Zitiervorschlag: José Joaquín Fernández de Lizardi (Hrsg.): "Número 10", in: El Pensador Mexicano, Vol.1\010 (1812), S. 91-95, ediert in: Ertler, Klaus-Dieter / Hobisch, Elisabeth (Hrsg.): Die "Spectators" im internationalen Kontext. Digitale Edition, Graz 2011- . hdl.handle.net/11471/513.20.5194 [aufgerufen am: ].


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Número 10

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Gloria in excelsis Deo, et in Terra, Pax Hominibus bonae voluntatis

Felices pascuas, amados conciudadanos. Hoy es el día más agradable que cuenta entre los felices del año el universo cristiano. Hoy es el día en que la iglesia santa recuerda entre regocijos y aleluyas el feliz natalicio del unigénito del padre. Hoy se nos trae a la memoria aquella felicísima noche en que vieron atónitos los ángeles la unión más milagrosa de las naturalezas divina y humana en una misma persona. Aquella noche en que los hombres, las criaturas todas, vieron a su hacedor en un despreciable establo llorar como un niño y padecer todas las inclemencias de los tiempos, como los demás hijos del pecado.

¡Oh, noche venturosa, noche feliz y noche verdaderamente plausible, en la que nació Jesús, el salvador del mundo, el libertador de los hombres y el medianero entre la ira de Dios y nuestras culpas!

Los que llaman “acasos” los ateístas adoramos los católicos justamente como designios de la alta providencia. Ni fausto, ni aparatos, ni magnificencia quiso Jesús para manifestarse niño entre los hombres; pobre, humilde, abatido y despreciado, quiso nacer en los arrabales de Belén; solo y confundido como la escoria vil del pueblo, se sujetó a darse a luz entre los brutos y las aristas despreciables del heno; pero el tiempo que prefijó su mente divina para concedernos esta dicha, parece que quiso fuese el seguro garante de su grandeza y misericordia. Centenares de años había que el mundo estaba envuelto en el pecado; los hombres todos lloraban la esclavitud de Satanás; los santos padres no cesaban de dirigir sus clamores a los cielos por el cumplimiento de las profecías y el general remedio del género humano, y el Señor no decretaba la apetecida misión de su hijo amado. . . Pero ¡ah!, que el mundo estaba en todo ese tiempo en continua discordia y empapado en la disolución y la venganza. Los parthos, scitas, medos, griegos y romanos y casi todos los mortales teñían el vasto teatro del universo con la sangre de sus semejantes; las furias infernales no cesaban de atizar el fuego de la ira y de la guerra; la descarnada muerte corría [92] por todos los ángulos de la tierra, sembrando desgracias y cercenando vidas. Los Alejandros, los Césares, los Antonios y la demás comparsa de verdugos de la humanidad (a quienes la historia llama héroes) eran los verdaderos Charones de Lucifer, pues éstos, por medio de las picas, lanzas y arietes conducían a millares las almas de los infatuados hombres a los abismos.

¿Cómo, pues, el príncipe de la paz había de querer aparecer entre los mortales en el estrepitoso tiempo de unas guerras generales, impías y escandalosas?

Esperó, digámoslo así, a que Octaviano aquietara el orbe y, cuando éste gozaba una completa tranquilidad, entonces se dejó ver entre los hombres el que venía a perpetuarles la más sólida y verdadera felicidad.

Yo siento bañarse mi espíritu de la más tierna emoción, cuando considero que sólo el tiempo de la paz debía ser, como por privilegio exclusivo, el distintivo de su glorioso natalicio, y que entonces, y no entre los furores de Marte, quería comenzar a hacer ostentación de su indecible amor para con los hombres.

Al ver los judíos en el calvario el sentimiento que con repentinos asombros manifestaban los elementos y las criaturas todas por la muerte de Jesucristo, no pudo menos que rendirse su obstinación y confesarlo por verdadero hijo de Dios: vere Filius Dei erat iste.

Así yo, desde Belén, al ver nacer este divino niño entre unas pajas, sin nombre, sin aparato, sin ostentación humana, pero al mismo tiempo en la época, rarísima en el mundo, de una paz general, no puedo menos, aun sin ocurrir a los profetas, que confesar y creer que este niño es el prometido en la ley, el único Mesías y el verdadero hijo de Dios.

La pureza de María, la santidad de José, la sencillez de los pastores, el homenaje de los brutos y la dulce melodía de los espíritus celestiales que le cantan la gloria, son las salvas reales y los más solemnes anuncios que publican y festejan el nacimiento de este príncipe soberano.

Gloria a Dios, repiten alegres los alados querubines; gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres en la tierra. Éste es el indulto; éstas son las gracias y mercedes que viene dispensando a los mortales el omnipotente y universal monarca, en celebridad del nacimiento de su augusto hijo. La paz ¡gran Dios! ¡Cuántos bienes incluye en sí esta tiernísima palabra! La paz entre Dios y los hombres les abre a éstos las puertas eternales y detiene el brazo airado del Dios de las venganzas para que no descargue su enojo sobre los pecadores. La paz del Evangelio hace, o a lo menos obliga, a los hombres a amarse mutuamente, a no ofenderse, a remitirse sus injurias, a socorrerse en sus necesidades, a obedecer a los reyes y a ser útiles a sus hermanos en la sociedad. La paz, finalmente, dándole a la justicia el ósculo íntimo de la amistad, nos asegura en nuestras propiedades, nos pone [93] a cubierto de los insultos del perverso, nos facilita la comodidad de la vida y nos proporciona una tranquila muerte.

Ésta es la paz y éste el bien que los ángeles anunciaron a los hombres en el nacimiento de Jesús.

Regocijémonos, amigos, con tan feliz presagio. Transpórtese nuestra alma con tan plausibles dones y nuestros corazones, inundados de una santa alegría, repitan los dulces cantares de los cielos; entonen en hora buena la gloria a Dios y actualmente sin cesar con el santo rey David, que se consiga la paz en virtud de su misericordia: Fiat pax in virtute tua.

Pero digo: ¿todos podremos complacernos sólidamente en esta noche? ¿A todos se anuncia la paz y la felicidad por medio de los espíritus angélicos? ¡Ah!, que yo me temo que éstos no hablaron con muchos de nosotros, ni este anuncio es tan general como se piensa (aunque por nuestra culpa). Yo así lo infiero de las mismas voces de aquellos alados paraninfos. Paz a los hombres cantaron, es verdad; pero no a todos, sino sólo “a los de buena voluntad”: hominibus bonae voluntatis, dice la iglesia nuestra madre.

Conque ¿podrá alegarse y festejar el nacimiento de Jesús el impío, el tirano, el sangriento y de un corazón envenenado, sea quien fuere? El que aborrece a su hermano, el que odia a su enemigo, el que no sabe remitir los agravios, el que no se lastima del pobre, el que mira con ojos enjutos las lágrimas de los infelices y que se desvía de las máximas del Evangelio por seguir el ímpetu maldito de sus pasiones, ¿podrá esperar la paz anunciada en Belén y tenerse por convidado a las felicidades que son legítimas consecuencias de ella? De manera ninguna. El corazón del impío no es susceptible de tanto bien; agitado siempre del sobresalto de sus crímenes, sin poder acallar el sordo grito de su conciencia y sumergido en el abismo de los remordimientos de su espíritu, está en una continua inquietud, luchando contra la ley y la razón; y en esta triste, aunque forzosa guerra teme a cada momento escuchar la tronadora voz del Dios de las venganzas, como el cumplimiento de sus infalibles y eternas desventuras.

¡Estado infeliz, situación deplorable y constitución terrible! ¿Y acaso seremos pocos en México los marcados con las negras señales de precitos respecto al veneno que fermenta en nuestros corazones? ¡Gran Dios! La pluma se me afloja de la mano, los cabellos se me erizan y mi espíritu cobarde se estremece al contemplar lo casi extinguida que se halla en nuestras almas la luz del Evangelio. Sí, yo me lleno de un terrible estupor y la sangre palpita por mis venas al acordarme de la época en que vivo, época infausta y verdaderamente abominable.

Registremos nuestros corazones sin pasión y veamos si serán dig-[94]nas cunas para el niño Dios y tronos decentes para el eterno príncipe de paz.

Desengañémonos; no puede haber felicidad ni libertad donde no hay paz, y no puede haber paz donde falta la unión, ni ésta puede darse donde reine el negro egoísmo y la infernal antipatía. Y estos monstruos del abismo son hijos de la más arrastrada ignorancia y de la preocupación más intolerable.

Yo sé que en todos tiempos y en todas las partes del mundo los hombres han sido susceptibles de vicios y de virtudes; donde quiera se han visto héroes y perversos; y esto me ha decidido a no distinguir el hombre amable del inicuo por el lugar de su nacimiento, por el color del cutis, por la brillantez de sus riquezas ni por el viso de sus empleos, sino sólo por sus buenas o malas operaciones; y esto mismo me hace creer que toda rivalidad es parto legítimo de la brutalidad y simpleza.

Lejos será de mí siempre el lisonjear en ningún tiempo ni lugar las pasiones de los hombres, sino antes bien procuraré descubrírselas tales como son, sin retratar sujetos; y esto con el fin sano de que, avergonzados de los coloridos de sus delitos, se resistan a continuar en ellos, adoptando el partido de la virtud.

En tal concepto, no tengo embarazo para repetir que la mayor impolítica y criminalidad de los antropófagos del día es la maldita rivalidad de unos y otros. Nadie puede dudar que ha habido entre nosotros algunos impolíticos, orgullosos, dominantes y provocativos que, sin distinguir los colores, rajan y despedazan a su antojo a todos los americanos en general, confundiendo al buen patriota con el insurgente más obstinado. Estos es preciso confesar que por su parte han hecho, acaso sin pensarlo, lo que es capaz para atizar el fuego que nos devora; pero es también forzoso conocer y pregonar que hay muchísimos ciudadanos que son la honra de la tierra que pisan y de la generosa España donde nacieron. Virtuosos, atentos, liberales, piadosos y benéficos, aún privativamente a los americanos.

Lo mismo se ha de decir de éstos. Hay entre ellos muchos, muchísimos malos, perversos, sanguinarios, falaces e indignos, hasta lo sumo. Pero también hay infinitos sabios, juiciosos, humanos, caritativos, religiosos y fidelísimos; así que es una brutalidad el confundir los malos con los buenos, y el medir con una misma vara al insurgente y al que no lo es.

Finalmente, yo no sé qué nombre dar a esa antipatía total ni cómo disculpar semejante odiosa rivalidad. Amar al justo es laudable; aborrecer la iniquidad en el perverso es lícito; pero abominar a éste sólo porque nació aquí o aborrecer a aquél sólo porque nació allá, y sacar la consecuencia de que siendo de ésta o aquella tierra el hombre, sea quien fuere, ha de ser malo, es una necedad criminalísima a los ojos de Dios y del mundo.

[95] Las más activas diligencias del gobierno serán inútiles para aquietar el reino, si nosotros todos no nos comprometemos a auxiliar sus benéficas intenciones.

Si cuando unos estiran otros aflojan, jamás se romperán las funestas cadenas del error y las desgracias que nos aprisionan.

Ya he dicho, y repito, que para reedificar el templo santo de la unión y allanar el camino de la paz que apetecemos es menester que concurramos todos. Para esto es necesario que nos enlacemos con los vínculos de amistad, que nos socorramos mutuamente en nuestras necesidades, que seamos hermanos, no en el nombre sino en el corazón, y que nuestras lenguas nunca se empleen sino en disculpar a nuestros enemigos y en bendecir a los que no lo son.

¡Ojalá y esto se verificará!, que entonces sin que tronara el cañón, ni nadara la tierra en sangre, conseguiríamos la paz apetecida. ◀Ebene 2

Puede imprimirse.

México, 21 de diciembre de 1812

Dr. Beristáin
Presidente ◀Ebene 1