El Regañón general: Núm.57
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NÚM.° 57.
Miércoles 14 de Diciembre de 1803.
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TRIBUNAL CATONIANO.
Zitat/Motto
Junta general del mes de Octubre.
Metatextualität
Principió la sesion el señor
Presidente con un discurso en los términos que siguen. Despues de este
discurso presentáron los Asesores el exámen de los Números
del Regañon publicados en Setiembre, que fuéron aprobados á
unanimidad de votos. El Fiscal presentó igualmente el
reglamento que ha formado sobre lo que se debe observar por
los individuos del Tribunal Catoniano en órden á las
críticas que se hacen contra ellos, el qual pasó á informe
de los Asesores, y se publicará quando tenga la aprobacion
del señor Presidente. También se leyó la respuesta del
Agente Fiscal primero sobre el cargo que se le hizo en la
Junta del mes anterior en punto al exámen del estado actual
de nuestros teatros, y está concebida en los términos
siguientes. En virtud de esta pretension
tan justa ha declarado el señor Presidente por vacante el empleo de Agente Fiscal de Teatros en este
Tribunal, mandando que se anuncie, para que los
pretendientes que gusten concurrir á su oposicion hagan las
preces correspondientes, las quales examinadas se proveerá
el destino en el sugeto que fuere mas capaz de su desempeño.
Concluyóse el acto con el exámen de dos cartas que se han
recibido este mes solamente, y que no se han puesto en el
periódico. La primera que trata todavía de la disputa
antigua sobre los Escolásticos, se ha destinado al archivo
de los excluidos, como tambien la otra firmada por J. B.
Tantirlin, sobre costumbres, por tratar cosas algo
picarescas, y que no se deben dar á luz; con lo qual se dió
fin. Todo lo qual certifico hoy 25 de Octubre de 1803. El
Secretario del Tribunal.
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"Señores: De todas las materias
que se han tratado en nuestro periódico, ninguna me
parece que interesa tanto al bien público como la de las
costumbres. Éstas son las que mas influyen en la
educacion, y las que forman la felicidad de las
naciones; por lo tanto es una obligacion indispensable
de nuestro instituto el rectificarlas, fomentando las
que sean buenas, y reprobando las malas. Muy bueno es
sin duda tratar de las ciencias y de las artes,
determinando por medio de la crítica su verdadero valor,
porque esto influye en la ilustracion general; pero la
primer necesidad es atender á la correccion de los
abusos y desórdenes que reynan en la sociedad. Ya me
parece que he dicho en otro discurso que la corrupcion
no es tan grande como parece, y en efecto debemos
confesar que por grande que se la quiera suponer,
todavía se tiene una especie de respeto á las buenas
costumbres, pues el número de individuos que las
quebrantan es muy corto en comparacion de los que
parecen respetarlas. En medio de nuestra falta de moral,
de nuestras conversaciones licenciosas, y del choque
continuo de intereses y pasiones que agitan al mundo, y
en las quales no piensa cada uno mas que en sí mismo, y
en su ventaja particular, convienen todos generalmente
en que las costumbres pueden y deben contribuir á la
felicidad de los individuos, de las familias y de toda
la sociedad. Aquellos mismos sugetos que hacen ménos
caso de las buenas costumbres, desean que las haya en
las personas cuyo honor les puede interesar, y en las que depositan su confianza. El esposo
infiel no ve con serenidad los extravíos de su muger, ni
la madre disoluta mira con placer que su hija se
deshonre siguiendo su exemplo. Al cohechador le parece
muy mal que sus criados le roben: el seductor exîge
fidelidad en la persona que ha seducido; y el
comerciante, en el acto mismo en que medita una quiebra
de mala fe, despide á su dependiente porque le ha sacado
de su caxa un poco de dinero. Así pues, el hombre que
rara vez se hace justicia á sí mismo, procura cargar á
otros con el peso que pretende dexar, y así tambien el
interes particular influye algunas ocasiones en la moral
misma, impidiendo que los derechos de la virtud se
destierren enteramente. Yo quisiera que nuestras
principales tareas tuviesen por objeto el exámen de las
costumbres públicas, pues es muy extraño á la verdad que
en un tiempo como éste tan fértil en escritores que de
todo tratan, en que todo se analiza, en que no se oye
hablar mas que de proyectos y observaciones, y en que
una multitud de plumas tratan tan diferentes materias,
ninguna haya emprendido todavía tratar expresamente del
arte de dirigir las costumbres. No es mi intencion el
culpar esta indiferencia de nuestros autores sobre un
punto tan importante, porque pueden haber tenido muchas
razones que la justifiquen, y que seria inútil
averiguar: lo que pretendo es reparar esta falta,
recordando á los buenos talentos la obligacion en que se
hallan de tratar una materia de tanto interes para la
humanidad, y que nosotros mismos nos propongamos este
objeto en la mayor parte de nuestras tareas. Al mismo
tiempo debemos tambien convidar á todos los que desean
la pública felicidad á que busquen é indiquen los medios
de inspirar y preservar las costumbres cuya influencia
tanto se reconoce; aquellas costumbres que se nos
presentan en los tiempos antiguos baxo del mejor
aspecto, y cuya decadencia se nos anuncia por todas
partes. Á mí no se me oculta que de qualquier modo que
tratemos este asunto no podremos hacerlo á gusto de
todos, y que por mas que queramos observar una exâcta
neutralidad en nuestras decisiones, tomando un justo
medio, y hablando con generalidad, no llegaremos á
evitar nunca la crítica mordaz, ni la mala inteligencia
de nuestras proposiciones. La sátira misma, y aun la
calumnia, se emplearán contra nosotros por poco que nos
separemos del camino ordinario que llevan las cosas,
aunque sea el peor; pero ¿hemos de ser unos tranquilos
espectadores de los desórdenes que reynan en las
costumbres por librarnos de estas injustas desazones? No
señores. La energía y el menosprecio
de las sátiras que puedan hacer todos los apologistas de
los abusos, deben caracterizar nuestra conducta sobre
esta materia, porque los principios en que está fundada
la moral de las costumbres son ineluctables y
constantes, y toda la oposicion que se les haga no será
mas que un sofisma cuya falsedad se conoce en el punto
mismo en que se llega á exâminar. Yo espero que los
individuos de este Tribunal sean del dictamen que he
manifestado coadyuvando mis intenciones, y que todos los
sugetos que tienen gusto de incluir sus producciones en
nuestro periódico se propongan por objeto principal el
tratar en ellas de la correccion de las costumbres en
sus distintos ramos. Bastante campo se les presenta para
hacerlo, en el qual se puede coger la mies mas abundante
como se beneficie bien. Salud."
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"No permitiéndome,
dice, mis graves ocupaciones, y algunos achaques que
padezco, el asistir á los teatros sino muy pocas veces,
me es casi imposible el formar una idea justa del estado
en que se hallan, porque á mas de no poder executarlo
por este motivo, segun lo poco que he observado, se
necesita una atencion continua, y un juicio muy sano
para conocer el sistema que actualmente se sigue en las
representaciones. Estos motivos me han obligado á no
decir una palabra sobre una materia en que pudiera decir
algunos errores, y en la qual no me tengo por idóneo
para tratarla como se debe; y por lo tanto suplico á ese
respetable Tribunal se sirva exônerarme de este cargo,
pues otros habrá que lo desempeñen mejor, y con mas
resolucion que yo. Espero que se acceda á esta solicitud
en atencion á mis obligaciones indispensables, y al mal
estado de mi salud, con la protesta de que estaré
siempre dispuesto á executar en quanto pueda las órdenes
de ese Tribunal."
SECRETARÍA.
CORRESPONDENCIA LITERARIA DEL
MES.
CARTA SEPTIMA.
Zitat/Motto
Contestacion al Enemigo malo, del Número
41.
Zitat/Motto
Pol, me occidisti.
Hor.
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Brief/Leserbrief
Señor Regañon, justicia: ¿Con
que ni los Diógenes estan libres de ser atacados en su
misma tinaja, ni de que los leyentes no los entiendan,
ni de que los Catones olviden su deber? Para lo primero
ahí está el señor Izaraitzpecoa, que sintiendo le quiten
sus manías, y en tono impersonal en su carta, aunque con
gracia, me manda que no salga de mi cubo hasta saber mas
filosofía. Para lo segundo ahí está, y debia estar en
los cuernos de la luna, el señor Enemigo del Idiotismo,
hombre singular (porque no es dos) que ha inventado el
secreto de tomar un nombre, que al mismo tiempo sea una
desvergüenza, y que me manda, como quien no dice nada,
ir al Colegio de San Cárlos, y tomar toda la dosis de
anatomía teorico-práctica, semehióctica, hienne,
therapéutica, aforismos prácticos, y materia médica,
&c. ¡Santa Bárbara bendita! Y ¿qué fuera de mí si no
estuviera en mi mano el dexar de
obedecerle? Y ¿qué seria que á este señor Enemigo le
hubiese ocurrido que mi crítica de los Valetudinarios, ó
mas claro, contra los que cuidan con exceso ridículo de
su salud, era una sátira contra la medicina, y contra el
respetable Sydenham? Y ¿qué tal seria que al señor
Enemigo de sí mismo se le hubiera puesto en las mientes
que yo soy médico, quando no llego ni á enfermo, ni Dios
lo permita? ¿Si lo será su merced Enemiga? No seria
extraño, porque puede ser qualquiera cosa. Para lo
tercero ahí está vmd. señor Presidente Caton, que
olvidándose del plan de su periódico se presenta en el
campo á partir el sol, para que dos christianos viejos
se rompan la cabeza. Vamos á cuentas, y veamos si he
tomado algo de lógica en San Isidro ó en otra parte.
¿Vmd. leyó mi carta de los Valetudinarios, la qual
aprobó, ó no? Si la aprobó, como no es dificil de creer,
hizo bien en insertarla en su periódico; si no la
aprobó, hizo mal en publicarla: vmd. leyó la carta del
Enemigo, y la aprobó tambien, pues que la inserta: ahora
bien, ¿se puede aprobar una carta crítica, y aprobar
tambien otra carta que la ridiculiza? ¿Se puede
manifestar que una cosa es buena, y aprobar luego un
papel en que se dice que es mala? ¿Puede haber archivo
de inútiles en su Tribunal, sin que haya debido ir
necesariamente á él ó mi carta, ó la del señor Enemigo,
supuesto que son contrarias la una á la otra?... Pero es
tomarlo con demasiada seriedad. Lo que no tiene duda es
que vmd., señor Caton, debe por su bien y el mio
empeñarse con el señor Izaraitzpecoa (en bascuence
Izaraitz de abaxo) para que por las Animas benditas me
dexe salir de mi cubo, sepa ó no sepa filosofía,
entienda como entendiere este nombre; y aun mas con el
señor Enemigo, para que me dispense por sola esta vez de
hacer un viage á la Corte con mal tiempo, malos caminos,
malas posadas, y malas ganas, asegurándole en la ánima
de Hipócrates, y de todas las anatomías
teorico-prácticas, semehiócticas, hiennes (y aun hienas)
therapéuticas, aforismos prácticos, y materias médicas,
y de toda la cofradía de San Cosme y San Damian, que
jamas en mi vida volveré á hablar, ni aun á oir hablar
de medicina, ni á disgustar al señor Enemigo, baxo el
supuesto de que si vmd. no lo consigue, puede desde
luego disponerme, señor Presidente, un catre en su casa,
aunque sea en su mismo quarto, porque soy avenible, para
que pueda así dar gusto á uno de mis favorecedores, ya
que no puede ser á los dos, por mandarme el uno que no
salga de mi tinaja, y el otro que salga aun de mi
tierra; pero, la verdad, yo mas miedo tengo
al Enemigo. Espero á mas de esto que me ofrecerá vmd., y
dará su palabra de honor, poniendo la una mano en la
espada, y la otra en el Hospital general, de no permitir
en adelante desafios, ni de dexar apalear á sus clientes
con desdoro suyo, ni de dar lugar á que al abrir el
periódico tengan que decir sus subscriptores: ¿si vendrá
el Enemigo malo? Item mas, que se encargará su Tribunal
de sostener, ó á lo ménos de despreciar las
critiqui-satirillas sin objeto ni xugo; pues por mi
parte ofrezco solemnemente no responder, ni aun leer
ninguna de estas fulminaciones, en lo que, y en no
perder la moderacion y urbanidad debidas, quisiera me
imitáran (y no es porque estoy delante) todos los
escritores mandibulifrangibulistas, permitiéndoseles
únicamente por desahogo, que al ver semejantes
escrito-manías exclamen con cierto autor en secreto
natural: Salud señor Presidente y
compañía. Diógenes. P. D. Se me olvidaba: muchas gracias
al señor Asesor segundo, porque á fuer de valiente me ha
defendido del Incógnito Andaluz. Otra P. D. Me parece
que muchos al oir nombrar á Diógenes solo se acuerdan de
la tinaja, y muy pocos de su distintivo mas noble y mas
significativo que era el espejo, en que hacia mirarse á
todos, por lo que le llamaba el espejo del conocimiento
propio: ya se ve, esto lo sabrá qualquiera, pero tambien
se ve que, si se olvida, no es fuera del caso el
recordarlo: sobre todo, para el que lo sabe y lo tiene
presente, como si nada hubiera dicho.
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Júpiter, ¿para
quándo son los rayos? Si esto es ser doctos, mas
vale ser payos.
CARTA OCTAVA.
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Brief/Leserbrief
Señor Regañon: Muy señor mió:
Supuesto que mi carta mereció la aprobacion de vmd.,
pues la he visto impresa en su Número 41, cuyo aviso
tuve por un amigo subscriptor que me le remitió, y como
nunca me he visto en letras de molde, ni me
creía capaz de ello, no es fácil expresar á vmd. la
alegría y satisfaccion que me causó la lectura de mi
carta, tanto que qual otro Pigmaleon, enamorado de mis
producciones, me he creido capaz de otras mayores:
¡lastimoso afecto de nuestro débil amor propio! Pero á
decir verdad, no me he recreado ménos con la lectura de
las otras cartas, insertas en el dicho Número,
particularmente la firmada por Diógenes, en donde
puestos á su cabeza dos versos de Virgilio, y estas
palabras: Plan sencillo y útil, he visto las mejores
ideas que pueden esparcirse en el público, como son las
que pueden contribuir al fomento de los árboles (ramo
esencial de la agricultura), ha llamado toda mi
atencion; por lo qual permítame vmd., señor Diógenes, le
diga es vmd. demasiado sabio para no dexar de conocer es
un corto estímulo el que vmd. propone á un hacendado
rico, para que plantando unas estacas en la tierra, sean
á su vista un nuevo placer cada vez que las ve crecer,
cada vez que se aprovecha de su sombra, y cada vez que
se calienta con sus ramas. Es preciso cosas mayores,
como vmd. conoce, y aun así podremos prometernos no el
fomento de nuestros montes, pues esto es dado de
supuesto, pero el que haya en la Península suficiente
leña para hacer carbon, y maderas para levantar una
casa. ¿Quántos de los que habrán leido su útil y sabia
carta de vmd. habrán fixado su atencion en ella? y los
que la hayan fixado, que gradúo por sugetos amantes de
su pais, y deseosos de sus adelantamientos, no habrán
prorumpido en expresiones de dolor al acordarse quan
necesarias, pero al mismo tiempo son por desgracia
infructuosas estas prevenciones, y que tal vez plantadas
por sí propios unas estacas en el sagrado de sus
propiedades, han visto bárbaramente arrancados de su
suelo unos jóvenes árboles, que algun dia debian aliviar
la suerte de aquel alarve hombre que faltando á las
leyes divinas y humanas, hace, ó por mala intencion, ó
lo que es mas doloroso, por preocupacion, un tan grave
daño á su próximo y á sí mismo. Sí señor Diógenes, yo
propio he plantado unos árboles en el lindero de una
viña, aun conociendo vivia entre tales labradores que
destrozarían mi intencion, pero dixe, puede que alguno
escape de su furor, alguno será perdonado; mas no fué
así, bien pronto fui testigo de la total destruccion, de
suerte que en el momento de mi dolor creí hallarme en el
pais limítrofe de los Iroqueses. A quantos otros les ha
sucedido lo mismo. En la Capital de esta Provincia de la
Rioja existe un caballero que ahora veinte años quiso
fomentar el cultivo de las moreras, á mucho coste hizo
traer de Valencia arbolitos, los plantó
en sus viñas, pero ¿qué fin tuvo tan laudable empresa?
El mismo referido, y el mismo que han tenido y tendrán
los ensayos de algunos buenos españoles que ilustrándose
quieren ser útiles á sus hijos, á sus semejantes y á su
patria. Ilustrándose digo, porque solo á la ilustracion
adquirida por una buena educacion es a quien se debe
[sic] estos buenos pensamientos y proyectos; sabe el
noble propietario emplear la mayor parte del tiempo en
ir á la caza; sabe, en algunas de nuestras mas fértiles
Provincias, pero no de las mejor cultivadas, montar á
caballo, picar un toro, hablar un facultativo lenguaje
desconocido á un castellano que no posea los
conocimientos de esta útil arte (como lo experimenté en
la Capital de dicha Provincia en un convite con que me
favoreció un caballero, título de la tal Ciudad), pero
no sabe, si no le han dado buenos principios, hacer bien
á sus semejantes, plantando unas estacas; no sabe
dedicarse á la agricultura, origen de placeres inocentes
y provechosos, y solo sabe destruir, devastar, y no
hacer bien. Si hablara con el antiguo Diógenes, pensaria
que esta reflexîon le haria dar de cabezadas dentro de
su cubo por indagar la causa de tan extraños efectos;
pero hablando con el moderno, debo prometerme que
empleará su tiempo en corregir y hallar los medios que
proporciona nuestra situacion, para que dexando la causa
sabida por nuestra santa Religion, saquemos toda la
posible utilidad de sus efectos; porque ¿quién dexa de
conocer existen en nuestro vulgo preocupaciones y
errores tan contrarios á sí y al total de la sociedad,
que si no se procuran desterrar serán siempre un
invencible obstáculo á los progresos de la agricultura,
y á otros adelantamientos; preocupaciones que, á mi modo
de entender, son el origen y causa de la falta casi
total de árboles en nuestra Península, y aun de lo poco
que progresan los adelantamientos modernos, tales como
la propagacion de la patata, &c. porque si no fuera
por esta preocupacion del vulgo, ¿cómo era posible que
en las tristes campiñas de tierra de Campos, Mancha,
Sigüenza, y en una palabra, de casi toda la España, no
se encontráran algunos mas testimonios de ser estos
paises habitados por industriosos y aplicados
labradores?
