El Censor: Discurso CLIX

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Livello 1

Discurso CLIX

Citazione/Motto

 . . . . . Velut sylvis, ubi passim
Palantes error certo de tramite pellit,
Illie sinistrorsum, hic dextrorsum abit unus utrique
Error, sed variise illudit partibus . . . . . 

Horat. Lib. II. Sátir. III. v. 48 . . . . . 

. . . . . Así los que transitan por un bosque
Suelen de la vereda extraviarse:
Tomo uno á la derecha, otro a la izquierda,
Y un mismo error los lleva á varias partes.

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La Teología y la Moral Gentílica contenia ella misma infinitamente mas errores y absurdos que pueden haber nacido de la nuestra, por mal que se haya enseñado y por mucha que sea la corrupcion que en ella se haya introducido: los Romanos no obstante, los Atenienses y otros Pueblos gentiles fuéron ricos y opulentos: luego si nosotros no lo somos no debe esto imputarse en manera alguna á nuestra Teología y á nuestra Moral: esto es, al ruin modo con que hemos cultivado estas dos ciencias. Este razonamiento, evidente y demostrativo segun dialéctica de algunos, es el que he ofrecido á mis lectores examinar segun los principios de la mia. Pero no crean que me propongo en ello otra mira, que ilustrar una materia que considero de la mayor importancia. A la verdad yo pienso haber dicho sobre ella lo bastante para el convencimiento de todo hombre reflexivo: y quando una cosa está demostrada, parece ocioso detenerse en ninguna objecion que en contra se imagine; porque la verdad es una, y quanto puede oponerse á una demostracion es necesariamente un sophisma. Pero los mas de los hombres son incapaces de la atencion, que se requiere para comprender toda la evidencia de un razonamiento, si es un tanto complicado: y fluctuando así siempre entre la verdad y la mentira, el menor vientecillo los lleva de la una á la otra. Principalmente sucede esto á los que acostumbrados en las aulas á disputar de todo, y á constituir el mérito en la miserable habilidad de inventar argumentos, sin reparar mucho en su exactitud, miran como problemático todo aquello a que puede oponerse una objecion por frívola que sea. Así es que nada se ha hecho por lo comun con haber probado una cosa tan evidentemente como es posible: es preciso ademas deshacer todos los sophismas que se le opongan por despreciables que parezcan.

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Sin duda es uno el argumento, cuyo examen he emprendido. Los errors de la teología de los Romanos y de los Athenienses no hicieron pobres á estos pueblos. Es así que eran mayores que los que pudo ocasionar la nuestra: luego tampoco estos pudiéron hacernos pobres á nosotros. La plaza de Gibraltar fué sitiada con mayores fuerzas que la de Panzacola: aquella no se rindió y luego no fué la fuerza la que rindió á ésta. Caminó otro por una estacion mas rigurosa: con todo no enfermó; luego no debe atribuirse mi enfermedad á lo crudo del tiempo en que hice mi viage. He aquí tres silogismos del todo parecidos, ó solo desemejantes en que el primero es aun mas vicioso que los otros. Caminó aquel por una estación mas rigurosa; pero iba en coche: bien abrigado: usó de otras precauciones. Fué Gibraltar sitiada con mayores fuerzas; pero opuso también mas resistencia. ¿Y por qué no podrá ser que otras causas hayan impedido en Roma y en Athenas los efectos naturales de su ignorancia y errores en la Teología y en la Moral? Mas quiero que no haya sucedido así. ¿En quál de las premisas está contenida la conseqüencia que se deduce? Siendo un silogismo negativo,debiera segun los principios de mi Lógica estarlo en la primera y manifestar esta continencia la segunda. Pero ésta no nos dice que los errores á que da causa nuestra Teología y nuestra Moral, estuviesen contenidos en los que enseñaba ó causaba la Gentílica; solo dice que son ménos, y ménos graves; y claro está que pueden ser muy bien lo uno y lo otro, y no ser, como ciertamente no lo son, los mismos en todo ni en parte, ni por tanto estar comprehendidos en ellos. Lo que se deduce pues de tales antecedentes no es en manera alguna que los errores originados de nuestra Teología y nuestra Moral no hayan influido en nuestra pobreza y decadencia. Quando mas podrá deducirse que hay otros errors los quales, siendo mas graves que ellos y mas en número no producen con todo semejante efecto. Y estas son dos cosas muy distintas, nada incompatibles , nada repugnantes entre sí. Porque de que cierto desórden en los fluidos ó en los sólidos del cuerpo humano no cause por exemplo la ictericia, no se infiere que otro desórden tal vez menor no pueda producirla. No producirá aquel esta enfermedad; pero vendrá de ella la ptísis: vendrá el asma: vendrá el escorbuto: vendrá la hidropesía. Es sin duda que el error no puede ser jamas el orígen de ningun verdadero bien: y yo, aunque miro á Montesquieu, muy léxos de tenerle por un soñador, como á un hombre eminentísimo , no asentiré á su opinion, como no asiento en otros muchos puntos, en quanto atribuye a algunos falsos dogmas efectos muy favorables á los pueblos que los adoptáron. Si fuéron ciertos estos efectos, y tan ventajosos en la realidad como parecen, no deben atribuirse á semejantes dogmas, sino á algunas conseqüencias verdaderas, que de ellos tal vez han deducido; porque ex falso sequitur quodvis. Yo á lo ménos soy tan torpe, que ni aun puedo concebir, como conciben otros, un vicio que no turbe la prosperidad pública, o un error que no trayga necesariamente consigo un mal mas ó menos funesto, segun el mismo sea mas ó ménos grave, y cayga sobre una materia mas ó menos importante. Pero que? ¿Es acaso la pobreza el único mal que puede afligir a la Sociedad civil. De que ella sea incompatible con la felicidad pública. ¿se sigue por ventura que todo pueblo rico será feliz? No está cardiaco este hombre ¿luego está sano? Pero está con una pleuresia, pero padece una nefritis violentísima. Como hay una riqueza, que es esencialmente necesaria para la prosperidad dé un Estado; hay otra también que es un verdadero mal, y tal vez el mayor de todos los males. Yo creo haber explicado bien claramente esta distinción en mis Discursos sobre el luxo; pero hay hombres para quienes ninguna explicacion es bastante. Todo se confunde. Oigo clamar á cada paso que persuadiendo á mi Nacion que procure enriquecerse, la insto para que admita en su seno la peste de las Repúblicas. ¿Los Phenicios dicen, los Egipcios, los Modos, los Persas, los Athenienses, los Cartaginienses, los Romanos fueron opulentos, y su opulencia fué su ruina, París y Londres son Ciudades ricas: desde que lo son no hay allí padre para hijo, ni hijo para padre, ni marido para muger, ni muger para marido, ni hermano para hermana, ni fidelidad en las compañías, ni amistad en los compañeros, ni recato en las mugeres , ni gravedad en los hombres . . . . . ¿Qué mucho? Quando las riquezas de un pueblo no están distribuidas entre los ciudadanos con una exacta proporcion á los talentos de cada uno y a la buena aplicacion que de ellos hace: quando no son el fruto únicamente del trabajo: quando un hombre puede ser y conservarse rico en el ocio y en la profusion; he hecho ver en los Discursos que he citado que no puede ménos de suceder todo esto. Entónces sí que son absolutamente incompatibles con la austeridad de las costumbres y con la prosperidad pública, que está esencialmente ligada con esta austeridad. Pues ahora: tales son, tales fueron las riquezas de esos pueblos; y por lo que toca á los Romanos, y otras Naciones de la antigüedad es bien claro el influxo que sus errores Teológicos tuvieron en este desórden. El en efecto es inevitable quando un Estado se enriquece por conquistas; y quanto haya contribuido la religion de aquellas Naciones al espíritu de dominacion que las animaba, solo, puede ocultarse á aquellos que no leyéron sus historias con otro objeto que el de llenarse la cabeza de hechos y noticias con que lucirlo en una conversacion ó en un escrito. Véase aquí pues como su errada Teología no por haberlos hecho pobres dexó de serles en gran manera perniciosa. ¿Mas debéremos por eso estar contentos con nuestra pobreza, o como otros la llaman dorada medianía, y dar gracias á la Teología y á la Moral que nos la han proporcionado? Sí sin duda: si es que no podemos dexar de ser lo que somos sin serlo que son nuestros vecinos, si no podemos enriquecernos sin viciarnos: si nuestra pobreza tiene algo de común con la que recomienda el Evangelio: si es el fruto y el camino de la virtud: si conduce en fin para la felicidad eterna y perdurable. Mas si es posible una riqueza que no traiga consigo el relaxamiento; si la pobreza recomendada por J. C. no es la pobreza pública, sino la de los particulares, que consiste principalmente en el desprendimiento afectivo de los bienes terrenos: si aquella no tiene con esta conexîon: si no puede subsistir sin la ociosidad madre fecunda de los vicios, y el mayor de todos: y si consiguientemente solo por ironia se puede decir que conduzca para la eterna bienaventuranza; ¿por qué no levantaremos el grito contra todo lo que pueda haber influido en ella ó contribuir á mantenerla? No abusemos de las palabras. Aquella dorada medianía, que tanto celebran Filósofos y Poetas, y que no conduce ménos para la felicidad general de un pueblo, que para la de cada ciudadano en particular, no es sino la medianía de las fortunas particulares. Y esta no será jamas destruida por mucho que se aumente la riqueza de Estado, una vez que el aumento sea precisamente fruto de la industria general, y que se distribuya entre rodos sus individuos con una perfeca proporcion y la parte con que cada uno contribuye á sus producciones: una vez que ninguno pueda ni enriquecerse sin trabajar ni disfrutar en el ocio el caudal adquirido sin disminuirle. Ya veo quán dificil se hará esto de concebir. ¿No es la riqueza pública el agregado de las fortunas particulares? ¿Como podrá pues aumentarse aquella sin que se engruesen éstas? ¿Cómo?Aumentándose la poblacion en la misma razon en que crezca la riqueza. Porque claro está que tanta parte cabrá a cada uno de veinte hombres entre quienes se repartan mil, como á cada uno de quarenta si en la misma proporcion se les reparte doble cantidad. Pero este acrecentamiento de la poblacion seria indefectible en donde quiera que la riqueza por ningun caso pudiese aliarse con la ociosidad. En efecto el pueblo seria allí en sumo grado laborioso: y el.trabajo es el mejor, ó mas bien el único preservativo del vicio. Por otra parte siendo la desigualdad de las fortunas de los ciudadanos pequeñísima (pues que no seria mayor que la que entre hombre y hombre, talentos y talentos pone la naturaleza por sí sola, é independientemente de las causas políticas, que la hacen tan grande entre nosotros;) nada habria que temer de parte del luxo. Si por esta palabra se entiende qualquier uso de las tosas no necearias para la conversacion de la vida y de las fuerzas; seria muy moderado: y seria ninguno, si, como quiere mi corresponsal Philopatro, se entiende solo un uso excesivo y contrario á las leyes de la naturaleza. Porque tomada en el primer sentido, es evidente que el luxo es siempre proporcional á la desigualdad de fortunas: y tomada en el segundo, será fácil demostrar que no lo es sino al exceso de esta misma desigualdad sobre la desigualdad de talentos y de aplicacion. De manera que en donde quiera que no haya semejante exceso, tampoco podrá haber ningun luxo de esta especie: esto es ningun uso excesivo ningun goce prohibido, por mas que se aumente la riqueza pública; pues yo haré ver en otro Discurso quanto se ha equivocado Montesquieu en hacerle tambien proporcional á esta riqueza. El goce pues de los placeres puros y sencillos de la naturaleza seria el objeto único de la industria y de la aplicacion del ciudadano. Reinaria por todas partes la abundancia: multiplicaríanse sin término los matrimonios: serian estos fecundísimos: y la poblacion creceria por consiguiente al mismo paso que el pueblo se fuese enriqueciendo. Y he aquí una riqueza pública con la qual subsistiria la medianía de los particulares: una riqueza de Estados compatible con la austeridad de costumbres, y no con la Moral relaxada y corrompida: una riqueza de la qual seria la virtud el fruto y el camino: una riqueza en fin muy conciliable con la pobreza que recomienda el Evangelio: y que siendo esencial para la felicidad temporal de los Estados, no conduciria poco para la eterna de los ciudadanos.
Esta es la que yo he propuesto á mi Nacion: no la de Roma; no la de Athenas, no la de Paris, no la de Londres. Esta la que infaliblemente conseguiriamos con solo que desasemos obrar libremente á la naturaleza. Nada da ella al ocioso. Ni los peces del mar, ní las aves del ayre, ni los minerales, que oculta en el seno de la tierra, ni los frutos y vivientes de que cubre su superficie propios para el servicio del hombre, los destina para él. Para él solo produce los abrojos; y sus dones preciado son siempre proporcionales al sudor y á la industria de cada uno. El mas industrioso pues, el mas trabajador seria indispensablemente el mas rico, si nosotros no arrancasemos de sus manos los bienes que ella le concede como precio justo de su afan, para llevarlos á las de aquel a cuya indolencia los niega, contrariando de un modo tan visible sus benéficas intenciones, sus sabias leyes. Pero es verdad que no somos antropófagos: y sí no nos alimentamos de sangre humana; ¿en qué manera podemos contravenir á las leyes naturales?