Zitiervorschlag: José Joaquín Fernández de Lizardi (Hrsg.): "Número 9", in: El Pensador Mexicano, Vol.1\009 (1812), S. 83-90, ediert in: Ertler, Klaus-Dieter / Hobisch, Elisabeth (Hrsg.): Die "Spectators" im internationalen Kontext. Digitale Edition, Graz 2011- . hdl.handle.net/11471/513.20.5193 [aufgerufen am: ].


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Número 9

Al excelentísimo señor
DON FRANCISCO XAVIER VENEGAS
Virrey, gobernador y capitán general de esta nueva España
En el día 3 de diciembre de 1812
EL PENSADOR MEXICANO
Dedica afectuoso el siguiente periódico

Ebene 2► Brief/Leserbrief► ¡Qué brillantemente hermoso aparece a mis ojos el sol, dorando con sus luces el triste valle de la gran Tenuxtitlán en este día! Día fausto, día benigno y día lisonjero, no sólo porque recuerda el del feliz nacimiento de vuestra excelencia, sino que bajo este auspicio apadrina al Pensador para que pueda, con la respetuosa confianza de un hijo rendido a un padre protector, manifestarle ciertas verdades.

Sí, señor excelentísimo. Llegó la ocasión en que aprovechando el Pensador la celebridad de este día pueda dirigirle a vuestra excelencia la palabra.

Hoy es cuando los aduladores andarán quebrándose las piernas por subir a la cumbre bipartida. Hoy andarán ansiosos mendigando los favores de Clío, las dulzuras de Calíope y las bellezas de Talía. Hoy se verá vuestra excelencia comparado con el (fabulosamente) invencible Hércules o con el realmente valeroso Aquiles. Hoy será vuestra excelencia igual a Licurgo y a Solón en el gobierno; y en lo excelente y magnánimo, superior a César, a quien sus paniaguados dieron por asiento o pedestal no menos que la esfera de los cielos. Pero ¡oh, fuerza de la verdad!, hoy se verá vuestra excelencia en mi pluma un miserable mortal, un hombre como todos y un átomo despreciable a la faz del Todopoderoso. Hoy se verá vuestra excelencia un hombre [84] que (por serlo) está sujeto al engaño, a la preocupación y a las pasiones.

No digo por esto que en vuestra excelencia no brillen prendas sublimes que lo hagan acreedor a los encomios más encarecidos. Yo leeré con gusto cuantos elogios se desprendan, vestidos de la verdad, de la boca de los panegiristas; pero vuestra excelencia también sabrá distinguir con su juicioso discernimiento las alabanzas que abunde la lisonja y los dignos elogios que profiera la verdad.

Bien sabe vuestra excelencia que los loores que se dan a los príncipes en la vida pasan a la posteridad con la nota de sospechosos, y por eso el Espíritu Santo aconseja “que no se alabe a ninguno mientras viva”.

Nerón, Calígula, los dos Scipiones y generalmente todos los tiranos del mundo, han tenido alabadores en sus reinados, pero estas alabanzas no han borrado en la serie de los siglos al odio de sus perversas acciones.

Las de los príncipes, ciertamente tejen o el laurel o el azote de su memoria póstuma, y los coloca en la mano de la vocinglera fama. Así que, en nuestra España, pasó el nombre de un don Pedro con el agregado de Cruel, y los de un Felipe, de un Carlos, de un Alfonso y de algún Fernando con los honrosos epítetos de buenos, magnánimos, castos, sabios, católicos, amados y santos.

Esto prueba, sin duda, que el mejor elogio, el más sincero y el más seguro que deben esperar los príncipes es el más desinteresado. Tal será el que se merezcan después de que descansen en el sepulcro, pues no siendo entonces capaces de infundir temor ni de prodigar mercedes, resulta que estos encomios son gritos de la verdad, obsequios al mérito y testimonios de sus virtudes.

Viva vuestra excelencia mil años enhorabuena; concurran todas las gracias a felicitarle este plausible día; la vil discordia, el genio malhechor y el hado siniestro huyan confusos al abismo, y no osen tocar sus negras manos la sagrada persona de vuestra excelencia en cuantas edades prospere el cielo su amable vida, y el feliz curso de ésta sea tres veces venturoso y halle, señor, su término en el último de los siglos.

He aquí, vuestra excelencia, unos días dados a lo poeta; ahora, admítalos benigno, según el carácter del Pensador, esto es, a lo cristiano y a lo hombre de bien.

Viva vuestra excelencia feliz y en gracia de Dios y de los hombres, los años que su majestad le conceda. El mismo Ser Eterno lo ampare, lo ilumine y lo libre de sus enemigos, y por fin de la carrera triste de su vida, le permita la fruición de su vista que es el premio de la virtud.

Sería yo un necio, me constituiría un idiota si creyera que vuestra excelencia era capaz de cerrar los ojos a estas verdades, ni molestarse [85] porque hirieran en sus pupilas los refulgentes rayos del desengaño. Basta de exordio.

Triste condición de la naturaleza humana es el errar, y más triste cosa es permanecer en el error cuando estamos persuadidos que acertamos, y por miedo o por adulación no hay quien se atreva a separarnos de nuestras equivocadas opiniones.

Es constante que nuestro gobierno (como todos los del universo) ha tenido sus defectos. ¡Quién pudiera poner privadamente en los oídos de vuestra excelencia más de cuatro pruebas ejecutoriadas de esta verdad! ¡Quién pudiera haberlo bilocado en muchas ocasiones, para que su vista hubiera contenido mil injustos y escandalosos desórdenes, cuyos estragos los llorarán los nietos de nuestros hijos! ¿Y quién creerá que la memoria de vuestra excelencia estará sujeta a sufrir injustamente las execraciones de los necios? Sí, excelentísimo señor. Cuando empaña la vista la ignorancia o la tuerce la malicia, no se perciben los objetos tales como son ni en sus lugares respectivos; todo se confunde, y entonces no se distingue de colores.

El pueblo ignorante o malicioso carga siempre la culpa de los yerros políticos al primer jefe que lo gobierna, sin pararse a reflexionar sobre las circunstancias que lo pueden indemnizar de su acusación.

En este predicamento está vuestra excelencia, y así corriera su nombre a la noticia de nuestros pósteros, si el Pensador que lo ama, convencido de la bondad del corazón de vuestra excelencia, no tomara hoy la pluma, no sólo para poner a salvo de la mordacidad su conducta en todo tiempo, sino para advertirle respetuosamente el más formidable escollo en que se habrá estrellado, y puede seguir estrellándose, la justicia.

No preciándome yo de lisonjero, sería echar un borrón en mi natural procedimiento si redondamente intentase probar que vuestra excelencia no ha errado nada por sí mismo. Esta sería una adulación tan torpe que no se haría lugar en las creederas más sencillas. No señor, vuestra excelencia es hombre, está revestido de pasiones, es príncipe, y todo esto puede haberlo hecho incurrir en algunos descuidos. Lo que he de probar en pocas palabras es que de los yerros más crasos no se le debe hacer el cargo a vuestra excelencia, pues sus antecesores si erraron fue por costumbre y vuestra excelencia por necesidad.

Apenas pisó las arenosas playas de la América septentrional, cuando se halló con la fatal insurrección encima. ¿Qué sabía entonces vuestra excelencia del reino de Indias? ¿Qué sabía cuál había sido su gobierno? ¿Qué del número ni carácter de sus naturales? ¿Ni qué de ninguna otra cosa relativa a este Continente y a tan funestas circunstancias? Nada por cierto. Vuestra excelencia estaba ciego, y yo lo considero sorprehendido y embarazado en tan confuso laberinto.

[86] Vuestra excelencia oía decir que los insurgentes proclamaban el nombre augusto de Fernando VII, y al mismo tiempo oía que se apoderaban de sus caudales. Vuestra excelencia oía que gritaban: “¡Viva la religión!”, y a poco los oyó declarar por excomulgados y al cura Hidalgo por hereje. Vuestra excelencia oyó que eran un puñado de cobardes, que con cuatro fusiles estaban quietos y castigados, y vuestra excelencia vio que dentro de dos días eran unas legiones numerosas. Vuestra excelencia. . . ; pero ¿para qué me canso?, si vuestra excelencia sabe muy bien cuántas contradicciones agitaban su espíritu y con cuántas dudas batallaba su corazón.

En tan desconocido y proceloso mar de confusiones ¿qué debía haber hecho un prudente, sino solicitar el consejo de los prácticos que ayudaran con sus luces a dirigir rectamente el timón del gobierno? Así sin duda, lo ha hecho vuestra excelencia y no podía dejar de haberlo hecho. Pero, ¡oh dolor!, que las más sanas intenciones las suele torcer la malicia, o la ignorancia, o la lisonja.

Estos personajes tienen parte en todos los yerros de los gobiernos; y así, si en algún tiempo se dijere que el de vuestra excelencia, envuelto en tan críticas circunstancias, no ha sido de los más acertados, dígase también que sus defectos no han sido de vuestra excelencia, sino de las pasiones de los que lo han rodeado. Vuestra excelencia no era Dios para calificar los interiores de los hombres; necesitaba de sus consejos; y así, si vuestra excelencia ha subscrito algunas equivocadas determinaciones ha sido descansando en el ajeno dictamen, del que no podía prescindir, atendida su falta de conocimiento en el reino; o más claro y más pronto, si vuestra excelencia ha errado ha sido por necesidad.

Por esta clase de necesidad hizo vuestra excelencia publicar días pasados un bando para que no se vendieran billetes por las calles; y por la misma, se publicó otro en este presente año para extinguir los tendajos y sangarros de vinaterías y cafés; pero apenas se le hizo ver a vuestra excelencia los daños que se seguían a los pobres con estas prohibiciones, cuando desistió inmediatamente de la opinión contraria y se sirvió revocarlos con generosidad. ¿Pues por qué no podrá vuestra excelencia con la misma revocar el bando de 25 de junio último? ¿Es acaso vuestra excelencia menos virrey o tiene menos autoridad hoy que ayer? ¿O es, por ventura, el asunto menos digno e interesante? ¿O está menos probada la justicia para esta revocación que para aquéllas? Nada de esto hay, señor excelentísimo. Vuestra excelencia es hoy tan virrey, y tantas sólitas tiene como ayer; el asunto es de los más interesantes a la conciencia de vuestra excelencia, al honor del venerable clero y al sosiego espiritual del pueblo. La justicia para la revocación que se pretende está clara para los ojos del público, para el íntimo sentimiento de la conciencia de vuestra exce-[87]lencia y, lo que es más, para el Dios eterno, ante quien no valen argumentos sofísticos ni interpretaciones maliciosas.

Vuestra excelencia, señor, no tiene jurisdicción alguna sobre los eclesiásticos, ni los mismos reyes, aunque sean aquéllos sus vasallos, esto está demostrado por los santos padres, por los concilios y cánones, y por toda la autoridad de la iglesia. Acuérdese vuestra excelencia que los mismos reyes cuando mandan alguna cosa a los eclesiásticos usan de estas moderadas palabras: “ruego y encargo”; esto prueba el concepto firme en que han vivido de que su autoridad no se extiende sobre ellos, sin embargo de que los eclesiásticos son legítimos vasallos y súbditos de los soberanos, y deben siempre respetarlos, obedecerlos y estarles sujetos enteramente.

Revoque vuestra excelencia ese bando que ha sido la piedra del escándalo en nuestros días, y lloverán sobre vuestra excelencia las bendiciones de Dios, el pueblo lo colmará de elogios y su nombre será grande en lo futuro.

Exemplum► Constantino fue grande porque exaltó a la iglesia y honró a sus ministros; ◀Exemplum Exemplum► Teodosio fue grande porque se sujetó a ellos; ◀Exemplum Exemplum► y aun el mismo Alejandro puede haber merecido su grande fama al respeto con que trató al gran sacerdote Jado, cuando yendo decidido a destruir a Jerusalén salió aquél a recibirlo en compañía de los sacrificadores por mandado de Dios; y no sólo no descargó a su vista la furia prevenida, sino que al instante que Alejandro vio al sacerdote Jado, vestido de pontifical, se arrodilló delante de él y lo saludó con una veneración religiosa; lo abrazó, y a los demás sacerdotes; llegó a Jerusalén, subió al templo y ofreció sacrificios al Dios de Sabahot. ◀Exemplum

Si esto hizo un rey soberbio, un rey pagano, con unos sacerdotes que no eran sino sombras de los nuestros, ¿por qué no hemos de esperar de un príncipe dócil, cristiano y religioso como vuestra excelencia que haga una cosa tan fácil, tan justa y tan suplicada en favor de los sacerdotes de la ley de gracia?

Está escrito, señor, que es de hombres sabios el mudar de consejo. En nada se ultraja con esta revocación la autoridad real, ni menos la de vuestra excelencia. Castíguense en buena hora los eclesiásticos delincuentes; pero castíguense en regla. Esto es, según sus leyes o cánones; no tenga arbitrariedad cualquier comandante lego para juzgarlos; no ensucien sacrílegamente las armas del rey católico en la sangre que pertenece a la herencia del Señor; no caiga sobre ellos su sangre como la de Abel sobre Caín; lo santo debe ser tratado santamente, y los sacerdotes delincuentes, por serlo, no dejan de ser sagrados. Júzguense, sí, castíguense, decapítense; pero júzguense y castíguense según el derecho que les favorece. Muera el oficial traidor, pero proceda la sentencia del consejo de guerra de sus jefes; y no es más, por vida mía, el oficial más relumbroso que el sacerdote más despilfarrado.

Siempre ha manifestado España su respeto y veneración a los mi-[88]nistros del altar. Exemplum► Cuando el señor Felipe V entró a Portugal, al apoderarse de la ciudad Portalegre, después de ya derrotado el ejército que la defendía, se halló junto a la catedral al obispo y clero que se resistían con espada en mano. ¡Notable arrojo, después de estar inválidos, oponerse a la fuerza de un ejército vencedor a la presencia de su rey, y poner la fuerza de un puñado de hombres, sin armas a propósito ni disciplina! Pero más notable fue el ejemplo que dio el rey de religión y caridad, pues pudiendo haber repelido aquella débil fuerza con la suya, mandó que no se tocase ni a los templos ni a sus ministros. ◀Exemplum

Estos ejemplos manifiestan el respeto que se merecen los ministros del santuario y que sin una notable alteración no puede arrogarse el juez secular la jurisdicción sobre el individuo eclesiástico.

Yo no dudo, señor excelentísimo, que habrá teólogos que opinen lo contrario; pero tampoco dudo que estos teólogos son hombres y capaces de errar por ignorancia, por adulación o por malicia; yo no dudo que puedan interpretar los textos sagrados y las más claras decisiones a su antojo, cerrando no sólo a sí mismos las puertas de la verdad, sino también a los incautos que los creen; yo me temo que sobre ellos vendrá la exclamación que se halla en las sagradas letras: Zitat/Motto► ¡Vae, vobis, legis peritis, quia tulistis clavem scientiae, ipsi non introistis; sed, ipsis, qui introibant prohibuistis! ◀Zitat/Motto

No basta ser médico para encargarse de la curación del enfermo; es necesario ser buen médico. . . Así pues, no basta ser teólogos para dictaminar sobre unos asuntos tan delicados; es menester ser buenos teólogos, esto es, buenos en letras y virtud. Calvino, Arrio, Lutero y otros heresiarcas no sólo se condenaron con sus corrompidas doctrinas, sino que con el cisma que introdujeron hicieron innumerables víctimas de Satanás; y por cierto que fueron teólogos, sacerdotes y de una acreditada literatura.

Yo no pongo (ni Dios lo permita) al lado de estos infelices a los que opinan contra la inmunidad; pero dudo mucho que hayan dado su dictamen movidos por el celo de la honra de Dios y de la religión católica. Habrá sido tal vez por ignorancia; pero siendo ésta vencible, el no cejar del intento es una declarada obstinación.

Jamás descanse vuestra excelencia en los brazos de la adulación: ésta es una esclava de los príncipes; pero es una esclava atrevida y alevosa, que los venda los ojos a sus señores y les da pasaporte seguro para los infiernos.

Acuérdese vuestra excelencia que, preguntado un filósofo cuál era entre los animales el más temible, dijo que de los fieros, el murmurador, y de los mansos, el lisonjero.

No se fíe vuestra excelencia de opiniones solas; hágale lugar en todos casos a la verdad y a la justicia en su mismo corazón. Acuérdese vuestra excelencia que los príncipes tienen pecados ocultos y culpas [89] ajenas. De esto se acordaba el santo rey David, cuando decía: Ab occultis meis munda me, et ab alienis parva servo tuo; y en estos crímenes ajenos y escondidos pueden tener lugar las irreflexivas opiniones. Traiga vuestra excelencia a la memoria los más sacrílegos atentados y temerarios excesos de algunos reyes, y verá cómo éstos siempre han hallado opiniones a su favor.

Exemplum► Enrique VIII las halló para el escandaloso repudio de su legítima esposa; para enlazarse libremente con su prostituta concubina; para hacerle quitar las manos a los notarios del Papa; para negarle a éste la obediencia, y para publicar en Inglaterra la libertad de conciencia que tanto ha costado a la iglesia de Dios. ◀Exemplum

Exemplum► La impía Isabela halló opiniones para quitar la vida a la infeliz María Stuardo, reina de Escocia; y viniendo más cerca, Napoleón las acaba de tener para usurpar el trono al delfín de Francia, para quitarle al Papa sus Estados y su libertad, para repudiar a Josefina, para arrebatarnos de los brazos a nuestro amado Fernando, para despojarlo de su solio y para pretender hacernos sus vasallos. ◀Exemplum

En vista de esto, excelentísimo señor, cuidado con las opiniones, porque las ha de hallar para cuanto quisiere, pues es muy liberal la lisonja para con los príncipes.

Éste es el escollo de que le digo a vuestra excelencia que se liberte. Átese fuertemente al mástil de la razón, para que navegue seguro como Ulises por entre las halagüeñas aunque traidoras voces de las sirenas.

A los sacerdotes delincuentes, señor excelentísimo, castíguense como hombres, pero tráteseles en todos casos con decoro. Los sacerdotes delincuentes siempre son sacerdotes y merecen nuestra veneración, así como sus delitos merecen el castigo. Castíguense, repito, pero guárdenseles sus fueros. Paguen los malos la pena de su culpa; córtense los miembros podridos, pero no lo padezca el cuerpo ni aun en opiniones.

Los sacerdotes son las niñas de los ojos de Dios, los medianeros entre su majestad y nosotros, los depositarios de sus altas misericordias; y a la hora inevitable de la muerte, ni vuestra excelencia, ni el Pensador, ni ningún opinante, ni el más relajado cristiano deseará tener a la cabecera de su cama un general, un conde ni un marqués, sino un sacerdote, un confesor que nos absuelva, como que ellos son los únicos que pueden extendernos el brazo para dar el terrible salto desde el tiempo a la eternidad.

Conque si estas humildes reflexiones logran (que no lo dudo) un lugar en el piadoso, cristiano y dócil corazón de vuestra excelencia, le suplico rendido, a nombre del venerable clero del pueblo cristiano, se sirva revocar el referido bando, quitando de entre nosotros esta odiosa manzana de la discordia.

Ea, señor excelentísimo, hoy es día privilegiado; cuando la pretensión no fuera tan justa, hoy es día de gracias, y nada pierde vuestra [90] excelencia por condescender a mi súplica graciosamente. Sí, excelentísimo señor, dé hoy vuestra excelencia con tal revocación un golpe grande de magnanimidad, de justicia y de religión. Vean nuestros enemigos, y vea el mundo, que tenemos un virrey justo, un virrey dócil y un virrey cristiano y religioso. Entonces sí se derramarán sobre vuestra excelencia las bendiciones del cielo, los votos de los sacerdotes y las oraciones del pueblo; y entonces, finalmente, las justas y honoríficas alabanzas del glorioso nombre del excelentísimo señor don Francisco Javier Venegas resonarán en nuestra gratitud hasta el último de los días.

Zitat/Motto► Semper honos nomenque tuum laudesque manebunt. ◀Zitat/Motto

México, diciembre 3 de 1812.

Excelentísimo señor,
Su menor súbdito,

El Pensador Mexicano ◀Brief/Leserbrief ◀Ebene 2 ◀Ebene 1