El Argonauta Español: Número 6

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N. 6

Citazione/Motto

Ridiculum acri dulcius.

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XI.

Vegez.
¡Ah, Sr. Argonauta!

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Bien se conoce que Vm. corre precipitado para el estado triste de la vegez. No puede ocultarse que Vm. ya tirará à ponerse en salvo antes y con antes de llegar à ella, por si acaso lo viene à conseguir. Dice el Argonauta, que ya su expedicion vá à rayar con los 45 años, que ya se vá desplomando à los años temibles para los indiscretos, y apreciables de los sensatos, de los sábios, y de los que antes han vivido bien. A la verdad, es en el dia temible la senectud. Es un dolor, una miseria suma es el poco aprecio que se hace de los ancianos. ¡Oh tiempos aquellos en que se apreciaba, respetaba y reverenciaba! el irrespeto presente le obliga à escribir este discurso. Dice que en sus navegaciones no ha experimentado mas que irreverencias à tan sagrada edad. Quatro causas señala Ciceron que constituyen amarga la vegez. Es verdad, en su tiempo no pasaban de quatro; pero ya se añadió otra más. La primera, dice, porque se ven separados de los negocios: la segunda, porque el cuerpo está débil: la tercera, porque están privados de los deleites, y la quarta, porque están ya cercanos à la muerte. ¿Y la quinta? Se le conmueve el alma al Br. solo de nombrarla. Es la novisima de este siglo el poco respeto, veneracion, aprecio y atencion con que los mira la juventud. ¡Ah, Ciceron, si te levantase de esas cenizas, si vieses la disolucion actual, quánto no declamarías! ¡Ya llegó, dirías, el último grado de corrupcion! ¡Ya vino al mundo la enfermedad mas pestilente y mas sensible de los miserables ancianos! ¡Oh desdicha de la miseria humana! ¿No caminamos todos por el mismo estado? Con tiento, Sr. Br., que son pocos los que llegarán à ella y esto nos lo enseña nuestra madre y segunda experiencia. ¿Ya se le olvidó aquello de ridiculum? De espacio, cuidado en cumplir lo ofrecido. Esa seriedad, gravedad y majestad no nos acomoda: bien lo sabe Vm. vamos mudando de tono. Tiene Vm. razon, dice muy bien: amargan las verdades, pero no puede desentenderse de ellas el Sr. Graduado.
Es cierto que podian servir de mucho consuelo à los ancianos de aquellos tiempos aquellos versos que cita Ciceron del Poeta Enio:

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Decid, ¿cómo tan presto gloria tanta
Vuestra noble República ha perdido?
Porque la gobernaban neciamente
Oradores muy tiernos y sin juicio.
Plantan los viejos árboles, que el fruto
Darán para otro siglo venidero.

Mas para los actuales no hay consuelo, como lo dá à entender en los siguientes:

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Si otro daño, vegez, quando te acercas
No traxeres contigo, esto bastaba,
Que larga vida vé lo que no quiere.
Nada hay en la vegez mas miserable
Que el saber que uno es enfadoso à todos.

¿Cómo puede dexar de ser sobre manera sensible el verse abandonados, y el objeto del desprecio, y lo que es mucho peor, el blanco de la mofa, con la mayor sinvergüenza y descaro? ¡Oh, era exêcrable y abominable! ¡Ah juventud libertina y abandonada! Solo la experiencia podía evidenciar un delito en todos los siglos inesperable. Es tal el extremo à que ha llegado tal infamia que hasta los mismos Padres son el blanco del escarnio, irrision y burla de sus propios hijos. ¿Quién podrá sin lágrimas ver tan terrible disolucion? Mirar el espantoso término à que ha llegado la irreverencia y poco respeto à los mayores, à los mismos Padres. No es creible que llegasen à tal punto los antidiluvianos. Sr. Br. mire lo que hace: por nuestra vida que si no se enmienda, que nadie compra el Periódico, por mas Argonauta que sea ni que pueda ser. Vaya que nos ha engañado de medio en medio. Quando todos celebrabamos la expedicion, y nos reiamos à carcajadas, ¿ahora nos viene à hacer llorar? !Ah Señor Público! Es imposible mezclar las veras con las chanzas. Ya Vm. vé que semejante desgracia no puede ni debe llorarse sino con lágrimas de sangre. ¿Si no se venera, respeta y reverencia à los ancianos, cómo podrá honrarse à Dios? Si menospreciamos à nuestros mismos Padres, Abuelos, à nuestros mayores, ¿cómo nos ha de atender aquel Señor que con tanto encargo nos manda lo contrario? ¿Quién sabe si dimanan de este orígen todas nuestras desdichas è infelicidades?; Quién duda que de aí viene el caos de miserias en que nos hallamos sumergidos? No cometen igual delito las naciones mas bárbaras. Los mas incivilizados nos dán no corto exemplo; pues no solo los miran con todo respeto y veneracion, sino que no emprenden hecho sin tomar antes consejo de sus ancianos. Dígalo aquel suceso que con tanta hermosura y belleza nos pinta Arcila de aquel decrépito Colocólo; y díganlo tantos como nos refiere la historia. Diríjase la vista à nuestros venerables progenitores, y se verá quan diverso exemplo nos han dejado. Separemos de una vez de nosotros el siempre glorioso nombre de Españoles. En todas épocas fuimos en esta parte las antorchas de las demás naciones; mas ahora ya hemos degenerado tan ilustre raza. Ni católicos podemos justamente titularnos, á pesar de ser el timbre que jamás se nos ha podido disputar . . . . . Alto, Sr. Argonauta: ya esto toca á nuestro honor. ¿Qué se entiende por borrar el nombre de Españoles el timbre de católicos, Esto es ya salir del tiesto. Ya pasa de electrizarse. Nada menos que consentir que nos quiera deshonrar hasta borrándonos el nombre . . . . . No hay medio, ò respetar à los mayores, como han hecho los verdaderos Españoles, los Católicos finos, ò sufrir la pena merecida.
Jóvenes del siglo, deponed tan insolente libertad: tened siempre presente que Dios manda que presteis una ciega obediencia, veneracion y respeto à vuestros mayores. Mirad que les debeis el sér, y que la Patria les está obligada por sus servicios. Ellos os han defendido con su sangre, y demás desvelos. Solo de este modo podreis ser felices, sólo con este exemplo enseñareis à vuestros hijos, y os libertareis del más sensible mal que en el dia experimenta la vegez, à que debeis pensar llegar. Serían necesarios muchos volúmenes para daros una ligera idea de las pésimas resultas del irrespeto, y asi, mudar de sistema. Mirar con la mas profunda reverencia à los ancianos: asi lo manda Dios, y à todos resultan indecibles beneficios.

XII.

A las señoras.
Creerían Vms. ya, Señoras mias, que se pasaban en blanco por esta vez: pues se engañaron mitad por mitad, por no decir por entero, mas que se componga de dos mitades. El Br. no se halla sin Vms. y por esta causa piensa dar de Vms. una puntada en todos los papeles, y cuando no sea en recto será en obliqüo, términos que solo entienden los Médicos que hubieren estudiado la Filosofía que dicen enseñó Aristóteles. Con esto ya saben que en todos tendrán parte, bien entendido que en unos se repartirá miel, y en otros hiel. Este no sé à qué sabrá, si à mielcocha ò à vinagre. Lo cierto es, que si las verdades amargan, estamos peor que mal, porque aborrece toda mentira, lisonia, adulacion, y todo quanto huele à contemplacion. Ni quiere imitar à los Poetas, ni à algunos Apologistas, Historiadores, Novelistas ò Noveleros, por decirlo de una vez, sospechoso hasta de las demostraciones Matemáticas, no ofrece seguir à otro que al Evangelio por lo que toca à verdad; y hace mil veces bien, porque en el dia anda tan escasa como la Púrpura de los antiguos. Esto supuesto, dice que una noche dió en cavilar con Vms. y que se le calentó por demás la mollera. ¿Para qué? Para hacer un paralelo entre las Señoras Europeas y las de las otras partes del mundo, que son tres, y se cree que con el tiempo serán mas, segun piensan algunos, que à fe mia se fundan. Ahorita empieza el Br. à sentir no sé qué respetillos, temores, y otras cositas; porque se le vienen ciertas cosas, que le parece me las ha de disgustar. Santiago, à ellas.

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Es cierto que las Asiaticas, quiere decir, las de aquella parte del mundo que llaman Asia, son mucho mas infelices que todo el resto de mugeres que vive sobre la faz de la tierra. Las mas viven encerradas contra su voluntad desde sus primeros años, y subordinadas al gusto y voluntad de un hombre solo, no por un año solo ni por dos, sino por toda su vida, que por lo regular no es corta. ¿Podrá compararse la libertad de las Españolas con el estado de aquellas infelices? ¿Se quejará con justicia la niña mas recogida gratis ò por fuerza en la casa de sus Padres? ¿La casada mas guardada, y la viuda que piense como debe imitar à las del siglo pasado?
Las Africanas padecen poco menos, aunque con alguna mas libertad. Veinte y cinco ò treinta están sometidas al gusto de un hombre, de un solo marido, el mismo que arma quando quiere una causa de repudio contra la que se le antoja y consigue enagenarse de ella con mucha facilidad Señoras Españolas, ¿se parece esto à la felicidad de Vms.? Pues cuidado que es mas que notable la diferencia. La noche con el dia, la luz con las tinieblas son los extremos, los polos que miro entre Vms. y aquellas desdichadas.
De las Americanas, ¿que mayor desgracia puede decirse que ser unas esclavas de sus maridos, obligadas à trabajar todo el dia, à cargar con sus hijos y trastos de su uso, y para decirlo de un golpe, à los trabajos que en todas las demás partes solo hacen los hombres? Es tanta la desdicha de estas infelices, que sienten en extremo parir hembras, y ha llegado el caso de sufocarlas las madres mismas al nacer, por liberarlas de las miserias que en aquellos paises sufre su sexô. Ha visto el Br. embriagarse los maridos en términos de quedar en un profundo letargo, y cargar con ellos à hombros sus mugeres para llevarlos à sus habitaciones. Ea, Señoras mias Españolas, ¿es este el trato que experimentan de sus maridos? Aunque lo dixeran con toda la boca y aun con la mitad mas, nadie lo creería, porque no puede negarse lo que está à la vista, por mas que hayan tomado Vms. ese privilegio. Vms. salen y entran, visten y calzan, tal vez no à gusto de los maridos, y à la verdad, los mas quedan rabiando; y además de esto hacen lo que les dá la regalada gana, sin que las contengan las obligaciones à que están constituidas, ni su mismo hon . . . . . 
¿Qué iría à decir el demonio del Br.? La misma verdad, lo propio que probará por activa y pasiva, directa è indirectamente, y al derecho y al revez. Miren el retrato de aquellas infelices, y vean que debian dar incesantes gracias à la Providencia por haber nacido en Paises Cristianos, y donde las adoran y las aman mas que lo que se mer . . . . . Parece que el Argonauta tiene aquello que se llama miedo. No, sino que está oyendo à algunas que sufren mas que los Católicos en el Japon, y que las de las otras tres partes del mundo, pero con estas no habla. Dice que lo que sea justo lo ha de confesar, y que no toca à muchas que siempre están mirando el semblante de sus maridos, para ver en que les complacen, y que jamás se deslizan en la mas leve libertad. Solo su tiro se dirige à aquellas, por cierto, que componen la mayor parte, que lexos de cuidar de complacer á sus esposos, les dán mas tragos de amargura que momentos tiene el dia: à estas pretende llevar á la consideracion de los trabajos y triste situacion de las restantes del mundo, para que se enmienden, para que se muestren reconocidas à Dios, y à los hombres que tanto las aman, adoran, y las procuran complacer.

XII.

Antigüedad y lustre del arte de zapatero.
Señores Zapateros:

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Para que Vms. no se reputen por mas ni menos que los demás Artesanos de todo el mundo, vá el Br. à inculcar el orígen de su Arte, y sus prerrogativas. Ya Vms. cobraron algun aliento quando vieron que nuestro Augusto Monarca, que de Dios goce, les declaró capaces de obtener los empleos de la República, relativos à los materiales que Vms. usan, con el bien entendido que han de ser hombres honrados, y que han de trabajar tambien los Lunes, porque de lo contrario no habla con Vms. la Cédula. Pues ahora vá à rellenarles de gusto al verlo tan antiguo y condecorado. Dice el Argonauta, que habiendo llegado en su viage à la era de nuestro Padre Adan y nuestra Madre Eva, los encontró con zapatos; quando no como los que Vms. hacen à toda moda con dos y aun tres cadenetas, con la evilla à la punta del pie, y con unos tacones mas altos que los zancos con que se representan las fantasmas; y para las Señoras mugeres con treinta mil primores algo mas que superfluos, à lo menos aquello que se llama equivalentes. Desde luego debió de ser asi, porque la delicadez de los pies de aquellos primeros humanos, como criados para un paraiso de delicias, no podrían sufrir los tropezones, tribulos y espinas. El primer libro que se escribió en el mundo ya nos dice que en aquellos tiempos se gastaban zapatos, que los Judios los usaban, y prueba de ello es que se los quitaban para entrar en el templo. Las Mugeres Hebréas tambien los gastaban, y tan primorosos, que dicen que Judit cegó ò deslumbró à Holofernes con los suyos. Los Fenicios, Caldéos, Egipcios, Griegos y Romanos, todos calzaron zapatos. Los mismos Filósofos, aquellos que mas recomiendan la antigüedad, no dexaron de usarlos. Los Emperadores y los Reyes, los hombres mas grandes, todicos han procurado resguardar sus pies de las injurias exteriores. Conque dice el Br. que le parece que basta esto para que el orbe entero quede convencido de las canas que peina su Arte de Vms. Vamos à las prerogativas. Es indubitable que un Arte será mas ò menos ilustre, segun su necesidad, sugetos à quienes sirva, y con respecto al beneficio que traiga à la Nacion. La necesidad es indisputable. Se guardará muy bien el Argonauta de salir de casa sin zapatos, y mucho menos por las calles de Cadiz, porque la cera algunas veces cuesta cara. En cuanto à la segunda, ya se ha dicho que los Emperadores, Reyes, se los ponían, hasta el Pontífice. Todos los Héroes en letras y armas, en fin, todo el mundo. Y por último, por lo que concierne la utilidad de la patria? Vaya no es tanta como la que dán los de Londres, Cataluña, &c. que à todas partes mandan zapatos, y es un ramo no pequeño de Comercio, pero por fin es alguno con la esperanza de crecer. Conque ya no se les puede negar que es ilustre y condecorada. Pero . . . . . aquel . . . . . honor que Vms. se han usurpado de calzar à las Señoras, le parece al Br. que no es del Gremio. Dirán Vms. que tambien los sastres prueban los vestidos interiores, los mas llegados à las carnes; pero quieto, que tambien les llegará su S. Martin. No Señor, que es porque las damas quieren el zapato mas chico que el pie, de aí resulta que no se lo pueden calzar, y que nos llamen à nosotros para que echemos los bofes, y derramemos mas sudor que agua la fuente de la Cibeles. He, tienen Vms. razon. Pues desde ahora prohibe el Juez de policía y modestia universal que Vms. hagan los zapatos de modo que no se puedan calzar, y conjura à toda Señora de ser reputada por inhonesta y mala christiana, &c. &c. &c. la que llame á Vms. para tan indecorosa comision. Dice el Br. que otra cosa sería si el tal Juez tuviera noticia de un caso de que fué testigo, que no lo refiere por no molestar à los que piensan como deben. Tambien les encarga que no sean Vms. embusteros en descrédito del Arte, y asimismo que se apliquen, y animen à mandar anchetas à las Indias, pues resultará un gran pro à la República, y à su propio provecho.