El Pensador Mexicano: Número 12
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Número 12
Nadie
duda que el corazón del hombre en su puerilidad está como una
lámina bruñida en la más oportuna aptitud para recibir el dibujo
que quiera grabar en ella el buril de la educación. Todos saben
que en aquella edad todo se imprime fácilmente; pero con tal
adhesión, que lo que entonces se aprende difícilmente se olvida.
De ahí es que, según fuere la educación de los niños, tal será
la conducta de los hombres, y que cuanto malo producen en la
edad madura, no es más que el eco de la crianza que mamaron en
la infancia. Bien es verdad que suele ser tal la corrupción de
nuestra naturaleza, que vemos algunos malvados que tuvieron la
suerte de tener una cuna brillante y una educación cristiana, y,
sin embargo, corrieron tras la iniquidad a
despecho de sus buenos padres y maestros; pero esto no es lo
común, sino seguir constantemente las costumbres a que los
inclinaron en la niñez, pues éstas, por la repetición de actos,
engendran hábito, y éste pasa a ser otra naturaleza: consuetudo
est altera natura. Esta evidente demostración confirmada por una
no interrumpida experiencia nos pone lejos del trabajo de
inquirir el origen de la rapidez con que progresan los vicios.
El ejemplo es la doctrina más eficaz con que debían instruirse
los niños, siendo bueno, al paso que es el estímulo más a
propósito para pervertirlos, siendo malo. La poca reflexión de
los padres y madres les hace creer que pueden en cierta edad
hacer y decir delante de sus hijos ciertas cosas impunemente,
confiados en que no son capaces de advertirlas; pero ¡ay!, que
se engañan con perjuicio de la inocencia, y perjuicio que es
trascendental en la masa de la sociedad. Aún no puede el niño
hablar y ya está en estado de aprender. No entiende ni articula
el idioma patrio, pero se impresiona tenazmente de los ejemplos
que se le presentan con frecuencia. Si así no fuera, no nos
admiráramos de algunas de sus acciones, que llamamos “gracias”,
y no son más que unos destellos de la razón que alumbran más o
menos temprano a todo racional. Esto sentado, no pretendo ahora
declamar en general contra todos los vicios que abruman a la
mayor parte de los mortales, ni menos contra aquellos crímenes
que por su misma procacidad repugnan a los medianamente
cristianos, como el robo, la embriaguez, el asesinato, el rapto,
etcétera, etcétera, porque estos excesos son hijos, no sólo de
una educación indolente, sino, por lo regular, de unos
principios viles y de unas cunas oscurísimas. Trataré sólo de
cierto vicio que, disfrazándose con la máscara de la grandeza y
razón de estado, tiene lugar entre las personas timoratas y de
un nacimiento distinguido.
¿Quién podrá
leer sin ternura los piadosos hechos de un Carlos XII, rey de Suecia, ni de un José II, emperador de
Alemania, justamente adorado de sus vasallos?
¡Oh, ejemplo digno de imitación! ¡Oh José, más grande
por tu corazón piadoso que por tu vasto y opulento imperio!
Y semejantes ejemplos no son escasos en las historias.
Con tales ejemplos debían educarse los niños ricos.
Debían enseñarlos a tratar amigablemente a los míseros
andrajosos, que les diesen limosna con su tierna manecita y
que se acostumbraran a recibir en su seno con ternura las
lágrimas de los infelices; y debían estimularlos con los ejemplos de los príncipes piadosos, por dos
razones. La una, porque el hecho heroico tiene más
recomendación en el príncipe que en el particular, y, por lo
mismo, atraen más fácilmente a la imitación; y la otra,
porque hallándose, tal vez por su ilustre cuna y mucha
riqueza, en predicamento de ser príncipes o de mandar los
pueblos como tales, se hallarán sus corazones bien
dispuestos para ser padres de sus inferiores y súbditos,
felicitándolos y teniendo, como Tito, por perdido el día en
que no hiciesen algún beneficio. Todo esto debían hacer los
padres de los ricos con sus hijos en los principios de su
educación. ¿Y se hace así en lo general? Yo no lo sé, que lo
diga la experiencia.
Puede imprimirse
Dr. Beristáin,
Presidente
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Consuelos del hombre cristiano en
los continuos trabajos de la vida, resignándose en las manos
de su Creador conforme a los principios sólidos de nuestra
sagrada religión.
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Mano divina, sacra y
admirable
del ser eterno, que con modo sabio
mueves del globo la pesada mole
sobre el sol mismo sin ningún trabajo.
Omnipotente mano a cuyo impulso
obedecen los vientos y los rayos,
su ímpetu el mar detiene y las estrellas
giran con los planetas y los astros.
Mano augusta de fuerte que mantienes
a tus leyes sujeto lo que has criado
con tanta perfección y con tal orden
cuanto los hombres todos admiramos.
¿Qué mortal es capaz, qué inteligencia
de las que en torno vuelan a tu lado,
de conocer tus altas providencias
ni penetrar tus íntimos arcanos?
¿Quién alzar osará de tu grandeza
la extremidad del velo sacrosanto,
ni el gabinete oculto de tus obras
registrará blasfemo y temerario,
ni quién de tus piedades infinitas
podrá alabar en himnos ajustados
el torrente que inunda a tus criaturas,
como en un dulce dilatado caos?
Tú divides benéfica, los tiempos,
en estaciones, distinguiendo el año,
y los rigores del invierno triste
compensas liberal en el verano.
Tú en verde caña cuajas la mazorca;
tú doras las espigas en el campo;
tú las frutas endulzas, y tu vistes
de esmeraldas los montes y los prados.
Tú haces que entre las peñas se cultive
la plata, el oro, el fierro y el estaño,
y allí les das los brillos y reflejos
al rubí, al ametisto y al topacio.
Tú abrigas al cordero con su lana;
tú armas la garra del feroz leopardo;
tú pintas al alegre pajarillo
de plumas mil y de colores varios.
Tú haces vivan gustosos en las ondas
el delfín, tiburón y ballenato,
y en los cristales de la mar cerúlea
del pez mantienes número tan vasto.
Tú. . . ; pero ¿adónde voy? ¿Será posible
que atrevido, soberbio o insensato
presuma referir tus maravillas
ni señalar las obras de tu mano?
Tú eres el Dios eterno, incomprensible,
la bondad suma, santo, santo, santo,
fuente de la piedad y la dulzura
y el absoluto dueño de lo criado.
Tú me criaste, Señor, tú eres mi padre;
aun antes de existir ya me has amado;
a ti debo la vida que respiro,
y este renglón escribo por tu agrado.
¡Oh fe divina, luz que me consuelas!
¡Oh religión, iluminante rayo
de la deidad sagrada que me animas
en mis mayores penas y trabajos!
Conque ¿tú eres mi Padre, Dios eterno,
mi Criador, Redentor y único amparo,
y vela sobre mí constantemente
tu cariñoso amor y tu cuidado?
Sí, mi Dios, es verdad, yo lo conozco,
y cuando a agradecértelo no basto,
entonará tus dignas alabanzas
mi ronca voz, mi balbuciente labio.
Tú de la nada al ser me conduciste <sic>
por un efecto de tu amor sagrado,
y por el mismo, de tu santa iglesia
quisiste que naciera en el regazo.
Si repaso mi vida, la contemplo
rodeada de enemigos inhumanos,
como la navecilla que agitada
lucha en las ondas con los vientos bravos.
¡Cuántas veces la saña de algún toro,
el ímpetu indomable de un caballo
o ya de mi enemigo la venganza
pudo darme la muerte sin pensarlo!
¡Cuántas veces, siguiendo divertido
la carrera veloz de algún cervato
puede haber encontrado el precipicio,
deslizándome fácil de un peñasco!
¡Cuántas veces las aguas do solía
buscar por mi salud el útil baño,
pudieron darme líquido sepulcro,
en pago de mi arrojo temerario!
¡Cuántas veces. . . ! Mas ¡ay!, yo me fatigo
recordando mis riesgos, yo me canso;
baste sólo decir que de ellos libre
he sido por la fuerza de tu brazo.
Así lo reconozco agradecido;
tú todo lo dispones; no hay acaso;
tus designios adoro; pues tú mandas
se mueva la hoja frágil en el árbol.
Pues siendo esta verdad tan infalible,
sí sé que todo viene de tu mano
y que me amas, Señor, ¿por qué motivo
en las adversidades yo me abato?
¿Por qué hacia el mundo solamente miro
y mi débil espíritu lo arrastro,
si eres mi protector y mi refugio,
y en ti mis ansias hallarán descanso?
Huyan lejos de mí las aflicciones,
la congoja, el temor y sobresalto,
si se levanta el Todopoderoso
en mi defensa de su trono sacro.
Si a mi lado se pone el invencible
y su escudo me cubre soberano,
no temeré mil males, pues seguro
estaré siempre de que me hagan daño.
Desplómense los cielos de sus ejes,
trastórnese los montes y peñascos,
vuélquese el mar, inflámense los vientos
y en negra tempestad vomiten rayos.
Yo todo lo veré tranquilamente,
impertérrito siempre y sin espanto,
si me hacen sombra las sagradas alas
de tu misericordia, Padre amado.
Sobre el áspid y el fiero basilisco
andaré alegre, con sereno paso,
y pisaré sin miedo el león soberbio,
y del dragón sangriento no haré caso.
Me reiré de los fraudes y tropiezos,
que pretenda ponerme el hombre malo,
porque si tú me ayudas, fácilmente
yo desharé sus redes y sus lazos.
Mas si por mis pecados tú quisieres
que padezca en la cama los asaltos
de cruel enfermedad o la pobreza
me devore con lánguidos atrasos;
si quieres, Padre, sufra los rigores,
ya de la esposa infiel, del hijo ingrato,
del enemigo cruel, del vil amigo,
del pérfido traidor, del mal hermano;
si quieres me atropelle la calumnia
y que mi honor lo mire vulnerado;
que una triste prisión o que la muerte
den fin a un infeliz. . . ¿he de rehusarlo?
De ninguna manera; antes mi gusto
conformaré contento a tus mandatos;
sólo te pido que me des esfuerzo
para apurar un cáliz tan amargo.
Sí, castiga, Señor, mis desaciertos,
pero alienta mi espíritu postrado,
y ya fortalecido con tu ayuda
me arrojaré confiado entre tus brazos.
Sí, yo confesaré que los castigos
son voces del pastor a tus rebaños,
y si das el azote como Padre,
no os puede menos que doler la mano.
Castígame, Señor, no me abandones;
redúceme al redil a latigazos,
pues si yo te ofendí, ¿con qué derecho
me pretendo eximir de los trabajos?
Dame resignación y vengan penas;
mi espíritu avalora desmayado,
y entonces las miserias y dolores
me serán apacibles, suaves, gratos.
En fin, quema, Señor, aquí castiga,
oprime, corta y hazme mil pedazos. . .
hic ure hic seca, ut in aeternum parcas,
como allá me perdones, dueño amado.
del ser eterno, que con modo sabio
mueves del globo la pesada mole
sobre el sol mismo sin ningún trabajo.
Omnipotente mano a cuyo impulso
obedecen los vientos y los rayos,
su ímpetu el mar detiene y las estrellas
giran con los planetas y los astros.
Mano augusta de fuerte que mantienes
a tus leyes sujeto lo que has criado
con tanta perfección y con tal orden
cuanto los hombres todos admiramos.
¿Qué mortal es capaz, qué inteligencia
de las que en torno vuelan a tu lado,
de conocer tus altas providencias
ni penetrar tus íntimos arcanos?
¿Quién alzar osará de tu grandeza
la extremidad del velo sacrosanto,
ni el gabinete oculto de tus obras
registrará blasfemo y temerario,
ni quién de tus piedades infinitas
podrá alabar en himnos ajustados
el torrente que inunda a tus criaturas,
como en un dulce dilatado caos?
Tú divides benéfica, los tiempos,
en estaciones, distinguiendo el año,
y los rigores del invierno triste
compensas liberal en el verano.
Tú en verde caña cuajas la mazorca;
tú doras las espigas en el campo;
tú las frutas endulzas, y tu vistes
de esmeraldas los montes y los prados.
Tú haces que entre las peñas se cultive
la plata, el oro, el fierro y el estaño,
y allí les das los brillos y reflejos
al rubí, al ametisto y al topacio.
Tú abrigas al cordero con su lana;
tú armas la garra del feroz leopardo;
tú pintas al alegre pajarillo
de plumas mil y de colores varios.
Tú haces vivan gustosos en las ondas
el delfín, tiburón y ballenato,
y en los cristales de la mar cerúlea
del pez mantienes número tan vasto.
Tú. . . ; pero ¿adónde voy? ¿Será posible
que atrevido, soberbio o insensato
presuma referir tus maravillas
ni señalar las obras de tu mano?
Tú eres el Dios eterno, incomprensible,
la bondad suma, santo, santo, santo,
fuente de la piedad y la dulzura
y el absoluto dueño de lo criado.
Tú me criaste, Señor, tú eres mi padre;
aun antes de existir ya me has amado;
a ti debo la vida que respiro,
y este renglón escribo por tu agrado.
¡Oh fe divina, luz que me consuelas!
¡Oh religión, iluminante rayo
de la deidad sagrada que me animas
en mis mayores penas y trabajos!
Conque ¿tú eres mi Padre, Dios eterno,
mi Criador, Redentor y único amparo,
y vela sobre mí constantemente
tu cariñoso amor y tu cuidado?
Sí, mi Dios, es verdad, yo lo conozco,
y cuando a agradecértelo no basto,
entonará tus dignas alabanzas
mi ronca voz, mi balbuciente labio.
Tú de la nada al ser me conduciste <sic>
por un efecto de tu amor sagrado,
y por el mismo, de tu santa iglesia
quisiste que naciera en el regazo.
Si repaso mi vida, la contemplo
rodeada de enemigos inhumanos,
como la navecilla que agitada
lucha en las ondas con los vientos bravos.
¡Cuántas veces la saña de algún toro,
el ímpetu indomable de un caballo
o ya de mi enemigo la venganza
pudo darme la muerte sin pensarlo!
¡Cuántas veces, siguiendo divertido
la carrera veloz de algún cervato
puede haber encontrado el precipicio,
deslizándome fácil de un peñasco!
¡Cuántas veces las aguas do solía
buscar por mi salud el útil baño,
pudieron darme líquido sepulcro,
en pago de mi arrojo temerario!
¡Cuántas veces. . . ! Mas ¡ay!, yo me fatigo
recordando mis riesgos, yo me canso;
baste sólo decir que de ellos libre
he sido por la fuerza de tu brazo.
Así lo reconozco agradecido;
tú todo lo dispones; no hay acaso;
tus designios adoro; pues tú mandas
se mueva la hoja frágil en el árbol.
Pues siendo esta verdad tan infalible,
sí sé que todo viene de tu mano
y que me amas, Señor, ¿por qué motivo
en las adversidades yo me abato?
¿Por qué hacia el mundo solamente miro
y mi débil espíritu lo arrastro,
si eres mi protector y mi refugio,
y en ti mis ansias hallarán descanso?
Huyan lejos de mí las aflicciones,
la congoja, el temor y sobresalto,
si se levanta el Todopoderoso
en mi defensa de su trono sacro.
Si a mi lado se pone el invencible
y su escudo me cubre soberano,
no temeré mil males, pues seguro
estaré siempre de que me hagan daño.
Desplómense los cielos de sus ejes,
trastórnese los montes y peñascos,
vuélquese el mar, inflámense los vientos
y en negra tempestad vomiten rayos.
Yo todo lo veré tranquilamente,
impertérrito siempre y sin espanto,
si me hacen sombra las sagradas alas
de tu misericordia, Padre amado.
Sobre el áspid y el fiero basilisco
andaré alegre, con sereno paso,
y pisaré sin miedo el león soberbio,
y del dragón sangriento no haré caso.
Me reiré de los fraudes y tropiezos,
que pretenda ponerme el hombre malo,
porque si tú me ayudas, fácilmente
yo desharé sus redes y sus lazos.
Mas si por mis pecados tú quisieres
que padezca en la cama los asaltos
de cruel enfermedad o la pobreza
me devore con lánguidos atrasos;
si quieres, Padre, sufra los rigores,
ya de la esposa infiel, del hijo ingrato,
del enemigo cruel, del vil amigo,
del pérfido traidor, del mal hermano;
si quieres me atropelle la calumnia
y que mi honor lo mire vulnerado;
que una triste prisión o que la muerte
den fin a un infeliz. . . ¿he de rehusarlo?
De ninguna manera; antes mi gusto
conformaré contento a tus mandatos;
sólo te pido que me des esfuerzo
para apurar un cáliz tan amargo.
Sí, castiga, Señor, mis desaciertos,
pero alienta mi espíritu postrado,
y ya fortalecido con tu ayuda
me arrojaré confiado entre tus brazos.
Sí, yo confesaré que los castigos
son voces del pastor a tus rebaños,
y si das el azote como Padre,
no os puede menos que doler la mano.
Castígame, Señor, no me abandones;
redúceme al redil a latigazos,
pues si yo te ofendí, ¿con qué derecho
me pretendo eximir de los trabajos?
Dame resignación y vengan penas;
mi espíritu avalora desmayado,
y entonces las miserias y dolores
me serán apacibles, suaves, gratos.
En fin, quema, Señor, aquí castiga,
oprime, corta y hazme mil pedazos. . .
hic ure hic seca, ut in aeternum parcas,
como allá me perdones, dueño amado.
EDUCACIÓN
Zitat/Motto
Esurientes implevit
bonis, et divites dimisit inanes
A los hambrientos los llenó de bienes
A los hambrientos los llenó de bienes
y a
los ricos despidió sin nada.
Cántico de la Magnífica.
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Fremdportrait
Éste es aquel orgullo o
desvanecimiento de que miramos bien provistos a muchos
de los ricos, los que cuando tratan a los pobres es con
tal desdén y sobrecelo que parece los consideran de otra
masa y especie diferente de la suya, y se persuaden a
que si tienen ojos y narices como ellos ha sido por una
confusión no prevenida de la naturaleza. Podrá no ser
así; pero si creen que los miserables son hijos de Adán,
criaturas de Dios y en todo sus hermanos y semejantes,
¿por qué los tratan con tanta aspereza? ¿Por qué no se
compadecen de sus desdichas? ¿Por qué atribuyen a un
terrible desacato e importunidad los gritos del mendigo?
¿Por qué nausean de que se acerque a ellos en una
iglesia o en otro inevitable lugar un hombre que no
tiene más delito que ser pobre? ¿Por qué al infeliz que
va a su casa lo detienen con vituperio en la escalera, y
cuando le dan audiencia casi siempre lo
despachan con un expediente duro e insultante? ¿Y por
qué, en fin, oyen los gemidos de la indigencia y ven las
lagrimas de la humanidad oprimida con tanta serenidad
como pudieran el espectáculo más divertido, sino porque
considerándose exentos de la miseria, se juzgan en todo
superiores y distintos de los infelices? Y esta criminal
indolencia ¿de qué otro principio puede venir si no de
la educación que tuvieron? Ellos en su casa han visto
siempre tratar a los criados, no solo imperiosa, sino
tal vez cruelmente; han visto pagar bien al sastre y
peluquero; gratificar con franqueza al maestro de baile;
comprar a todo precio un caballo generoso; satisfacer
sin reposo el famoso coche y las vistosas libreas, y
gastar con profusión en todo lo perteneciente al lujo.
Han visto también doblar continuamente la rodilla, ante
sus padres y ante ellos mismos, a una multitud de
perniciosos aduladores; han disfrutado de todas las
comodidades de la vida; se han sentado diariamente en
unas mesas abundantes y opíparas, y han gozado sin
interrupción de todos los regalos de la tierra. Pero
¿cuándo han oído los clamores del hambre? ¿Cuándo han
visto el rostro pálido de la miseria? ¿Cuándo se han
acercado a las inmundas salas de un hospital ni a las
formidables puertas de una cárcel? ¿Ni cuándo han
experimentado la dulce emoción que derrama la
beneficencia sobre los corazones sensibles? Jamás, sin
duda, pues ésta, una vez probada, es una dulzura que no
empalaga, antes provoca a continuar el gusto de su grato
sabor. De aquí es que muchos ricos no sólo no se
conmueven a la vista de las miserias de la humana
naturaleza, sino que se horrorizan de ellas como de un
mal amenazador, y el andrajoso mendigo, la llorosa
viuda, el descolorido enfermo y el encadenado reo son
otros tantos espectros que los asustan y fastidian, y,
considerándolos como unos prestigios de la fatalidad,
los despiden y rechazan lejos de sí con desabrimiento
cuando éstos tienen la desgracia de acudir a sus
puertas. Ricos de los que yo hablo, sed duros, pero no
impíos. Sed avaros, pero no crueles. No socorráis al
miserable, pero no tiranicéis su espíritu con vuestras
ásperas respuestas, y, finalmente, faltad si queréis a
la caridad, pero no os agravéis oprimiendo con vuestra
dureza al afligido. Grande será vuestra culpa y terrible
vuestra responsabilidad a los ojos de Dios, pero, a lo
menos, librándoos de las imprecaciones de los pobres
ultrajados, tendréis acaso más auxilios para vuestra
conversión y penitencia. Vosotros tenéis la felicidad de
poder, a poca costa, comprar los corazones de los
pueblos. Mientras más es vuestra riqueza, vuestra
autoridad y vuestro brillo, tanto más os observan
vuestros vecinos. Y de aquí resulta que sois moderados,
os estiman; si sois dóciles y apacibles, os veneran;
pero si sois humanos, liberales y benéficos, os aclaman,
os bendicen, os aman verdaderamente.
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Allgemeine Erzählung
Entre muchas semejantes
acciones de humanidad, me asoman las lágrimas a los
ojos el pasaje de aquella niña que teniendo a su
madre enferma en una cama y careciendo de socorros
para su curación y alimentos, sacó envueltas en su
delantal algunas prendecillas para buscar sobre
ellas seis guineas. Anduvo, rogó, solicitó, todo fue
en vano. . . ¡Ah, ricos crueles, para quienes las
lágrimas de los afligidos son dulces conciertos con
que regaláis vuestros oídos! Finalmente, esta
doncella llegó hasta los arrabales de Viena. El
emperador, que andaba paseándose de incógnito, luego
que vio a esta llorosa doncella, la llamó y le
preguntó la causa de su aflicción; díjola; mostróle
las alhajas, y el piadoso José le dio las seis
guineas, haciéndola llevar sus prendecillas. No paró
en esto; supo de su boca que era hija de un capitán
que había muerto en su servicio y que carecía de la
viudedad, por la mala y codiciosa conducta del
respectivo ministro. El rey, enternecido con tal
narración, la dijo fuese a otro día al palacio y que
preguntara por el oficial F. . . que era su amigo y
la recomendaría para que se atendiese la justicia.
Despidióse de ella el emperador dejándola llena de
consuelo; volvió a su casa y socorrió a su pobre
madre entre los transportes de la alegría, creciendo
ésta con la esperanza de la oferta que la había
hecho el “caballero”, como ella decía. Amaneció el
día siguiente; fue nuestra pobre muchacha a palacio;
la introdujo un oficial en la antesala del príncipe.
Pero ¡cuál fue su sorpresa, cuándo, esperando a su
benefactor “caballero”, ve salir al emperador de
Alemania con todos los adornos de majestad! No pudo
menos de arrodillarse confundida, y entonces el gran
José corre afable, y lleno de dulzura la levanta y
la dice: “Señorita, no se turbe usted; el mismo que
habló a usted ayer es el que se obliga a
favorecerla; ocurra usted con sus papeles a la
secretaría, que ya está decretado a su favor”. En
efecto, la dichosa niña logró la viudedad de su
madre, y lo que es más, todos los caídos, en que fue
condenado el ministro codicioso.
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Exemplum
Everardo, duque de
Witemberg, se gloriaba por su liberalidad y
beneficencia de poder dormir seguro y tranquilo en
cualquier choza de sus Estados.
Ebene 4
Exemplum
Y Carlos IV de Alemania
castigó heroica y gloriosamente a un infame que
pretendía matarle, dándole una crecida dote para una
hija.
Puede imprimirse
México, 2 de enero de 1813
Dr. Beristáin,Presidente
