El Catón Compostelano: Discurso XVII

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Discurso XVII

Citation/Devise

O quam turpe viro muliebri incedere cultu,
Molliaque ovulsis reddere pilis ora!

Ouven.

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Lettre/Lettre au directeur

Señor Editor: No creá Vm. al ver este aparato con que le escribo, que intento se publiquen mis pensamientos. Jamás se me ha pasado tal cosa por la imaginacion. Sé muy á fondo, que aun quando yo fuese capaz de producir una cosa buena que le gustase á Vm., y quisiese ponerla de letras de molde, no siempre se logra este deseo con la facilidad que se piensa. Además que todo yo estoy en prensa, y es escusado que los suspiros que me hace exhalar su tortura, y que dirijo á Vm. solamente para consuelo de ambos, vuelvan otra vez á estrujarse en la Imprenta. Lo unico que pretendo es comunicar mis sentimientos con Vm. como con Amigo cordial, bastandome para darles este titulo (que no debe prodigarse á todos, especialmente á un incognito, como lo es Vm. para mi) el ser Vm. un Escritor, que no se desdeña de hacer respetuosa mencion de nuestra y de su Religion Santa: que en los tiempos presentes, en que parece se escribe mas bien para borrar tan sagradas idéas, que para radicarlas, es cosa bastante laudable. Nada mas deseo, porque conozco que aunque mis lamentos resonasen en todo el Orbe, ningun remedio tendrían los males que los originan. Ahora es quando percibo yo el fondo de aquellas quatro palabritas latinas, principio y postre del Discurso VIII. Es grande sin duda: Ya se vé: cosa de un Profeta y de un Profeta como Isaías1. Suframe Vm. un poco.

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Récit général

Oí hablar de su Discurso V. Oí ridiculizarlo. Oí mil inconvenientes, y que sé yo que mas cosas? Todo lo atribuí á la picazon que debía causar necesariamente una barba larga en nuestros delicadisimos rostros, y en esta satisfaccion tenté hacer su apologia. Huvo hombre que quiso tragarme. Procuré sosegarlo con varias razones; pero viendo que lograría mas de lo que quisiera, aunque no su convencimiento (pudiendo aplicarle lo que dijo de un sustentante tenaz en un Acto literario un salado Portugues, en frase humilde si, pero que por su oportunidad no debe callarse, es á saber: Taõ Burro é, que naõ o pudem concluir.) le dejé las navajas en su estuche.
Yo tambien me hago la barba. Y que remedio? Soy subdito, y no debo dar un paso contra la voluntad de mis superiores. Buenas lagrimas me cuesta semejante operacion, buenas gotas de sangre, sin embargo del buen temple de los instrumentos, y sobre todo la perdida de unos preciosos instantes, que es lo mas doloroso para mi, porque jamas se recobran; pero ni por esto quiero singularizarme, ni por aquello he de aumentar la turba de los predicantes de la afeminacion. Lexos de esto, siempre diré que el tal Discurso es muy sensato. No soy adulador. Detesto con toda mi alma el mas vil de los vicios; y creame Vm. que si mis idéas en esta parte fueran opuestas á las suyas, se las manifestaría ingenuamente, sin ocultar mi nombre, como lo hago ahora. Repito que su Discurso es muy sensato. Todo aquel que no le encuentre jugo, repare bien si pasó de la corteza. Añado mas..... Pero quien creerá lo que voy á decir? A quien no parecerá una de las mas estrañas paradoxas la proposicion que voy á sostener, á saber: que su Discurso V. es util á la Religion misma? Pues ello es asi, griten qnanto [sic] quieran los imberbes. Para probar lo que propongo me ceñiré á hablar solamente de los Sacerdotes, que son los que comprehende la segunda parte. Pero ante todas cosas debo decir á Vm. con la confianza de Amigo, que si yo hiciese mis reflexiones en público, no querría que me oyesen aquellos cuyos conocimientos no van mas adelante del Diverte á malo entendido á su modo; aquellos que jamás tuvieron duda en cosa alguna; que fiados en ciertos mapas que poseen, en donde tienen por dedos y por lineas las demarcaciones de lo justo y de lo injusto, de lo grave y de lo leve, surcan con la mayor seguridad el proceloso mar de la vida. ¿Que sacaría yo en limpio con hablar á estos sujetos? Aun quando les dijese yo en el asunto mil preciosidades ¿no hecharían mano á su repertorio de casos? y viendo que no hallaban (como es regular) alguno aerca de la Barba ¿no me silvarían entonces como á un loco? Y gracias, si no me llenaban de improperios, ó no me arrancaban la mia. Si en tal caso la presencia de estos tales me sería insoportable ¿quanta satisfaccion no tendría yo en insinuarme con aquellos amabilisimos Sacerdotes, que al resplandor del fuego del Santuario, que procuran mantener siempre encendido, ven las sendas que hay que pisar despues del legitimo y verdadero Diverte á malo, y con el calor sagrado que despide se sienten esforzados para abanzar por las alturas repechosas de el Fac bonum? Ah! Ellos mismos me presentarían preciosos materiales para mi obra; è yo, como era justo, les haría tomar la voz para que gritasen á todo el mundo con el Maestro, á cuyas lecciones tienen siempre atento el oído: ¿Usquequo parvuli diligitis infantiam?2y Posside sapientiam, posside prudentiam; ne obliviscaris, neque declines á verbis oris mei3, aunque sean consejos. Como tambien aquello: Est via que videtur homini justa novisima autem ejus deducunt ad mortem,4con otras mil cosas. Pero ¿á que fin detenerme tanto en la elec- [sic] de oyentes, quando Vm. solo es el que ha de formar todo mi auditorio? Para poner de manifiesto la utilidad que trahe á la Religion su Discurso V. es preciso, segun creo, que jamás perdamos de vista los sagrados è intimos deberes del Sacerdocio de J.C. no considerados con respecto á lo que nuestra Madre la Iglesia tolera por la necesidad á que la redujeron sus hijos discolos y perversos, sinó á lo que ella misma en sus mejores dias mandó, y no revocó ni revocará jamás, como que todo ello ha sido dictado por el Espíritu de sv [sic] Divino Esposo, ó lo que es lo mismo con respecto al exemplar que se nos dió en el Monte Santo. Ya conoce Vm. que segun esto un Sacerdote nada mas debe tener al frente que la gloria de Dios y el provecho de las almas; que no es del mundo, sino escogido de entre los del mundo para trabajar en la salud de todos; que es un Hombre de Dios, á quien se le encomendó el ministerio de la Divina Palabra para la ilustracion de las gentes, la dispensacion de los tremendos Ministerios Para su santificacion; en fin un hombre, cuyas palabras, cuyas acciones, cuyo porte, y hasta sus mismas omisiones han de contribuir á la extension del Reyno de Dios. Estos y muchos mas son los deberes inseparables del Sacerdocio; pero contentemonos con lo dicho, aunque poco, porque para el asunto tengo bastante; y los del repertorio con la mitad tendrían demasiado para desfilar susurrando el durus est hic sermo. No piense Vm. que me pierdo. Qui legit inttelligat. Tambien es indispensable tener presente el papel que hacen los sentidos en las mismas cosas de la Religion, lo que creo escusa probarse; pero, por lo que pueda ofrecerse, propondré los Sacramentos, los sagrados ritos y ceremonias, las sagradas Imagenes, los Sermones, la santa Leccion, el canto, &c. corno otras tantas pruebas que no fallan. No conducirá menos tampoco el que advirtamos, aunque de paso, aquella cierta proporcion que es preciso haya entre lo que vemos, y lo invisible, á donde lo visible debe conducirnos. Tenga Vm. quenta de esto. Supongamos ahora en el Altar, en el Pulpito, en el Tribunal sagrado á un Eclesiastico joven, dotado de unas facciones hermosas que avivan los pocos años, y á que dan mas elegante forma el brillo del jabon, y la accion de la nabaja. Supongamos (nada de esto es imposible, ni aun dificultoso) asistentes al Sacrificio, al Sermon, ó al Confesonario algunas de aquellas mugeres debiles ó por constitucion ó por artificio, de aquellas mugeres sin educacion, ignorantes de todo principio Religioso, abandonadas á si mismas; en fin aquellas perfectisimas copias del original que nos presenta el Santo Profeta Ezequiel5baxo la alegoria de Jerusalen. Sus ojos indomitos, acostumbrados á profanarlo todo ¿en que piensa Vm. que se claban? Dios mio! que lleguemos á tener el conocimiento fatal de estas funestas, sacrilegas, è infernales verdades, y que.....! Una imaginacion desconcertada, conmovida, y agitada con la presencia de un objeto, cuyo rostro á su parecer es igual, ó excede en atractivos al idolo ó idolos, á quienes sacrifican su pudor, que giro tomará? qual será el efecto de una tal electrizidad? Sin reflexîonar mas, bien hay que llorar aqui. Voy á otra cosa, que parecerá estraña para el asunto presente, pero es mas del caso que lo que se piensa. La falta de Cathecismo, esto es, la ninguna proporcion que hay para instruir a los Fieles en los fundamentos de nuestra creencia, asi en los Pueblos, como en los Campos, porque en estos á los mas de los dias de Fiesta está adicta una feria, que deja desiertas las Iglesias, y en aquellos es caso de menos valer oir las instrucciones de un Parroco; en una palabra, en todas partes la Misa Parroquial es una cosa por demás, mercedes a los Thalmudistas de la Ley de Gracia: esta falta que á mi entender produjo secundariamente la multitud de Altares, esta falta, repito, nunca bien sentida ni bastantemente llorada hace que los mas de los Christianos, á pesar de tantos sermones como se predican que todos suponen la instruccion que no hay, no sepan manifestar al Confesor su conciencia. Esta misma ignorancia la tienen aquellas mugeres. El Sacerdote es preciso que use de toda la destreza de un Pescador de las almas. Se vé obligado á hacer lo que dice San Agustin:6Diligens inquisitor, et subtilis investigator sapientér et quasi astuté interrogat á pœnitente, quod forsitam ignorat, vel præ verecundia velit occultare. ¿Que piensan entonces semejantes penitentes, á cuyo Confesor han visto el rostro? ¿Se persuaden que las habla J.C.? Y su corrupcion....? Non crediderunt universi habitatores orbis, quoniam ingrederetur hostis et inimicuss per portas Jerusalem...Facies Sacerdotum non erubuerunt7. El que lea atentamente los Libros Sapienciales, y observe los rasgos con que pintan el corazon depravado de una mala muger, no me tendrá por cabiloso, ni por soñador. Verá á lo menos posible el peligro, si no tiene otros motivos para creerlo cierto, y si junta todas las especies que aparecen sueltas en esta Carta, veremos lo que infiere. Pero adelantemos un poco mas. ¿Quantas veces Vm. mismo que está en medio del gran mundo fué testigo del entusiasmo con que algunas jovenes sin ser de mala nota ponderaban un rostro galan sin atender á que iba en hombros Sacerdotales? Quantas veces les oiría Vm. decir: ¡Que bello mozo es Don N.! pero que sea Eclesiastico....! Que gracioso! que lindo! ¿Podría decirse otra cosa del mas riguroso Currutaco, ó del mas exâcto Petimetre? Pues vaya el tal Don N. con todo el peso de las vestiduras sagradas al Altar, suba al Pulpito á publicar la palabra de vida eterna, sientese pro Tribunali para reconciliar al pecador con Dios, es muy de recelar que tal especie de almas vea en tan sagrados Lugares en vez del Ministro de J.C. al buen Mozo, al gracioso, y al lindo. Si la falta de gravedad, defecto casi peculiar del rostro de un joven y de un joven de barba hecha, se supliese con ella por hacer; si á la integridad de la vida, á lo magestuoso y santo del Ministerio acompañáse el exterior austero que aquella presenta, è ya que no fuese venerable por la senectud computada por el numero de años, á lo menos se encubriese la lozanía de la juventud con este velo, acaso misterioso de que el infinitamente sabio Autor de la Naturaleza nos ha provisto ¿podría haber el recelo de que algunas almas encontrasen su ruína en lo mismo que debiera promover su ereccion? Y por no perjudicar á esta pulidéz, se ha de mirar con indiferencia el perjuicio casi cierto de estas almas tan gravemente enfermas? Un remedio tan poco costoso y acaso efectivo para librar de las garras de la muerte segunda á las Esposas de J. C. que tuvieron la desgracia de prostituirse á muchos amantes ¿aun ha de excitar los clamores de aquellos Medicos que destina el Cielo para salvarlas á costa de su propia vida? Yo bien sé lo que dirían los mas á todas estas cosas, si me las oyeran. Al golpe empezarían á eructar costumbre: Consuetudo et mos vim Legis habere videntur. Improbitas hodie vim quoque Legis habet: les respondería yo con el mismo Ouven. Otros me saldrían (aun concedido el caso del peligro) con un sibi imputent, ó con un quid ad nos? Doctores apathicos è indolentes, para quienes la salud de vuestros hermanos, si os es un tanto penosa, os es sumamente despreciable, mirad á que esptíritu perteneceis. Reflexîonad bien que si J.C. pensase de igual modo acerca de todos nosotros, y nos dijera con la voz de su Justicia, sibi imputent, ó quid ad me? se huviera ahorrado los inmensos trabajos que su amor inmenso le hizo padecer, pero qual sería entonces nuestra suerte? Mirad si S. Fabio pensó como vosotros, quando se trató de comer las carnes inmoladas á los Idolos. Imitad estos exemplares, y....
Perdoneme Vm. Sr. Editor. Pensé que realmente estaba entre esta turba, y no pude contenerme. Queda por disolver la gran dificultad que ofrece la barba larga para su limpieza. Escuso decir nada acerca de ella. Otras varias hay, pues todas las cosas la tienen, pero pesense en la balanza del Santuario. Disimule Vm. mis impertinencias, y mande á su atento Servidor y Amigo – C.A. y J.

CONTINUACION DEL EDITOR.

Como Naturaleza no hace nada en vano, de aqui es que no siempre nos oponemos impunemente al curso de sus sabias operaciones. ¿Quien havrá que niegue que este pelo espeso que ha colocado en el rostro del hombre, influya en la salud de las partes esenciales inmediatas á el? ¿Se puede pensar asi, sin acusar á nuestra madre comun de inconseqüente y sin tacharla de caprichosa? Además ¿como es posible que nos expongamos á contradecir la sabiduría de sus intenciones, y á destruir los efectos de estas, sin temer incurrir en una superabundancia de males, á que el genero humano está ya demasiado sujeto? Sin embargo esto es lo que hacemos todos los dias para satisfacer á un uso muy poco natural. Si es evidente que una barba larga, por el calor igual que mantiene, procura á los cuerpos glandulosos una transpiracion suave, y atrahe á ella los humores destinados á alimentarla, nadie dejará de convenir en que cortando la barba, é impidiendo con esto la transpiracion y secrecion, los humores que deben producir una y otra, toman un curso distinto, y se hacen dañosos á las partes, en donde por fuerza tienen que circular. Un Autor profundo, que miró la Barba baxo este punto de vista, dice:

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"Es incontestable que una barba larga contribuye mucho á la salud, porque mientras atrahe á si los humores superfluos que la nutren, preserva largo tiempo los dientes de podredumbre, y da firmeza a las encias; ventaja de que regularmente carecen los que se raen con mucha freqüencia, quienes en la mayor parte padecen crueles males de dientes, que se les caen tambien temprano. En el Estío, continua el mismo Autor, la barba resguarda al rostro de los rayos del Sol; en Hivierno [sic] lo pone á cubierto de los hielos; y en fin preserva al hombre de una infinidad de males, como son la esquinercia, y otros."
Adriano Junio, Medico del Siglo XVI., y Gamiano Hervet aseguran tambien lo mismo.

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Exemple

Un Caballero Aleman, que havia mucho tiempo estaba atormentado de un cruel mal de dientes, fué aconsejado á que dejáse crecer su barba, y á esto y no á otra cosa debió su pronta salud.
Otros muchos exemplares semejantes á este citaría yo; pero para que me canso? Ni el ayre varonil y vigoroso es del buen tono, ni tampoco la salud es de moda.

1Cap. 28. v. 19.

2Prov. I. v. 22.

3Id. 4. v. 5.

4Id. 14. v. 12.

5Cap. 16.

6Lib. De vera et falsa pœnitencia.

7Jerem. Cap. 4. Thren. v. 12. et 16.