Cita bibliográfica: Joseph Álvarez y Valladares [José Clavijo y Faxardo] (Ed.): "Pensamiento LV", en: El Pensador, Vol.5\055 (1767), pp. 35-49, editado en: Ertler, Klaus-Dieter (Ed.): Los "Spectators" en el contexto internacional. Edición digital, Graz 2011- . hdl.handle.net/11471/513.20.652 [consultado el: ].


Nivel 1►

Pensamiento LV

Nivel 2► Carta/Carta al director► Señor Pensador.

Compadezco à V.md. en la dura, y penosa obligacion, que se ha impuesto, de divertir à un Público, que no se lo ha de agradecer, y que ni aun sabrá graduar el merito de su trabajo; y sin embargo, à no haver tenido otro mas considerable motivo, no huviera tomado la pluma para escribir à V.md. esta Carta, que le suplíco lea con atencion.

He reflexionado, que segun anda V.md. tecleando asuntos, y segun se puede colegir de algunas expresiones entretejidas en los Discursos precedentes, nos encontrarémos el dia menos pensado con [36] algun Discurso, en que veamos pintadas las ridiculeces de nuestros Petimetres de profesion, y esto quisiera yo evitar, porque tratando V.md. de corregir necedades, y disparates, no parecerá bien, que haga una de tal tamaño, como sería la de que le mereciesen estos vichos hacer mencion de ellos. Nivel 3► Exemplum► He oído leer en Plutarco uno de estos dias, que hallandose Catón de Utica encerrado en la Ciudad de este nombre con cortisimo numero de gentes, y avisandole, que Cesar venia à ponerle sitio, exclamó con cierta especie de vanagloria: En fin, nos buscan como à hombres. ◀Exemplum ◀Nivel 3 Esto mismo dirian los Petimetres, si se les hiciese el favor de sacar à plaza sus frivolos adornos, y sus afectadas necedades, que solo merecen la compasion de los hombres, y el desprecio, que nosotras las mugeres hacemos de es-[37]tos farsantes, y de sus estravagantes atavíos.

Nivel 3► Retrato ajeno► Supongamos, que no haciendo caso de este aviso, quisiese V.md. atacar à estos señores Petimetres: al instante le ocurriria una dificultad de no facil solucion sobre la clase à que corresponden; porque entiendo, que V.md. solo trata de tonterías de hombres, y mugeres, y à qualquiera de estos sexos, que V.md. los agregase, podia cometer una grande injusticia. Si al de las mugeres, ninguna de nosotras lo tendría à bien, porque à fuerza de afanarse en imitarnos, nos han excedido en dengues, delicadeza, y monerías, y no querriamos en nuestro gremio una casta de avechuchos, que fuesen mas monos, y mas melindrosos que las mugeres mismas. Si los agrega V.md. à la clase de los hom-[38]bres, hará à estos un notorio agravio, con apropriarles unos entes tan poco dignos de este nombre, sin seso, sin vigor, y sin talento; tan afeminados, y que han llegado à equivocarse tanto con las mugeres, que para serlo en la realidad no les falta mas que parir. De modo, que en ninguno de los dos sexos pueden tener cabida, y solo la lograrán, si trata V.md. de necedades de muñecos, ò titeres.

Pero quando nada de esto baste para detener à V.md. en su intento, ¿quál puede ser el objeto, que lo mueva à esta inutil labor? Nuestras acciones, nuestras palabras, y escritos, es fuerza que se dirijan à algun fin razonable. De otro modo nos degradariamos de nuestro sér. ¿Se figura V.md. poder corregir à los Petimetres, poniendoles à la vista su puerilidad, [39] y ridiculéz? Se engaña V.md. si tal imagina.

¿Qué fuerza le hará à un Petimetre, que V.md. ridiculice estos sombreritos de escaparate, proprios solamente para guardados en una urna, que ni pueden defender del Sol, ni de las lluvias, segun han llegado à cercenarlos, adornados con un plumage, un cintillo (puesto en la cima de la copa, para manifestar la riqueza, y magnificencia de medio adarme de plata) rematado en borla, que cae sobre boton, y presilla de lo mismo? Ninguna, y en parte tendrán razon. Dirán, que si huviera havido un Pensador como V.md. en tiempos pasados, quando los sombreros de los Petimetres se parecian à las becas de los Colegiales, que son mas estimables quanto mas rotas, y quando el sombrero de un Petime-[40]tre á la rigueur apenas tenia un pico apolillado, y carcomido, lo huviera censurado igualmente; y que asi, poco caso hay que hacer de su critica.

Hará V.md. mencion de estos peynados de un gusto exquisito, en que se consume por lo menos la quarta parte del dia: en que deben estár perfectamente hermanadas la simetría, y la novedad; y en que un hombre con barbas empléa todo aquel tiempo en vér copiada su hermosura en un espejo, en indagar del Peluquero las novedades del dia, en cuidar de que un cabello no tenga la osadía de salir de su puesto; y en observar la dosis, y calidad de polvos, que corresponde à su color. Es verdad, que todo este exceso de aliño es tan vituperable en un hombre, como insensatéz persuadirse à que crece la [41] hermosura de este adorno à proporcion, que se aleja del natural. Pero de poco, ò nada servirán estas, y otras reflexiones, que pudieran hacerse sobre el asunto. Responderán, que es preciso ir decentes, y que el oponerse à esto es rusticidad; y creerán haver satisfecho: porque debe V.md. saber, que en estos tiempos, no solo se entiende por decencia aquel adorno, que corresponde à cada uno, segun su estado, edad, condicion, y sexo, sino que à quantos caprichos, y extravagancias se inventan, y practícan, se dá nombre de decencia; y à la sombra de este honesto nombre se quiere que corran, y se aprueben quantas locuras imaginan los ociosos.

Las corbatas se usaron tan largas en tiempos de nuestros padres, y abuelos, que dieron motivo à [42] aquella famosa corbata, con que Arlequin quiso ridiculizarlas. Mudaronse los tiempos: cercenaronse las corbatas: vinieron luego corbatines de varios tamaños, y hechuras: llegaron estos à cansar; y hoy usan los Petimetres de ley unas corbatitas pequeñas, guarnecidas de blondas, ò encajes. Esta es otra decencia. Mañana las usarán largas hasta la rodilla, y será decencia mayor.

Empieza un Petimetre, para adquirir este honradisimo carácter, por traher dos reloges, y en ellos una tienda entera de dijes. Alli hay Almanaques, regaderas, faroles, bellotas, violines, harpas, libros de memoria, ganchos, llaves, guitarras, corazones, sellos, clarines, jaulas, tambores, peces, y otra caterva de baratijas, que sería dificil reducir à numero. Sobre todo, [43] hay unas ciertas campanillas, que son un encanto. En algunos parages suelen poner campanillas al ganado bacuno, y aun à los camellos; aqui ponen campanillas à las burras de leche (naturalmente por decencia), y cascabeles à las mulas de colleras, para que no se duerman. ¿Esto es querer confundir à los Petimetres con estos brutos? No por cierto. Es un poco de erudicion, y nada mas.

Vea V.md., que solo sobre este asunto de dos reloges: (que con uno parece bastaba) sobre los borlones, que forman los dijes, los quales por bajo de una chupita sumamente corta, ò, por mejor decir, chupetin, ván convidando con su bulto, y ruido à quantos pasan para que los miren, y particularmente sobre las campanillas, se pudiera escribir sin mucho afán un [44] par de tomos. Pero no cayga V.md. jamás en tal tentacion. Esto, que parece tontería, no lo es tanto como acaso se figura V.md. Es un ramo de comercio para los Mercaderes; pero mucho mas para damas, y galanes. Apenas hay dije, que no encierre su mysterio; pero para entenderlos es preciso estár iniciado en ellos. A V.md. que acaso no lo está, le parecerá, que el ruído de una campanilla tan pequeña se pierde, y, como decimos vulgarmente, se lo lleva el ayre: pues está V.md. muy engañado. Hay personas, que distinguen mejor el sonido de una de estas campanillas, que el de todas las campanas de su Parroquia, tocadas à vuelo. V.md. que no está instruído, no verá en los dijes, que penden de los reloges, otra cosa, que un cumulo mayor, ò menor de ba-[45]gatelas, mas aproposito para entretenimiento, y diversion de un niño de pecho, ó para robar la atencion de los muchachos en tiempo de ferias, que para adorno de un hombre de razon; pero otros tienen la vista mas perspicáz, y una regadera, un sello, una llave, un gancho, una jaula, &c. en que V.md. no vé, sino solo las cosas, que estos terminos significan, hacen vér à aquellos un país muy dilatado, y tal vez la historia de todos los sucesos memorables de un Petimetre.

Si sobre algun asunto podia, y debia V.md. escribir, sería sobre un error, en que generalmente incurren los Petimetres. Han llegado à imaginar los que se hallan tocados de este contagio, que para ser queridos de las damas (que este es el objeto, y no otro), necesitan de todas estas monerías, y puerilidades; [46] y deben de haver creído, que en los rizos, los dijes, la manga del vestido muy estrecha, el zapato muy ajustado, y las hevillas de éstos en conversacion una con otra, hay alguna virtud simpatica, à cuya actividad no pueden resistirse nuestros corazones. De este error debia V.md. sacarlos, haciendoles vér, que esta afectacion de adornos, lejos de hacerlos estimables, los hace ridiculos: que para ganar la voluntad de las damas se necesita modestia, discrecion, agrado, sumision, y respeto; pero no vestidos de theatro: y que, si alguno con ellos ha merecido estimacion, lo ha debido à sus calidades personales, que tal vez él mismo no ha conocido, y no à las extravagancias, que le havrán costado tanto afán.

Por conclusion diré à V.md. que los Petimetres, que hasta ahora te-[47]nemos, son en substancia unos embriones, ò Petimetres à medio hacer, y por lo mismo no me parece justo emplee V.md. en ellos su censura, pudiendo guardarla para quando se hayan perfeccionado, y añadido à la ridiculéz del trage el descaro, la insolencia, la distraccion, inquietud, y la jactancia de los verdaderos Petimetres, pues los del dia son unos pobres tontos, que se moririan de verguenza, si conociesen lo que les falta para llegar à la perfeccion. ◀Retrato ajeno ◀Nivel 3

En fin, si la intercesion de una dama, à quien V.md. no conoce, pero que se interesa en su bien, tiene algun valor, deje V.md. à lo menos por ahora, à los Petimetres. Harta desdicha tienen en serlo, ò quererlo ser, y en estár copiando, è imitando eternamente los gestos, las acciones, las palabras, y hasta el [48] modo de andar, y de escupir de los que han tomado por modelos. Deje V.md. que prosigan en su manía estos entes, que son nuestra diversion, y cuya falta no solo nos tendria tristes, y melancólicas, sino que haria mucho daño al Estado en la extraccion del dinero, que pagariamos por hacer venir monos da Cabo-Verde, y otros parages para nuestro recreo, si faltasen Petimetres. Y en fin, si el intento de V.md. havia de ser ridiculizarlos, y acaso encuentra, que esto sea forzoso, dejemos este cuidado, y fie en que lo desempeñarémos mas allá de lo que puede imaginar. Yá sabe V.md. quál ponemos à qualquiera à quien tomamos por nuestra cuenta: que para ridiculizar tenemos un talento extraordinario, y que no nos duelen prendas. Censure V.md. pues, todo lo demás que [49] quiera, y abandonemos solamente este asunto (que no es demasiado pedir); pues de justicia nos toca dár su merecido à los que nos quieren disputar en punto de gracias, è invenciones. Estos majaderos se martyrizan por agradarnos, y hasta aqui nos han merecido mucha burla; pero nada mas. Desde hoy será otra cosa. Ahora mismo voy à vér à ciertas amigas zumbonas, y malignas, y nos pondrémos de acuerdo para lo que hemos de hacer. Yo aseguro à V.md. que las campanillas, los peynados exquisitos, los duplicados reloges, &c. de los Petimetres . . . . . Pero basta. Tenga V.md. cuidado, que el tiempo dirá lo que yo callo. Dios guarde à V.md. muchos años. ◀Carta/Carta al director ◀Nivel 2 ◀Nivel 1