El Observador: Discurso Segundo

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Nível 1

Discurso Segundo

Citação/Lema

In comœdiis maximè claudicamus.

Quint. Inst. orat.

Perdido está nuestro teatro.

Nível 2

Narração geral

Con el motivo de los dias del Rey Ntro. Sr. el dia de S. Carlos estuvo iluminado el Coliseo de los Caños del Peral, y varios chisperos chorizos y polacos fueron á ver la iluminacion. Media docena de ellos tomaron voletin para la primera fila de tertulia, y se subieron á sentar juntos. Por desgracia me tocó la china de sentarme junto á ellos, que fue lo mismo que si me hubiera sentado junto á una legion de . . . . . Despues de la rechifla que estos señores acostumbran hacer á todo miserable que lleva la cabeza enharinada, correspondieron con una risita chocarrera á la salutacion que yo les hice. A poco tiempo levantaron el telon, empezó la opera, y todo quedó en silencio. Yo saqué mi anteojo de teatro, y me puse á mirar en la confianza de que los señores chisperos no me causarian otra incomodidad que la de hacerme oler un olorazo de vino de Valde-Peñas, que exhalaban por boca y narices. Presto me desengañé de mi error. Antes de que se acabase la primera escena empezaron un murmullo sordo, que quando empezó á cantar la Oltrabelli se habia ya convertido en una griteria descompasada. Supliquéles que callasen, y que escuchasen con atencion á esta inimitable Actora, cuya rara habilidad hacia que gustase una pieza tan insulsa, y tan mala á todas luces, como la de la Ballerina amante. Callaron por un rato, pero no bien se habia acabado aquella escena quando rompieron el silencio señalándome, mirándose unos á otros, y soltando una carcaxada insultante. Comenzaron después una conversacion tirada, que no finalizaron hasta concluida la pieza, y en cuyo contexto mezclaron varios mentires, porvidas, y otras palabras menos decorosas. En vano les representaba que aquel no era lugar de disputas, que yo habia ido allí á oir la música, y que me impedian y mortificaban con sus voces. Viendo que no habia otro remedio, guardé mi anteojo, volví las espaldas al teatro, y tomé parte en la conversacion. Daré cuenta de lo que me acuerde de ella al público, porque se trataron en ella asuntos interesantes.

Nível 3

Diálogo

¿Qué le parece á Vmd. señor usia, de estos Monsiures (dixo uno que tenia trazas de herrero) que con quatro mamarrachadas se vienen aquí á sacarnos los quartos? Yo aseguro que si yo fuera Rey, que no habian de venir á llevarse el dinero de España: el primero que me pasase los Pirineos le habia de poner fuego. Varisto, (interrumpió un zapatero remendon) no hagas caso de esas cosas, que á nosotros no nos han de dar ningun gobierno que mandar . . . . . Pues yo aseguro (dixo el herrero) que aunque soy lego mas derechas habian de andar las cosas . . . . . Sí; tú: justicia seca, y caiga el que caiga; replicó el remendón. ¿Pero no podré yo saber, dixe yo, por qué es ese odio contra los pobres extrangeros, y particularmente contra estos desdichados operistas, que no les han hecho á Vmds. mal ninguno? – Ha de saber Vmd. señor mi amo (interrumpió el herrero, que á la cuenta era el mas docto, porque fue él solo quien siguió la conversación) que nosotros somos apasionados – ¿Y qué es por su vida lo que significa esa palabra? ¿quiero [sic] Vmd. decir que está enamorado, ó qué es lo que Vmd. quiere dar á entender con decir que es apasionado? – Vaya, vaya, me parece que es Vmd. muy rocin. Agradecíle el cumplimiento, y le insté á que me dixese lo que significaba aquella palabra de apasionados. Apasionado quiere decir que le gustan á uno las cómicas y los cómicos, y los que les gusta la tirana se llaman chorizos, y los de la otra compañía polacos . . . . . ¿Pero y qué tiene que ver eso con el honor y aversion que Vmd. manifiesta á los pobres operistas? – Probes; mas probe es el diablo, que no ve la cara de Dios . . . . . Muchacho, Varisto, dexa á ese usia, (dixo el remendon alargándole la bota) que tambien parece medio Franchute, y echate ese trago á la salud de Garrido.
Un Teniente Coronel que estaba detras de mí en la segunda fila me hizo señas que les dexase, y me subiese á sentar á su lado. Así lo hice, y me puse á hablar con él, porque con la bulla de los señores chisperos no se oía una palabra de la opera en toda la tertulia.

Nível 3

Diálogo

Comencé á lamentar la falta de buenas piezas teatrales Españolas, el poco gusto de nuestros expectadores, la mucha influencia de los chisperos en el teatro, la ninguna educacion de nuestros cómicos, y las preocupaciones que se oponian á la mejora de nuestras comedias . . . . . El teatro, decía yo, que deberia ser la escuela de las costumbres de la Nacion, es en España la escuela de la supersticion, del engaño, y de todos los vicios. ¿Qué idea se formará de la virtud y del honor el espectador que vea en las comedias de Calderon propuestas como modelos á unas mugercillas, que violadas las leyes del recato, introducen y esconden hombres en su casa, engañan á sus padres, y rompen los ñudos mas sagrados que nos unen á la sociedad? ¿Qué idea se formará del amor quien vea consagrado á la mas dulce de las pasiones un lenguage inteligible, lleno de conceptos pueriles, y de equivoquillos y juguetes de palabras ridículas? ¿Cómo ha de agradar la relación de la vida es sueño, si apenas se puede comprender una sola palabra de todas las que amontonó allí sin ton ni son su celebrado é ignorante Autor – Amigo mio, Vmd. pierde el tiempo en demostrar la miseria de nuestras piezas de teatro, sería cosa ridícula en el año de mil setecientos ochenta y siete pararse á reprobar cosas que nadie aprueba, ó á impugnar cosas que nadie defiende – ¡Ah Señor militar! le dixe yo, quán poco ha observado Vmd. los gustos de la gente de esta Corte – Yo, señor mio, me replicó él, hace veinte años que falto de España, y no ha mas que tres dias que llegué á la Corte, pero si he de dar crédito al Señor Abate Denina, y á los Señores Cavanilles, Lampillas &c. &c. la literatura de la España está ahora en su siglo de oro – Tenga Vmd. ahí ese libro de comedias nuevas que se han representado por la primera vez el verano próximo, y advierta que fueron recibidas con tanta aceptacion, que la primera se representó un mes, y las otras dos poco menos. Dixe;
y le alargué las comedias de Carlos XII. primera, segunda y tercera parte, quedando citados para el dia siguiente en el mismo sitio. Antes de las seis de la tarde se estaba mi hombre paseando por la plazuela de los Caños del Peral, y á las seis y media (que sería la hora á que yo llegué al Corral) le hallé dando grandes patadas, y lanzando á guisa de furioso descomunales gritos.

Nível 3

Diálogo

¿Estamos, decia, entre Cafres, ó entre Europeos? Aun entre los salvages hay ignorancia, pero el gusto no está tan corrompido como entre nosotros. ¿Y hay hombres tan ignorantes ó tan aduladores que se atrevan á hacer apologias de la literatura Española? Vaya que esto no se puede aguantar. Cómo ¡y es posible que estas comedias se hayan representado en una Corte, y á fines del siglo diez y ocho! y que una de ellas se haya representado un mes seguido! – Reportese Vmd. le dixe yo, y crea que aunque los Españoles estamos sumamente atrasados en materias literarias, no tanto como da á entender ese papelon. En Madrid la mayor influencia en el teatro la tienen esta canalla de chisperos, que por otro nombre (como Vmd. oyó ayer) apasionados. Pero ¿por qué no se procura disminuir esa dañosísima influencia? . . . . . La razon de ello es bien sencilla; es porque se ha creído que el ir á la comedia era un pecado mortal; por consiguiente se ha mirado siempre con suma indiferencia esta diversion, y se la ha permitido sin concederla proteccion ninguna, y solo como un medio para evitar mayores males. Por otra parte yo creo mas dificil de lo que parece á primera vista el remediar nuestros teatros; porque . . . . . Interrumpióme vivamente diciendo ¿y dificil? ¡Jesus qué disparate! Yo le haré á Vmd. ver, si me escucha con alguna atencion, quán facil es de executarse la reforma. ¿Sería Vmd. señor Caballero, prosiguió sonriéndose, de aquellos que juzgan imposible todo lo que no han visto hacer? El primer paso que se deberia dar sería aniquilar la influencia de los mosqueteros. Como qualquiera está en derecho de usar y abusar de lo suyo, siempre que no vulnere el derecho de otro hombre, sería un medio iniquo prohibir á ninguna clase de hombres, por de ínfima condicion que fuese el ir á la comedia. Pero se podria remediar á este inconveniente subiendo el precio de todos los asientos á tal punto, que las gentes de la ínfima plebe no pudiesen pagarles – Pero entonces no se podrian mantener los Actores – Bien creo yo, replicó, que al principio el Erario tendria que sacrificar algunas sumas de dinero para la reforma del teatro, pero ademas de que podria reembolsarse quando la gente hubiese tomado gusto, creo que este dinero era harto mas útil que el que se gasta en hacer las fuentes del Prado. Lo segundo es necesario dar suma libertad á los espectadores, para aplaudir, silvar, palmear, y desechar las piezas – Bueno, bueno, bueno, nuevo desvarío. Con que ve Vmd. que aun estando siempre los alguacilillos alerta, apenas nos dexan los espectadores oir una palabra, ¿qué sería si tuviesen plena libertad? – Vmd. ha olvidado, señor mio, que hemos desterrado á los chisperos de nuestro teatro ideal. ¿Esas bullas indecentes, esas carcaxadas sueltas quiénes otros las dan que los mosqueteros? – Pero, señor militar, si los Señores de la Luneta suelen tambien aplaudir á las mismas necedades que el apasionado mas salvage – No sucedería entonces lo mismo. Un Caballero de la Luneta suele ser el cortejo de una cómica, y aplaude sin vergüenza á lo que el Patio y las Gradas alaban. Pero no se atrevería á hacer lo mismo si viese que á nadie habia gustado la execucion de su cortejo; aunque no fuese mas que por el miedo de incurrir en la nota de hombre sin gusto – Pero, señor, ¿á qué esa plena libertad? – ¿A qué? á que el público sea el solo juez de las piezas y de los Actores, á que la Nacion se ilustre, y se forme una poesia que sea propia de ella. Finalmente es necesario que el exercicio de cómicos no sea un exercicio deshonroso. La comedia debe ser la doctrina de las virtudes de los ciudadanos particulares, y la tragedia la de las virtudes heroycas, y es cosa harto ridícula que nuestros maestros de moral sean para nosotros unos hombres despreciables é infames. No basta que la ley declare un exercicio honroso para que él sea tal; el honor consiste en la opinion, y las leyes no tienen poder sobre nuestra creencia. El medio es proteger los espectáculos, es apartar de ellos esta manada de mosqueteros, es dexar suma libertad á los espectadores, y entonces quando sean los cómicos y las comedias lo que deben ser, es el tiempo de abolir la ley . . . . . Pero qual honor podrian tener los hombres expuestos á ser silvados á cada paso por el público – El mismo, replicó el militar, que un Autor que da sus obras á luz, y que se expone á ser alabado ó censurado. El mismo que un juez que da una sentencia, cuya justicia ó injusticia debe ser patente á los ojos de todo un pueblo. No es el oficio de juez el que deshonra, sino la sentencia injustamente pronunciada. No es el oficio de escritor, sino las lisonjas, y las mentiras de mala fe de que se llenan los escritos. Del mismo modo no sería el oficio de cómico el que deshonrase, sino las bufonadas intempestivas, las chuladas chocarreras . . . . .
 En esto se levantó el telon, principió la opera, y mi hombre no volvió á hablar una palabra. Yo creo firmemente que este hombre era un delirante, sin embargo he querido dar cuenta de sus ideas al público, parr [sic] que vea que hay tambien delirios bien coordinados.