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      <titleStmt>
        <title>Número 23</title>
        <author>Bachiller D. P. Gatell.</author>
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        <edition>Moralische Wochenschriften</edition>
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          <name>Elisabeth Hobisch</name>
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          <name>Magdalena Mandl</name>
          <resp>Editor</resp>
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        <respStmt>
          <name>Sabrina Rathausky</name>
          <resp>Editor</resp>
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      <publicationStmt>
        <publisher>Institut für Romanistik, Universität Graz</publisher>
        <date when="2010-08-17">17.08.2010</date>
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      </publicationStmt>
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        <bibl>Bachiller D. P. Gatell: El Argonauta español, periódico gaditano. Cádiz: Antonio Murguia 1790, 177-184</bibl>
        <bibl type="Einzelausgabe" xml:id="AE">
          <title level="j">El Argonauta Español</title>
          <biblScope type="vol">1</biblScope>
          <biblScope type="issue">23</biblScope>
          <date>1790</date>
          <placeName key="#GID.1">Spanien</placeName>
        </bibl>
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        </interpretation>
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        <date when="2010-08-17">17.08.2010</date>
        <name type="place">Graz, Austria</name>
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      <langUsage>
        <language ident="es">Spanish; Castilian</language>
      </langUsage>
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          <term>
            <term xml:lang="es">Costumbres</term>
            <term xml:lang="de">Sitten und Bräuche</term>
            <term xml:lang="en">Manners and Customs</term>
            <term xml:lang="fr">Mœurs et coutumes</term>
            <term xml:lang="it">Costumi</term>
          </term>
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            <term xml:lang="es">Imagen de los Hombres</term>
            <term xml:lang="de">Menschenbild</term>
            <term xml:lang="en">Idea of Man</term>
            <term xml:lang="fr">Image de l’humanité</term>
            <term xml:lang="it">Immagine dell'Umanità</term>
          </term>
        </keywords>
      </textClass>
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                <name ref="http://geonames.org/2510769" type="fcode:PCLI">Spain</name>
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                    <p>
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              xml:id="FR.1"/>
                    </p>
                    <div1>
                        <head>N. 23</head>
                        <p
                rend="MO"><milestone unit="ZM"
                xml:id="FR.2"/> Ridiculum acri dulcius.
                                <milestone rend="closer"
              unit="ZM"/></p>
                        <p rend="SO"><milestone unit="E2"
                xml:id="FR.3"/>
                            <milestone unit="E3"
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                            <milestone unit="AE"
                xml:id="FR.6"/> Estaba de visita el Argonauta la
                            otra tarde en una casa de un Amigo: à poco rato de haberse sentado, oyó
                            voces en la division inmediata; levantóse el Amigo, y sin detenerse fue
                            à poner paz. En efecto lo consiguió inmediatamente, y se bolvió donde él
                            estaba. Al entrar comenzó su razonamiento en los términos siguientes:
                            son el diablo las mugeres: no sé como hay hombre que tenga paciencia de
                            sufrir sus necedades. ¿Qué pensará Vm. que ha sido la causa de este
                            alboroto? Pues sepa Vm. que todo ha venido por la eleccion de compadre.
                            Madama está ya de siete meses: al ir á salir el pobre de Don N. á sus
                            negocios, le dixo: Doña N. oyes cuidado no dexes de ir á convidar à Don
                            N. mira si haces de las tuyas. Dexame, muger, respondió, que no estoy
                            ahora para compadres: tengo otros asuutos [sic] algo mas urgentes que el
                            compadrasgo. Pues no, has de ir, replicó Doña N. ni he de ir, ni pienso
                            convidarle jamás. Pues si no le convidas, me pongo la mantilla y voy yo
                            allá . . . . . Te guardarás de ello, como de echarte por el balcon à la
                            calle: ya te he dicho mas de mil veces que quiero por compadre al
                            hermano N. No será por vida de . . . . . si tal hicieres, te has de
                            acordar de mí. Buena es que despues que me faltan un sin fín de cosas,
                            que no me puedes comprar, he de llamar un hermano; eso no: mira, tonto;
                            Don N. dias hace que me está cortejando; lo tiene, y es muy garboso; con
                            media palabra que le digas, admiti-<pb
                n="178"/>rá con mil gastos el
                            convite; y entonces verás como lo empeño con dos mil sales à que se
                            esfuerce, y me supla lo que tanto necesito. Por lo mismo no quiero que
                            hagas tal; y cuidado: lo he de hacer; y de ahy siguió el temporal que ha
                            oido. ¿Podrá darse mayor desvergüenza? Si Vm. conociera à Don N. se
                            habia de compadecer de su situacion; no hay hombre mas honrado en toda
                            la Ciudad . . . . . </p>
                        <p>El Br., que ya estaba impuesto de este abuso, dixo alli doscientas mil
                            cosas; y contó este paso que le habia sucedido pocos dias habia:</p>
                        <p>Visitaba con alguna freqüencia una casa; y la señora que estaría
                            embarazada de dos ó tres meses, le dixo que habia puesto los ojos en él
                            para que, en pariendo con felicidad, llevase el niño à la Pila. Aunque
                            decisivamente no respondió; no obstante dió muestras de que no lo
                            llevaría á mal.</p>
                        <p>Pocos dias despues fue à visitar otra señora amiga de la susodicha; y
                            esta le hizo la siguiente arenga: me ha dicho mi amiga que habia elegido
                            à Vm. por compadre, que ya se lo habia propuesto; y que Vm. habia desde
                            luego admitido la propuesta. Pues considerando à Vm. recien llegado à
                            esta, y poco instruido en el asunto, voy à decirle las obligaciones à
                            que se vá Vm. à constituir.</p>
                        <p>En primer lugar ha de pagar todos los gastos de Iglesia y casa, como un
                            buen refresco, &amp;c. luego debe seguir à esto un regalo muy bueno:
                            despues debe Vm. cuidar de vestir el niño, y regalarle de tiempo en
                            tiempo; y si muriere, pagar los derechos de entierro; por último
                            sostenerle hasta tomar carrera. Se dá por supuesto tambien el habilitar
                            al compadre, y servir à la comadre en todo lo que le
                            ocupe . . . . . ¿Acabó Vm. ya? Ya. Pues ahora, ahorita mismo me hace Vm.
                            el favor de decírle que ni puedo, ni quiero ser su compadre. Señora,
                            acaso habrá pensado Doña N. que acabo de llegar del Perú? O que he
                            sacado algun terno seco de la Lotería; ò que me ha caído alguna
                            herencia? ¿Es bueno que à penas tengo que comer, y me he de meter <pb
                n="179"/> en compadrasgos? Yo no buelvo mas allá. Pues esperese Vm.
                            que me ha dicho que ahora con las ganancias del Argonauta, y Piscator se
                            portará Vm. como acostumbra. Buena necedad, no me diga Vm. por su vida
                            tal: soy capaz de bolverme loco. Ea por Dios, la ruego que la desengañe.
                            ¿Eso tenemos? Buena manera de matar pulgas. <milestone
                rend="closer" unit="AE"/>
                            <milestone rend="closer"
                unit="E4"/></p>
                        <p>Ignoraba yo de la cruz á la fecha semejantes estilos. ¿Puede darse mayor
                            absurdo? Ya no me admira lo que he oido: que no hay mayor sacrilegio que
                            convidar à uno por compadre. Esta es, y no otra, la causa de que los mas
                            se excusen de un Sacramento tan Sagrado. ¿Puede llegar à mas la maldad?
                            Hacer comercio con uno de los primeros fundamentos de la Religion.</p>
                        <p>Es à lo sumo que puede llegar la malicia humana. Desde luego exîge
                            remedio un abuso tan denigrativo. Sin duda que dán las mayores muestras
                            de nada juiciosas las señoras, que tal proponen à sus maridos; y estos
                            que son acreedores à que se les señale con el dedo, por condescender à
                            tan descabellada pretencion. Desde ahora para siempre fulmina el Br. el
                            mayor enatema contra los, y las que tal intenten, propongan y soliciten.
                                <milestone
                rend="closer"
                unit="E3"/></p>
                        <p>Despues que el Argonauta hubo viajado diez y ocho años por mar, se echó à
                            viajero terreno, ó terrestre; términos sinónimos aunque Vm. no lo
                            quisiere. En sus peregrinaciones, ya en coche, ya en calesa, ya en carro
                            atravesó quatro veces por diversas partes del Reyno: de todos modos, ó
                            maneras fue preciso que observase grandes trayectos de leguas, sin
                            encontrar un viviente racional, y otros con unos pequeños Pueblos, ó
                            Aldéas casi sin mas vivientes que unos pobres ancianos de ambos sexôs,
                            las casas semi caídas, ó por caer, &amp;c. &amp;c.
                            &amp;c.</p>
                        <p><milestone
                unit="E3"
                xml:id="FR.7"/> Llegaba á las grandes Ciudades, y
                            las miraba llenas de hombres, mugeres, y muchachos. Visto esto di-<pb
                n="180"/>xo; enfermo está este Reyno, desde luego está proxîmo à una
                            apoplegía: toda la sangre se viene à la cabeza, ¿qué se puede
                            esperar?</p>
                        <p>Mas le admiraba el reparar que, en medio de estar desiertas las campañas,
                            nada faltaba de lo preciso à la vida humana, ni menos para el mas
                            soberbio luxo. ¿Qué milagro será este? preguntaba. Yo desde luego me
                            creía que en donde no producian los campos, no podia reynar la
                            abundancia, ni mucho menos el luxo; pero ya veo que será cierto lo que
                            me han contado de que en Europa hay una República, que aunque fabricada,
                            ó fundada sobre un terreno estéril, y cenagoso, la llaman el almacen del
                            mundo.</p>
                        <p>Luego, si bien se mira, no es de extrañar el que estén despobladas las
                            campañas, y las populosas Ciudades llenas de gentío, de modo que no se
                            halla casa, ni habitacion para un forastero, que subsistan surtidos de
                            todo lo necesario, segun el estado pujante en que está el mundo
                            civilizado. Pero siempre le hacia cosquillas al Argonauta aquello de que
                            la vida rústica era naturalmente apetecida de todos. Por cierto que
                            mintieron los Poëtas en las pinturas tan famosas, como han escrito de la
                            Arcadia, y de otras. Virgilio celebró hasta el entusiasmo esta vida,
                            declarandola de inocente, sana y agradable; y todos los escritores la
                            recomiendan, porque dicen que inspira la templanza, la sobriedad, la
                            justicia, y la sabiduría. Por su medio aseguran, ansiosos de persuadir,
                            que el hombre siempre ocupado, no tiene lugar de ser malo, é injusto; y
                            por último añaden tantas y tales gracias à la vida rustica, que poco la
                            diferencian de la celestial.</p>
                        <p>Dice el Br. que si esto fuera asi, que desde luego no acontecería lo que
                            vemos. Sale de lo mas recondito de un monte un carbonero, que jamás vió
                            sino su Aldéa: entra en una Ciudad, todo quanto vé y mira es un nuevo
                            objeto de su admiracion. Encuentra con un paysano suyo, quizá de la
                            misma catadura quando estaba en el lugar, le míra vestido de pies à
                            cabeza <pb
                n="181"/> como un señorito: ya, ya le comienzan à alborotar
                            los deseos de no bolver al campo; ya maldice su suerte; y si no es en
                            aquel viaje, no espera el tercero: tira con la azada, y la rexa; y con
                            un ayre de desprecio dice: ea; ¿à qué tanta miseria, é infelicidad?
                            Voyme à la Ciudad à ser cavallero como fulano.</p>
                        <p><milestone
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                            <milestone unit="FP"
                xml:id="FR.9"/> Sale una pobre pastora la primera
                            vez al mundo: esta viene, por exemplo, à Cadiz. Todo le pasma: quanto es
                            objeto de su vista es un nuevo portento no visto en la campiña:
                            encuentra con una, dos, ó mas paysanas, las mismas que poco hace conocía
                            llenas de remiendos, las observa vestidas como Marquesas, ricos
                            mantones, costosas sayas, y si es menester, con mil palendengués: se
                            pasma, se aturde, se asombra de un trastorno tan repentino: se mira, y
                            remira, no vé mas que el tosco sayo de los campos, descalza de pie, y
                            pierna: ¿cómo es creíble que en aquel instante no trate de cambiar de
                            suerte? <milestone
                rend="closer" unit="FP"/>
                            <milestone rend="closer"
                unit="E4"/></p>
                        <p>Todos miran que los ciudadanos, y ciudadanas huyen del campo: si por via
                            de recréo están ocho dias, aun en el caso de divertirles sus posesiones,
                            ya les enfada la vida silvestre; y por consiguiente à la Ciudad, y esto
                            en coche, ó con otras comodidades. ¿Pues cómo, ó de qué manera es
                            concebíble que se dé persona que prefiera la habitacíon en la campaña, à
                            la de las poblaciones civilizadas? La vida noble de los ciudadanos
                            recomendable por todos lados, ¿quando puede ser despreciada por una
                            suerte dura, penosa, y llena de miseria? ¿Cómo no han de estar solos los
                            campos? La soledad, quietud y corto trato, y este ordinario, é incomodo,
                            ¿no debe de ser odioso, si se atiende à la finura de las poblaciones
                            grandes, tanto en el trato, como en lo demàs? Ea vaya, que si bien se
                            mira el punto, no habrá Juez que no decida à favor de la enemistad, con
                            la vida campestre.</p>
                        <p>Poco à poco, es menester mirar con mas circunspeccion la materia.
                            ¿Quantos afanes, disgustos, y sinsabores no cuesta esa mollicie, esos
                            vestidos, esas come-<pb
                n="182"/>dias, &amp;c.? Quando goza de
                            tranquilidad el uno, al parecer mas felíz; y quando le persigue la
                            inquietud al campesino. Esto, esto es lo que se ha de inculcar.</p>
                        <p>El Ciudadano, la cortesana, abrumados con cien mil cuidados, que exîge la
                            vida civil, separados de los que sea el alimento, y vestido, quando se
                            halláran con el ánimo lleno de mansedumbre del pobre labrador, pastor,
                            &amp;c. exêntos de etiquetas, de visitas enfadosas, del peynado, y
                            de otras mil locuras. Apenas se verá una vez en el año calentarse aquel
                            en el hogar al redor de sus hijos, quando este lo disfruta todos los
                            dias.</p>
                        <p>Si no les queda lugar para educar à su prole, que es forzoso que se la
                            fíe à otro: quando siempre es escaso el tiempo para acudir al comercio
                            social, y à los negocios de la casa, ¿cómo puede disfrutar del
                            incomparable beneficio del sosiego; quando no han sido esclavos de sí
                            mismos todos los que habitan en Ciudades? quando gozan de la robustez
                            que los que viven una vida rustica? Y por último la independencia, que
                            hace felices à estos; la limitacion de cuidados, que no les pervierten
                            el sueño, podrá jamás compararse con los desasosiegos, y malos ratos de
                            aquellos?</p>
                        <p>No medítan los hombres: si parasen un tanto la reflexîon, todos
                            preferirían la vida del campo à la de las poblacíones, en donde, además
                            de reynar todos los vicios, domína la lôbrega estrella, que dispara
                            todos los efectos de la embidia, codicia y ambicíon.</p>
                        <p>Si dominase al hombre la meditacion, cortos serían los límites de España
                            para contener habitantes. No gobierna mas que una sombra, que nos
                            seduce: todo es apariencia quanto nos aparta de una vida casi celestial.
                            Es indubitable que si se mira por la superficie à un ciudadano, dexára
                            de ser racional el que no <pb
                n="183"/> prefiera su suerte à la de un
                            villano; pero filosofando muy poco, se debe de hallar sin comparacion
                            mas apreciable la vida de este, que la de aquellas pocas luces, que
                            iluminan à la gente silvestre; los pocos conocimientos, que poseen, son
                            la causa de que consideren mas feliz la habitación de las Ciudades.</p>
                        <p>No piensa el Argonauta que este papel pueda conseguir el fin, que se ha
                            propuesto; porque no ignora que no llegarán à sus ojos, ni oídos estas,
                            y otras razones, que alegaría justificativas, de la ventaja que ofrece
                            la vida del campo à la de una poblacion grande, para atraher la
                            muchedumbre que huye de las selvas, y campiñas para pasar à disfrutar de
                            la alagüeña, y encantadora cirena de las Ciudades. </p>
                        <p>Se despueblan las Aldéas, y los Lugares; y con esto decae la labor del
                            campo en perjuicio de la República. Esto no puede remediarse con
                            discursos, ni reflexîones: exìge precisamente un medio que pueda
                            contener tal desastre; ¿qual será este? A medida que el luxo ha ido
                            tomando cuerpo, se ván quedando sin hombres las Aldéas; y sin mugeres
                            los pueblos cortos porque ván à servir, camino de la perdicion de los
                            mozos de ambos sexos. Los primeros pasan alegremente la vida mientras se
                            mantiénen robustos, y pueden servir à sus amos: luego que cargan de
                            años, ni buelven à su Patria, ni sirven mas que de incomodar, ya
                            mendígando, ya teniendo su paradero en los Hospicios, y Hospitales.</p>
                        <p>Ya tenemos que no solo pierden los Lugares aquellos hombres, aquellos
                            brazos el campo; y lo que es mas doloroso, la indispensable decadencia
                            de los Lugares.</p>
                        <p>Las niñas entran en la Ciudad: à los dos dias dexan los habitos humildes,
                            que con tanta honradez vestian en sus casas; se vén señoras, con <pb
                n="184"/> respecto à el estado antecedente: ¿cómo han de pensar
                            jamás en bolver? Es un imposible, de primer orden pensar que han de
                            regresar á deshacerse del punto de señoras, y vestir nuevamente los
                            trapos. </p>
                        <p>Mejor prefieren otro medio mas perjudicial, que no pasar à nueva vida,
                            que aunque tosca al parecer, es mas que sencilla y favorable, mirada con
                            atencion.</p>
                        <p>Esta es la causa de la despoblacion de los campos; y de la decadencia de
                            los Lugares. Y esta misma es la que se debía remediar.</p>
                        <p>Ya que todos queremos ser servidos, aunque no tengamos à veces para ello,
                            ni consideremos tan perversas resultas, seria muy del caso que no
                            pudiera tener nadie domesticos, sin que se sangrare muy bien la bolsa:
                            entiendalo el que quisiere, este seria el seguro remedio para tan
                            pestifero mal.</p>
                        <p>¿Qué querrá decir el Argonauta con eso de sangrar la
                            bolsa? . . . . . Bien claro está. ¿Porqué ha de tener sirviente tanto
                            cavallero de ayer à hoy? Tanta señora solo en el nombre, que en realidad
                            no pueden mantenerlo, ni menos subsistir ellos, queriendo ser señores de
                            los dones, vienen los dines; y de todo esto proviene que en el momento
                            que Maria recibe el carácter de Doña, y Perensejo el de Don Giripundio,
                            ya consideran razon de estado tener criada; y si es menester Pages. De
                            ahí proviene tanta abundancia en las Ciudades, y tanta escasez en las
                            Aldéas, y oblaciones chicas.</p>
                        <p><milestone
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                            <milestone unit="AE"
                xml:id="FR.11"/> Vino dias pasados una ama de leche
                            à criar à una casa de un sugeto de circunstancias; en quanto oyó que la
                            llamaban Doña Nicolasa, dixo: Bella tierra, ya ni à patadas me sacan de
                            Cadiz. Mandó en efecto por su marido; y sin duda se debe esperar que
                            mañana ya tenga criada y page, como lógre alguna fortuna. <milestone
                rend="closer" unit="AE"/>
                            <milestone rend="closer"
                unit="E4"/> ¿Pues cómo no deberán castigarle
                            las bolsas de los dones nuevos, y de los viejos inhabiles para destruir
                            un obuso tan perjudicial al cultivo y origen de la despoblacion?
                                <milestone
                rend="closer" unit="E3"/>
                            <milestone rend="closer"
                unit="E2"/>
                            <milestone rend="closer" unit="E1"/></p>
                        <p/>
                    </div1>
                </body>
      </text>
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                                <seg
                  type="U1">N. 23</seg>
                                <seg type="MO"><seg synch="#FR.2"
                  type="ZM"> Ridiculum acri dulcius.
                                    </seg></seg>
                                <seg
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                                    <seg synch="#FR.4"
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                        type="E4">
                                            <seg synch="#FR.6"
                          type="AE"> Estaba de visita el
                                                Argonauta la otra tarde en una casa de un Amigo: à
                                                poco rato de haberse sentado, oyó voces en la
                                                division inmediata; levantóse el Amigo, y sin
                                                detenerse fue à poner paz. En efecto lo consiguió
                                                inmediatamente, y se bolvió donde él estaba. Al
                                                entrar comenzó su razonamiento en los términos
                                                siguientes: son el diablo las mugeres: no sé como
                                                hay hombre que tenga paciencia de sufrir sus
                                                necedades. ¿Qué pensará Vm. que ha sido la causa de
                                                este alboroto? Pues sepa Vm. que todo ha venido por
                                                la eleccion de compadre. Madama está ya de siete
                                                meses: al ir á salir el pobre de Don N. á sus
                                                negocios, le dixo: Doña N. oyes cuidado no dexes de
                                                ir á convidar à Don N. mira si haces de las tuyas.
                                                Dexame, muger, respondió, que no estoy ahora para
                                                compadres: tengo otros asuutos [sic] algo mas
                                                urgentes que el compadrasgo. Pues no, has de ir,
                                                replicó Doña N. ni he de ir, ni pienso convidarle
                                                jamás. Pues si no le convidas, me pongo la mantilla
                                                y voy yo allá . . . . . Te guardarás de ello, como
                                                de echarte por el balcon à la calle: ya te he dicho
                                                mas de mil veces que quiero por compadre al hermano
                                                N. No será por vida de . . . . . si tal hicieres, te
                                                has de acordar de mí. Buena es que despues que me
                                                faltan un sin fín de cosas, que no me puedes
                                                comprar, he de llamar un hermano; eso no: mira,
                                                tonto; Don N. dias hace que me está cortejando; lo
                                                tiene, y es muy garboso; con media palabra que le
                                                digas, admiti-<pb
                          n="178"/>rá con mil gastos el
                                                convite; y entonces verás como lo empeño con dos mil
                                                sales à que se esfuerce, y me supla lo que tanto
                                                necesito. Por lo mismo no quiero que hagas tal; y
                                                cuidado: lo he de hacer; y de ahy siguió el temporal
                                                que ha oido. ¿Podrá darse mayor desvergüenza? Si Vm.
                                                conociera à Don N. se habia de compadecer de su
                                                situacion; no hay hombre mas honrado en toda la
                                                Ciudad . . . . . <lb/> El Br., que ya estaba
                                                impuesto de este abuso, dixo alli doscientas mil
                                                cosas; y contó este paso que le habia sucedido pocos
                                                dias habia:<lb/> Visitaba con alguna freqüencia una
                                                casa; y la señora que estaría embarazada de dos ó
                                                tres meses, le dixo que habia puesto los ojos en él
                                                para que, en pariendo con felicidad, llevase el niño
                                                à la Pila. Aunque decisivamente no respondió; no
                                                obstante dió muestras de que no lo llevaría á
                                                mal.<lb/> Pocos dias despues fue à visitar otra
                                                señora amiga de la susodicha; y esta le hizo la
                                                siguiente arenga: me ha dicho mi amiga que habia
                                                elegido à Vm. por compadre, que ya se lo habia
                                                propuesto; y que Vm. habia desde luego admitido la
                                                propuesta. Pues considerando à Vm. recien llegado à
                                                esta, y poco instruido en el asunto, voy à decirle
                                                las obligaciones à que se vá Vm. à constituir.<lb/>
                                                En primer lugar ha de pagar todos los gastos de
                                                Iglesia y casa, como un buen refresco, &amp;c.
                                                luego debe seguir à esto un regalo muy bueno:
                                                despues debe Vm. cuidar de vestir el niño, y
                                                regalarle de tiempo en tiempo; y si muriere, pagar
                                                los derechos de entierro; por último sostenerle
                                                hasta tomar carrera. Se dá por supuesto tambien el
                                                habilitar al compadre, y servir à la comadre en todo
                                                lo que le ocupe . . . . . ¿Acabó Vm. ya? Ya. Pues
                                                ahora, ahorita mismo me hace Vm. el favor de decírle
                                                que ni puedo, ni quiero ser su compadre. Señora,
                                                acaso habrá pensado Doña N. que acabo de llegar del
                                                Perú? O que he sacado algun terno seco de la
                                                Lotería; ò que me ha caído alguna herencia? ¿Es
                                                bueno que à penas tengo que comer, y me he de meter
                                                  <pb
                    n="179"/>en compadrasgos? Yo no buelvo mas
                                                allá. Pues esperese Vm. que me ha dicho que ahora
                                                con las ganancias del Argonauta, y Piscator se
                                                portará Vm. como acostumbra. Buena necedad, no me
                                                diga Vm. por su vida tal: soy capaz de bolverme
                                                loco. Ea por Dios, la ruego que la desengañe. ¿Eso
                                                tenemos? Buena manera de matar pulgas. </seg>
                                        </seg><lb/> Ignoraba yo de la cruz á la fecha semejantes
                                        estilos. ¿Puede darse mayor absurdo? Ya no me admira lo que
                                        he oido: que no hay mayor sacrilegio que convidar à uno por
                                        compadre. Esta es, y no otra, la causa de que los mas se
                                        excusen de un Sacramento tan Sagrado. ¿Puede llegar à mas la
                                        maldad? Hacer comercio con uno de los primeros fundamentos
                                        de la Religion.<lb/> Es à lo sumo que puede llegar la
                                        malicia humana. Desde luego exîge remedio un abuso tan
                                        denigrativo. Sin duda que dán las mayores muestras de nada
                                        juiciosas las señoras, que tal proponen à sus maridos; y
                                        estos que son acreedores à que se les señale con el dedo,
                                        por condescender à tan descabellada pretencion. Desde ahora
                                        para siempre fulmina el Br. el mayor enatema contra los, y
                                        las que tal intenten, propongan y soliciten. </seg><lb/>
                                    Despues que el Argonauta hubo viajado diez y ocho años por mar,
                                    se echó à viajero terreno, ó terrestre; términos sinónimos
                                    aunque Vm. no lo quisiere. En sus peregrinaciones, ya en coche,
                                    ya en calesa, ya en carro atravesó quatro veces por diversas
                                    partes del Reyno: de todos modos, ó maneras fue preciso que
                                    observase grandes trayectos de leguas, sin encontrar un viviente
                                    racional, y otros con unos pequeños Pueblos, ó Aldéas casi sin
                                    mas vivientes que unos pobres ancianos de ambos sexôs, las casas
                                    semi caídas, ó por caer, &amp;c. &amp;c. &amp;c.<lb/>
                                    <seg
                    synch="#FR.7"
                      type="E3"> Llegaba á las grandes Ciudades, y
                                        las miraba llenas de hombres, mugeres, y muchachos. Visto
                                        esto di-<pb
                      n="180"/>xo; enfermo está este Reyno, desde
                                        luego está proxîmo à una apoplegía: toda la sangre se viene
                                        à la cabeza, ¿qué se puede esperar?<lb/> Mas le admiraba el
                                        reparar que, en medio de estar desiertas las campañas, nada
                                        faltaba de lo preciso à la vida humana, ni menos para el mas
                                        soberbio luxo. ¿Qué milagro será este? preguntaba. Yo desde
                                        luego me creía que en donde no producian los campos, no
                                        podia reynar la abundancia, ni mucho menos el luxo; pero ya
                                        veo que será cierto lo que me han contado de que en Europa
                                        hay una República, que aunque fabricada, ó fundada sobre un
                                        terreno estéril, y cenagoso, la llaman el almacen del
                                        mundo.<lb/> Luego, si bien se mira, no es de extrañar el que
                                        estén despobladas las campañas, y las populosas Ciudades
                                        llenas de gentío, de modo que no se halla casa, ni
                                        habitacion para un forastero, que subsistan surtidos de todo
                                        lo necesario, segun el estado pujante en que está el mundo
                                        civilizado. Pero siempre le hacia cosquillas al Argonauta
                                        aquello de que la vida rústica era naturalmente apetecida de
                                        todos. Por cierto que mintieron los Poëtas en las pinturas
                                        tan famosas, como han escrito de la Arcadia, y de otras.
                                        Virgilio celebró hasta el entusiasmo esta vida, declarandola
                                        de inocente, sana y agradable; y todos los escritores la
                                        recomiendan, porque dicen que inspira la templanza, la
                                        sobriedad, la justicia, y la sabiduría. Por su medio
                                        aseguran, ansiosos de persuadir, que el hombre siempre
                                        ocupado, no tiene lugar de ser malo, é injusto; y por último
                                        añaden tantas y tales gracias à la vida rustica, que poco la
                                        diferencian de la celestial.<lb/> Dice el Br. que si esto
                                        fuera asi, que desde luego no acontecería lo que vemos. Sale
                                        de lo mas recondito de un monte un carbonero, que jamás vió
                                        sino su Aldéa: entra en una Ciudad, todo quanto vé y mira es
                                        un nuevo objeto de su admiracion. Encuentra con un paysano
                                        suyo, quizá de la misma catadura quando estaba en el lugar,
                                        le míra vestido de pies à cabeza <pb
                      n="181"/>como un
                                        señorito: ya, ya le comienzan à alborotar los deseos de no
                                        bolver al campo; ya maldice su suerte; y si no es en aquel
                                        viaje, no espera el tercero: tira con la azada, y la rexa; y
                                        con un ayre de desprecio dice: ea; ¿à qué tanta miseria, é
                                        infelicidad? Voyme à la Ciudad à ser cavallero como fulano.<lb/>
                                        <seg
                      synch="#FR.8" type="E4">
                                            <seg synch="#FR.9"
                      type="FP"> Sale una pobre pastora la
                                                primera vez al mundo: esta viene, por exemplo, à
                                                Cadiz. Todo le pasma: quanto es objeto de su vista
                                                es un nuevo portento no visto en la campiña:
                                                encuentra con una, dos, ó mas paysanas, las mismas
                                                que poco hace conocía llenas de remiendos, las
                                                observa vestidas como Marquesas, ricos mantones,
                                                costosas sayas, y si es menester, con mil
                                                palendengués: se pasma, se aturde, se asombra de un
                                                trastorno tan repentino: se mira, y remira, no vé
                                                mas que el tosco sayo de los campos, descalza de
                                                pie, y pierna: ¿cómo es creíble que en aquel
                                                instante no trate de cambiar de suerte? </seg>
                                        </seg><lb/> Todos miran que los ciudadanos, y ciudadanas
                                        huyen del campo: si por via de recréo están ocho dias, aun
                                        en el caso de divertirles sus posesiones, ya les enfada la
                                        vida silvestre; y por consiguiente à la Ciudad, y esto en
                                        coche, ó con otras comodidades. ¿Pues cómo, ó de qué manera
                                        es concebíble que se dé persona que prefiera la habitacíon
                                        en la campaña, à la de las poblaciones civilizadas? La vida
                                        noble de los ciudadanos recomendable por todos lados,
                                        ¿quando puede ser despreciada por una suerte dura, penosa, y
                                        llena de miseria? ¿Cómo no han de estar solos los campos? La
                                        soledad, quietud y corto trato, y este ordinario, é
                                        incomodo, ¿no debe de ser odioso, si se atiende à la finura
                                        de las poblaciones grandes, tanto en el trato, como en lo
                                        demàs? Ea vaya, que si bien se mira el punto, no habrá Juez
                                        que no decida à favor de la enemistad, con la vida
                                        campestre.<lb/> Poco à poco, es menester mirar con mas
                                        circunspeccion la materia. ¿Quantos afanes, disgustos, y
                                        sinsabores no cuesta esa mollicie, esos vestidos, esas
                                            come-<pb
                      n="182"/>dias, &amp;c.? Quando goza de
                                        tranquilidad el uno, al parecer mas felíz; y quando le
                                        persigue la inquietud al campesino. Esto, esto es lo que se
                                        ha de inculcar.<lb/> El Ciudadano, la cortesana, abrumados
                                        con cien mil cuidados, que exîge la vida civil, separados de
                                        los que sea el alimento, y vestido, quando se halláran con
                                        el ánimo lleno de mansedumbre del pobre labrador, pastor,
                                        &amp;c. exêntos de etiquetas, de visitas enfadosas, del
                                        peynado, y de otras mil locuras. Apenas se verá una vez en
                                        el año calentarse aquel en el hogar al redor de sus hijos,
                                        quando este lo disfruta todos los dias.<lb/> Si no les queda
                                        lugar para educar à su prole, que es forzoso que se la fíe à
                                        otro: quando siempre es escaso el tiempo para acudir al
                                        comercio social, y à los negocios de la casa, ¿cómo puede
                                        disfrutar del incomparable beneficio del sosiego; quando no
                                        han sido esclavos de sí mismos todos los que habitan en
                                        Ciudades? quando gozan de la robustez que los que viven una
                                        vida rustica? Y por último la independencia, que hace
                                        felices à estos; la limitacion de cuidados, que no les
                                        pervierten el sueño, podrá jamás compararse con los
                                        desasosiegos, y malos ratos de aquellos?<lb/> No medítan los
                                        hombres: si parasen un tanto la reflexîon, todos preferirían
                                        la vida del campo à la de las poblacíones, en donde, además
                                        de reynar todos los vicios, domína la lôbrega estrella, que
                                        dispara todos los efectos de la embidia, codicia y
                                        ambicíon.<lb/> Si dominase al hombre la meditacion, cortos
                                        serían los límites de España para contener habitantes. No
                                        gobierna mas que una sombra, que nos seduce: todo es
                                        apariencia quanto nos aparta de una vida casi celestial. Es
                                        indubitable que si se mira por la superficie à un ciudadano,
                                        dexára de ser racional el que no <pb
                      n="183"/>prefiera su
                                        suerte à la de un villano; pero filosofando muy poco, se
                                        debe de hallar sin comparacion mas apreciable la vida de
                                        este, que la de aquellas pocas luces, que iluminan à la
                                        gente silvestre; los pocos conocimientos, que poseen, son la
                                        causa de que consideren mas feliz la habitación de las
                                        Ciudades.<lb/> No piensa el Argonauta que este papel pueda
                                        conseguir el fin, que se ha propuesto; porque no ignora que
                                        no llegarán à sus ojos, ni oídos estas, y otras razones, que
                                        alegaría justificativas, de la ventaja que ofrece la vida
                                        del campo à la de una poblacion grande, para atraher la
                                        muchedumbre que huye de las selvas, y campiñas para pasar à
                                        disfrutar de la alagüeña, y encantadora cirena de las
                                        Ciudades. <lb/> Se despueblan las Aldéas, y los Lugares; y
                                        con esto decae la labor del campo en perjuicio de la
                                        República. Esto no puede remediarse con discursos, ni
                                        reflexîones: exìge precisamente un medio que pueda contener
                                        tal desastre; ¿qual será este? A medida que el luxo ha ido
                                        tomando cuerpo, se ván quedando sin hombres las Aldéas; y
                                        sin mugeres los pueblos cortos porque ván à servir, camino
                                        de la perdicion de los mozos de ambos sexos. Los primeros
                                        pasan alegremente la vida mientras se mantiénen robustos, y
                                        pueden servir à sus amos: luego que cargan de años, ni
                                        buelven à su Patria, ni sirven mas que de incomodar, ya
                                        mendígando, ya teniendo su paradero en los Hospicios, y
                                        Hospitales.<lb/> Ya tenemos que no solo pierden los Lugares
                                        aquellos hombres, aquellos brazos el campo; y lo que es mas
                                        doloroso, la indispensable decadencia de los Lugares.<lb/>
                                        Las niñas entran en la Ciudad: à los dos dias dexan los
                                        habitos humildes, que con tanta honradez vestian en sus
                                        casas; se vén señoras, con <pb
                      n="184"/>respecto à el estado
                                        antecedente: ¿cómo han de pensar jamás en bolver? Es un
                                        imposible, de primer orden pensar que han de regresar á
                                        deshacerse del punto de señoras, y vestir nuevamente los
                                        trapos. <lb/> Mejor prefieren otro medio mas perjudicial,
                                        que no pasar à nueva vida, que aunque tosca al parecer, es
                                        mas que sencilla y favorable, mirada con atencion.<lb/> Esta
                                        es la causa de la despoblacion de los campos; y de la
                                        decadencia de los Lugares. Y esta misma es la que se debía
                                        remediar.<lb/> Ya que todos queremos ser servidos, aunque no
                                        tengamos à veces para ello, ni consideremos tan perversas
                                        resultas, seria muy del caso que no pudiera tener nadie
                                        domesticos, sin que se sangrare muy bien la bolsa:
                                        entiendalo el que quisiere, este seria el seguro remedio
                                        para tan pestifero mal.<lb/> ¿Qué querrá decir el Argonauta
                                        con eso de sangrar la bolsa? . . . . . Bien claro está.
                                        ¿Porqué ha de tener sirviente tanto cavallero de ayer à hoy?
                                        Tanta señora solo en el nombre, que en realidad no pueden
                                        mantenerlo, ni menos subsistir ellos, queriendo ser señores
                                        de los dones, vienen los dines; y de todo esto proviene que
                                        en el momento que Maria recibe el carácter de Doña, y
                                        Perensejo el de Don Giripundio, ya consideran razon de
                                        estado tener criada; y si es menester Pages. De ahí proviene
                                        tanta abundancia en las Ciudades, y tanta escasez en las
                                        Aldéas, y oblaciones chicas.<lb/>
                                        <seg
                      synch="#FR.10" type="E4">
                                            <seg synch="#FR.11" type="AE"> Vino dias pasados una ama
                                                de leche à criar à una casa de un sugeto de
                                                circunstancias; en quanto oyó que la llamaban Doña
                                                Nicolasa, dixo: Bella tierra, ya ni à patadas me
                                                sacan de Cadiz. Mandó en efecto por su marido; y sin
                                                duda se debe esperar que mañana ya tenga criada y
                                                page, como lógre alguna fortuna. </seg>
                                        </seg> ¿Pues cómo no deberán castigarle las bolsas de los
                                        dones nuevos, y de los viejos inhabiles para destruir un
                                        obuso tan perjudicial al cultivo y origen de la
                                        despoblacion? </seg>
                                </seg>
                            </seg><lb/>
                            <lb/></ab>
                    </div>
                </body>
      </text>
    </group>
  </text>
</TEI>
