El Observador: Discurso Quarto

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Discurso Quarto

Zitat/Motto

Populorum continet œstus.

¡Cómo muda el estado de los pueblos!

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Allgemeine Erzählung

Sin saber sobre qué hablar al público esta semana, y resuelto ya á dexar mi papel para la próxima, me quedé dormido en un profundo sueño.

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Traum

Parecióme que arrebatado en un turbillon era llevado al mundo de la Luna, donde se ofrecian á mi vista objetos desconocidos á los habitantes de este globo. Diferentes sectas religiosas, costumbres diversas dividian las opiniones de los desdichados Selenitas. Quasi no habia en todo aquel vasto continente un solo país de los muchos de que se componia en que se supiesen á punto fixo los derechos y deberes respectivos del Soberano y de los súbditos, del ciudadano y del Magistrado. Mucha parte de aquel Planeta era bárbaro, y mucho estaba por descubrir. Los mas sabios de la pequeña parte que estaba oculta habia muy poco mas de cien años que sabian que la Luna era llevada por el movimiento de la tierra (ó como ellos dicen del Planeta Geos) y los primeros de sus sabios que osaron sostener esta proposicion fueron castigados como irreligiosos. Se admiraron mucho quando me vieron de que hubiese habitadores en otro mundo que el suyo, porque segun su Vedhanz el primer racional habia sido Selenita; pero se calmó la disputa con la decision dada por los Doctores de la ley de que yo no era racional. La parte civilizada estaba dividida en dos sectas, las quales pretendian seguir ambas á Theoxârco, y que sin embargo se aborrecian mutuamente. En fin todo en aquel Planeta era confusion, todo desorden. Habia no obstante un pequeño número de sabios que procuraban con sus escritos desengañar á los Selenitas de muchos de sus errores, pero regularmente los derviches, de que habia gran número, ahogaban sus voces, y les perseguian hasta perderles. Enojado de la necedad de los Selenitas, y de la picardia de sus Bonzos suspiraba por mi amado Planeta, y maldecia el mal aventurado turbillon que de él me habia sacado. Un filósofo amigo mio, porque estas eran las solas gentes con quienes yo hallaba desahogo en Selene, me prometió presentarme á su maestro, que á la sazon se hallaba preso, para que me informase de la historia de las revoluciones acaecidas en aquel Planeta. No tardó mi amigo en cumplirme su palabra. Conduxome á la prision donde estaba encerrado un venerable viejo, que conservando en los ojos todo el fuego de su juventud infundia respeto con sus canas nevadas . . . . . Siéntate, amigo mío, me dixo, siéntate, y escucha con atencion si quieres saber todas las revoluciones de este vasto emisferio.

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Utopie

La antigüedad de nuestro Planeta se pierde en la noche de los tiempos, y su historia no puede seguirse sin interrupción sino desde los mil y pocos mas años á esta parte. La historia verídica primera es la de una nacion que estaba dividida en muchas pequeñas Ciudades independientes. En unas el gobierno era democrático, en otras era mixto; ningunas tenian Monarcas. Poco poderosas por el pequeño número de hombres que contenian para llevar la guerra lexos de sus hogares, eran inexpugnables dentro de sus muros. Asparcantis, Rey de Ilsacia, país dilatadísimo, intentó llevar la guerra á estos pueblos con un exército formidable; pero fue rechazado despues de haber sufrido muchos descalabros. No obstante estas guerras fueron el germen de la pérdida de estos republicanos. Introducidas las riquezas con los despojos de los Ilsacianos se introduxo la avaricia y la ambicion, peste de las Repúblicas. De las dos principales Ciudades, Arnesia y Larcenia, la primera se hizo avara, y la segunda ambiciosa. Vinieron las dos á las manos, se hicieron mutuamente la guerra, y se arruinaron mutuamente. Nada contribuyó tanto á esto como la mala política de las Ciudades subalternas, que tenian por máxima no dexar engrandecer á ninguna de las dos rivales, arrimándose al partido de la que iba mas decaída, y humillándola de esta manera. Estas continuas guerras apuraron las fuerzas de la una y de la otra, y aniquilados los dos baluartes de esta preciosa Península, perdió toda ella su libertad y su existencia política. Cerca de esta parte de Selene, donde ahora habitas, se elevó otro vasto Imperio, que compuesto al principio de quatro chocillas que servian de guarida de ladrones, llegó con el tiempo á dominar quasi todos los paises conocidos. Sus habitantes conservaron siempre su primera ferocidad, su espíritu de latrocinio, que mudando de nombre se llamó espíritu de conquista. Se sabe muy poco de su historia durante los cinco primeros siglos, y despues solo se entrevee en su carácter un pueblo ambicioso, avariento y supersticioso, que habiendo erigido un principio indubitable la máxima de que los Dioses les habian destinado para dar leyes, y mandar como Soberanos á toda Selene, no habia barbarie ni atrocidad que no perdonasen para cumplir el decreto de los Dioses. Se derramaron á la manera de un torrente impetuoso por todos los paises conocidos, y lo sujetaron todo á su dominio. Tan implacables despues de la victoria, como fieros en la derrota misma, nada les detenia, nada les estorvaba. Si se alexaban de un país por un poco de tiempo era para volver á aquel mismo país con nuevas fuerzas. Una República rica y poderosa les hizo una guerra tan terca, que estuvo á pique de apoderarse de la Capital del Imperio, pero no permitieron hacer la paz hasta que la hubieron humillado. Pero esta República del mismo modo que Anti-Ilsacia pereció á impulsos de las contextaciones sangrientas que las riquezas excesivas hicieron nacer. Esta República perdió su libertad, y con ella la fuerza de alma que la habia hecho el terror de las Naciones. El segundo de sus amos se quexaba de que la vileza de sus súbditos era tal que no hallaba un solo hombre en todos ellos. Sin embargo es dificultoso que se halle en toda la historia un despota mas vil ni mas medroso. Cinco grandes hombres que se succedieron en el mando no pudieron volver el valor á estas almas enervadas. En vano el último de ellos intentó volverles la libertad; estos ánimos corrompidos no estaban hechos para ella. Los bárbaros comenzaron á hacer irrupciones en este dilatado Imperio, sus dueños volvieron á ser malvados y tyranos, y dentro de poquísimo tiempo perdieron muchas de sus mejores Provincias. Theoxârco, baxado, segun se cree, del Cielo, substituyó una religión universal á las locales que habian dividido hasta entonces á Selene. Los pueblos adoraban cada uno al principio su divinidad tutelar, que mandaba privativamente en las regiones á ella consagradas. Los conquistadores adoptaban el culto de las Naciones conquistadas, los vencidos el de los vencedores, y de aquí la introducción del politeismo, que era la religion universal. Los hombres se habian formado las ideas mas groseras y mas soeces de la divinidad. Theoxârco rectificó las ideas de los hombres sobre puntos tan interesantes; á la necedad extravagante de la pluralidad de Dioses substituyó el sublime pensamiento de la exîstencia de un solo Dios eterno, independiente, omnipotente, criador, inteligente, libre, bueno, y sumamente perfecto. Los hombres escucharon con espanto una doctrina tan nueva y tan grandiosa, y se preparaban á seguirla con entusiasmo, quando los Bonzos, temiendo que la nueva religion hiciese proselitos, y se disminuyese su potencia, tramaron una conjuracion que costó la vida a Theoxârco. No obstante sus discípulos sin aterrarse predicaron la nueva creencia, y la persuadieron á muchos. Las circunstancias eran favorables. Los sabios convencidos de la falsedad del politeismo habian declamado contra él abiertamente, y habian hecho vacilar á los menos ilustrados. La excesiva multitud de extrangeros que habian concurrido á Dominancia (que era la Capital del Imperio) trayendo todos opiniones diferentes á ella habia hecho que se dudase de todas. Los sabios, que despues de perdída la libertad no hallaban ningun interes en ocuparse en materias de gobierno, se daban todos á la filosofía, y abrazaban con ansia qualquiera opinion nueva. Por último los Dominantes eran por su naturaleza tolerantes, y sufrían el establecimiento de toda creencia. “Apenas hay superstición, decia uno de sus mejores historiadores, que no se establezca en esta Ciudad.” No obstante las asociaciones de los Theoxârquistas en ciertos pasages determinados, y la multitud de Dominantes que abrazaban esta creencia hicieron temer á los dueños de Dominancia funestas conseqüencias, y expidieron edictos sangrientos, ordenando la abolicion del Theoxârquismo, y la persecucion de los Theoxârquistas. La sangre corrió entonces á arroyos por todo el Imperio, y los Theoxârquistas se presentaban á montones para sufrir los tormentos mas crueles. Estas violentas persecuciones se succedieron quasi sin interrupcion hasta que se sentó sobre el Trono un Príncipe Theosârquista [sic] que hizo cesar estos horrores. Príncipe que por esta mutacion provechosa que hizo en el Imperio mereceria la veneracion de los hombres, si no hubuiese manchado su reynado con mil atrocidades inauditas, y mil delirios de toda especie. En el tiempo mismo en que su Imperio estaba apurado y sin fuerzas trasladó la silla del Imperio de Dominancia á otra Ciudad que él mismo edificó, y á la que dió su nombre. Los Dominantes miraron con horror esta novedad, y presto se hicieron insensibles á la gloria, no viendo mas aquellas imágenes que les recordaban las proezas de sus antepasados quando fueron libres. En vano transfirió á su nueva Ciudad este Príncipe el nombre del Consejo supremo, y de las principales Magistraturas; estos nombres no eran representativos de las mismas cosas. Los Dominantes sin patria, sin suelo natal se acabaron de envilecer, y se hicieron los mas afeminados y los mas cobardes de los hombres. Oprimidos por otra parte con las vexaciones mas crueles no tenian interes ninguno en defender sus dominios contra los bárbaros que los invadian. Habian descuidado toda disciplina militar, y sus armadas eran compuestas de soldados de una infinidad de Naciones, que gobernados por distintos gefes no conocian ñudo ninguno que los atase. Peleaban contra hombres endurecidos en las fatigas, que no habiendo jamas conocido las comodidades no les hacia novedad el trabajo. No es pues dificil de preveer que los Dominantes perderán poco á poco sus dominios hasta que vengan á ser esclavizados por los bárbaros. Establecidos los salvages en esta parte de Selene adoptaron la religion de Theoxârco, y comienza un nuevo orden de cosas.
Mis lectores tendrán á bien que dexe esta parte de la historia de la Luna para otra semana.