrientos animales son los comerciantes de víveres?
Tata: Pues; pero no todos. Hay muchos cristianos, arreglados, y que hacen cuanto beneficio pueden al público.
Muchacha: ¿Y dónde viven esos buenos, para ir a comprarles?
Tata: Yo no puedo señalarte sus casas, pero de que los hay, los hay; el caso es dar con ellos.
Muchacha: ¡Qué diablura! ¿Qué hiciera yo para saber dónde viven? Pero sabe usted, tata, han de ser tan pocos que se han de perder de vista. Yo creo que todos son unos, porque me he cansado de remudar tiendas y más tiendas, y en todas me dan el propio recaudo y la lagaña de Melchor.
Tata: Pues no, hija mía; de todo hay en el mundo, bueno y malo.
Muchacha: Sí, pero más malo que bueno.
Tata: Es verdad; mas ya has platicado. Anda y mira qué haces de comer, que es tarde.
[116] Muchacha: Sabe usted, estaba yo pensando ir a vender esos zapatos que acabó usted ayer, a ver si me dan cuatro reales por ellos.
Tata: ¡Pero si no están sellados ni tenemos el medio para pagar la selladura!
Muchacha: Con este medio, tata, la pagaremos.
Tata: ¿Y si no se venden los zapatos, no quedamos peores?
Muchacha: Es cierto. Pero ¿para qué es esta gabela a los zapateros?
Tata: Para el ángel de la semana santa.
Muchacha: ¡Qué ángel, ni qué calabaza! Mejor era que nos dejaran a los pobres esos medios y esas cuartillas para pan, y no que muchas veces nos hacen falta para comer, como ahora. Sabe usted, estoy pensando irlos a vender a escondidas; porque yo sé que le tienen a usted de costo dos y medio; cuando más darán por ellos cuatro reales, y si pagamos el medio de la selladura, le sale a usted su trabajo por un real, que es brava sinrazón.
Tata: ¿Cómo ha de ser, hija? Así está mandado y no puedes venderlos ocultamente, porque si te los ven te los quitan.
Muchacha: Ésa es otra. ¿Y por qué?
Tata: Porque no pagas.
Muchacha: ¿Y por qué usted y los pobres rinconeros han de pagar esa contribución?
Tata: Porque no tenemos tienda pública.
Muchacha: ¿Y por qué no la pone usted y nos quitamos de estas cosas?
Tata: Porque no soy maestro.
Muchacha: ¿Y por qué no lo es usted? ¿Qué le falta? Porque todos dicen que es usted un oficial de los buenos y que hace unos zapatos que no les falta más que hablar.
Tata: ¿Sabes por qué? Porque no tengo catorce pesos y medio para la media annata, cuatro para el mayor, dos para cada veedor y treinta o cuarenta para el festejo.
Muchacha: ¡Jesús, Jesús, y cuánto se necesita para ser maestro! Por eso no será maestro tío Simón, el sastre, ni don Ciriaco, el platero; y todos dicen que son unos oficiales de primor.
Tata: Por eso no lo son efectivamente.
[117] Muchacha: ¡Válgame Dios! A mí no me cuadran esas cosas. ¡Qué bueno fuera que hubiera libertad para que todos los artesanos pudieran tener sus casas o talleres públicos, como les dicen, sin más examen que su habilidad! De esto resultara que el público hallaría sus obras más baratas por la abundancia de oficiales; éstos tendrían más desahogo, sobrarían más aprendices y no habría tantos vagamundos. Y qué bueno fuera también que se les prohibiera a estos monopodristas, que podridos los vean mis ojos en San Lázaro, el que abarcaran los efectos de primera necesidad, sino que todos éstos de la Aduana se condujeran a las plazas de esta ciudad y allí se vendieran con arreglo a la guía o factura, públicamente y por menor, por espacio de tres días, de modo que después de habilitados los pobres, entonces pudieran los ricos resgatear lo que sobrara. ¿A que no había tanto orgullo en los semilleros? ¿Ni tanto pobre hambriento? Todo esto era bueno. Verá usted, tata, qué buen pan comemos y qué tortas tan grandes nos darán con la libertad que el superior gobierno acaba de conceder para amasar y venderlo; de modo que el que quiera hacer pan malo y chiquito, se lo comerá; porque ¿quién se lo ha de comprar, habiendo pan más grande y mejor en otra parte? Pues lo demás es tan fácil de hacer libre, como el pan, y sus resultas no serán menos ventajosas al público.
Tata: Tú dices muy bien, y no hay otro remedio.
Muchacha: Yo pienso que en todo hay monopodrio.
Tata: Sí, en efecto; y yo leí una vez en un papel de lentejuelas que el señor Jovellanos decía que "contra el monopolio, la libertad"; pero dejemos eso para los que lo entienden. Anda, mira si te prestan dos reales sobre los zapatos, que tengo mucha hambre.
Muchacha: Entonces quedan en dos y medio, porque don Preciso no presta menos de ocho con dos.
Tata: Maldito sea él, tan ladrón. Anda a la esquina de aquí a la vuelta, que allí es el amo don Pascacio, un santo; no más lleva un real en cada peso, que es decir el doce y medio por ciento, sin riesgo, pues presta uno sobre lo que vale diez.
Muchacha: ¡Qué angelito! Ése se va al cielo hasta con la tajadera. Eso sí, cuidado como pasa la prenda de los seis meses, porque la vende y no vuelve nada de demasías, [118] como en el monte pío; y lo más que sucede cuando las sacan a tiempo es que salen roídas de rata o meadas de gato, y algunas se pierden y no tiene el dueño ni acción ni constancia para cobrarlas.
Tata: Deja que hagan lo que les dé gana, y anda a ver qué te dan, que ya no veo.
Muchacha: Pues ya vengo. ◀Dialog ◀Ebene 3
MI DESPEDIDA
Pensaba yo que para escribir sobraba tener un regular talento y tal cual erudición. Engañéme, porque he sabido que es preciso tener conocimiento de mundo, tino, discreción y prudencia; y he visto que más de cuatro escritores en esta época hemos estado faltos de estas virtudes. En obsequio de tan feliz conocimiento, me despido de mi pluma y demás arneses de escritor, en el siguiente
Ebene 3►
SONETO
Aquí, pluma, te cuelgo de esta estaca,
apago a mi candil el triste moco,
derramo mi tintero poco a poco
y la arenilla viértola en la cloaca.
Trueco mis cuatro libros por chancaca,
porque de nada sirven a un motroco,
que si a un Quijote saben volver loco,
a un pobre Pensador harán matraca.
No soy demente, no; cargue otro el saco,
mientras a sacristán yo me dedico.
Ya probé de mi espíritu lo flaco
y no quiero preciarme de borrico.
Y pues para escritor no valgo tlaco
sacristán he de ser, y callo el pico. ◀Ebene 3 ◀Metatextualität ◀Ebene 2
Puede imprimirse
México, 10 de enero de 1813
Dr. Beristáin
Presidente ◀Ebene 1
