El Pensador: Pensamiento XXXVI

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Pensamiento XXXVI

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Allgemeine Erzählung

Una de las tardes, en que se han corrido Toros este año, me hallè tan perseguido de mi humor pensativo, que lo que experimentaba en mì, mas bien se podia llamar melancolìa, que deseos de meditar. Salì de casa, sin saber determinadamente adonde ir, quando discurrì, por la mucha gente, que se encaminaba ácia la Puerta de Alcalà, que havria poco concurso aquella tarde en el Passéo de las Delicias, y determinè irme allà, porque me hallaba muy propenso à estàr solo. Lo adivinè cabalmente; pues lleguè à un parage del Passéo, donde no encontrè sino un hombre, cuyos ademanes fijaron mi atencion. Era algo macilento; pero no de mal color: hablaba solo, y llevaba successivamente la mano izquierda à la muñeca derecha, y la mano derecha à la muñeca izquierda con tal destreza, que discurrí se ensayaba para tocar los tymbales. Me tenia atonito este exercicio, y me llevò la curiosidad hasta quererme acercar à èl, con animo de escuchar lo que decia; pero al instante que me oyò andar, sacò de su faltriquera un pañuelo, con el qual se tapò la boca, con tal precipitacion, que dejò caer, sin repararlo un papel. Fuìme acercando con dissimulo ácia el lugar donde havia caído, porque me imaginè, que tal vez contendria algo, con que podria saber què cosa era aquella vision. Assi sucediò: diòme lastima el martyrio de aquel hombre; y à fin de que mis Lectores se compadezcan de èl, y de los muchos, que se le parecen, publíco el dicho papel, que tiene toda la traza de una consulta dirigida à algun Medico.

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Selbstportrait

“Tengo la desgracia de ser de una tribu, que acostumbran llamar de los Valetudinarios; y confiesso que he contrahido este habito ridiculo del cuerpo, ò por mejor decir, del entendimiento, leyendo muchos Libros de Medicina. Luego que empecè à estudiarlos, conocì que mi pulso se alteraba; y siempre que leìa la descripcion de alguna enfermedad, se me antojaba que la padecia. De resultas de haver leìdo el docto Tratado del Doctor Sydenham, Medico Inglès, sobre las Calenturas, padecì mucho tiempo una calentura lenta, con lo que me determinè à estudiar varios Autores, que han escrito sobre la ptisis, y experimentè un insulto de consumpcion, que durò, hasta que despues de haver engordado mucho, una especie de verguenza dissipò esta imaginacion. Poco tiempo despues padecì todos los symptomas de la gota, à excepcion del dolor; pero me curè con leer una Dissertacion sobre el mal de piedra, escrita por un Autor muy ingenioso, el qual, segun los Medicos acostumbrados à curar una enfermedad con otra, me diò el mal de piedra, para libertarme de la gota. Por fin, estudiè tanto, que caì en una complicacion de males desaforada; pero vino por fortuna à mis manos el Discurso de Sanctorio sobre la insensible transpiracion, cuyo méthodo, y reglas hice animo de seguir, despues de haverlas extractado con sumo cuidado. Todos saben, que este Sabio para executar mejor los experimentos, havia inventado una silla Mathematica, suspenda con tal artificio en el ayre por medio de algunos muelles, que podia servir como de balanzas para pesar qualquiera cosa. Con esto sabía quántas onzas del alimento, que tomaba, se dissipaban con la transpiracion, quántas se le convertian en substancia, y quántas se iban por otros caminos. Despues de mandar hacer una de estas Sillas, la cogì tanto cariño, que, sin moverme de ella, estudiaba, comia, bebia, y dormia: de modo, que puedo assegurar sin ponderacion haver vivido tres años puesto en una balanza. Segun mis cálculos, he averiguado, que quando estoy bueno, peso doscientas libras, pierdo una en un dia de ayuno, y gano una despues de una buena comida, y assi procúro mantener el equilibrio entre estas dos onzas volatiles de mi constitucion. Mis comidas regulares suelen aumentar mi peso hasta doscientas libras, y media; y si despues de comer hállo que falte algo de esta cantidad, bebo cabalmente; ò como lo que es preciso para completarla. Mi mayor excesso nunca aumenta mi peso, sino es media libra à lo mas, lo que tengo cuidado de practicar cada primer Lunes del mes. Quando despues de la comida me hállo bien balanceado, me passéo hasta perder con este exercicio la cantidad de cinco onzas, y cuatro escrupulos, y luego despues tomo un libro hasta perder con el estudio dos onzas, y media mas. No tengo horas señaladas para comer, y cenar; pero si mi Silla me advierte, que yá se dissipò la libra de alimento, que he tomado, infiero, que tengo hambre, y como un bocado. En los ayunos pierdo una libra y media de mi peso. La dosis de mi sueño es una noche con otra de un quarteron, con diferencia de algunos granos mas, ò menos; y si al despertarme conozco, que no he perdìdo esta cantidad, procúro perderla sentado en mi Silla. Segun el cómputo puntual, que he hecho del peso, que he perdído, ò ganado el año passado, hállo, que ha llegado à doscientas libras; de modo, que, à mi entender, no ha disminuído mi salud en este espacio de tiempo, sino de una onza à lo mas. Sin embargo del cuidado, con que procúro mantener mi cuerpo en equilibrio, me hállo en un estado de debilidad, y de languor. Me he vuelto descolorido, tengo el pulso desigual, y estoy amenazado de una hydropesía. Sirvase Vm. admitirme entre sus pacientes, y darme algunas reglas mas acertadas, que las que he practicado hasta aqui.“
Este papèl, ò Carta me trahe à la memoria un epitafio Italiano, puesto sobre la tumba de un Valetudinario, al qual hacen decir estas palabras: Yo estaba bueno, y por haver querido estár mejor, estoy ahora aqui: Stavo ben, ma’ per star meglio, sto’ qui. El temor de la muerte suele ser mortal, y nos precisa algunas veces à tomar providencias, que nos quitan la vida, que deseamos conservar. Algunos Historiadores han reparado, que muere mas gente en las retiradas, que en las batallas; y esta reflexion se puede aplicar à estos enfermos imaginarios, que destruyen su constitucion de puro tomar remedios; y que queriendo huír de la muerte, se echan en sus brazos. Esto, no solo es peligroso, sino tambien indigno de una criatura racional. No afanarse sino en conservar su vida, como si no huviera mas objeto que éste para nosotros en este mundo: mirar como el unico negocio de importancia la conservacion de la salud: no pensar sino en remedios, y regimen, son miras tan viles, y tan indignas de la natrualeza humana, que un hombre generoso antes querrá morir, que sujetarse à ellas. Por otra parte, una inquietud continua por la vida, quita todas sus dulzuras, y cubre de un velo espeso la haz de la naturaleza; pues es impossible hallar gusto alguno en disfrutar una cosa, quando se está siempre temiendo perderla. No porque yo censure à los que tienen un cuidado legitimo de su salud, antes al contrario conviene mirar por ella; porque la alegria del animo, y del desvelo en los negocios dependen en gran parte de una constitucion buena, y robusta. Pero este cuidado, à que nos obligan la razon, y el instinto, no debe llegar hasta darnos temors quimericos, accessos de melancolía, ni males imaginarios, à lo que está siempre expuesto aquel que piensa mas en conservar su vida, que en arreglar sus costumbres. En suma, el buen uso de la vida es lo que merece mas nuestra atencion; el cuidado de conservarla viene despues. Quien se arrimáre con firmeza à esta maxima, escogerá el mejor medio para mantenerse sano, sin darsele mucho de lo que pudiere suceder; y lograrà la mayor fortuna, que consiste en esperar la muerte, sin desearla, ni temerla.

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Brief/Leserbrief

Señor Pensador. “Havrá unos quince dias, que lleguè à esta Corte con Cartas de recomendacion para un pariente mio, que reside en ella, que con varios fines ha procurado introducirme en algunas casas, que èl frequenta. Voy à las unas, porque assi lo piden mis pretensiones, y à las otras, porque en ellas se juntan por la noche algunos ociosos, que despues de haver empleado la mitad del dia en recoger noticias en todos los barrios de la Ciudad, lo ván à lucir à su Assamblèa, no tanto por las novedades, que trahen, como por las reflexiones agudas, è importantes, à su parecer, con que las adornan. ¡Què cosas tan cucas sabría Vm., Señor Pensador, si yo le refiriera todo lo que he oído las pocas veces, que me he hallado en esta Assamblèa! No quiero darle por ahora este gusto: otro dia me cogerá quizá la manía de participarselo, aunque temo su genio de Vm. que me parece un poco maligno. Me contentarè con comunicarle lo que passó la primera vez, que assistì à dicha Assamblèa, donde despues de haver dicho los concurrentes un monton de mentiras, que llamaron noticias, se pusieron à criticar algunas Obras recien publicadas, y he visto, que hacen lo proprio todas las noches. Yá discurrirá Vm. que no se libran de la censura de estos criticos noctambulos los Pensamientos de Vm., de los quales hablan algunas veces en un estilo lleno de formulas desapiadadas. No se contentan con disparar rayos de reprobacion desde la esfera de su critica (assi se explican algunos de ellos) sobre los Pensamientos, que ván saliendo; sino que con motivo del ultimo abofetean la memoria (assi hablan otros) de todos sus antepassados. Es verdad, que no le faltan à Vm. partidarios en este Areopago; pero son pocos, aunque es tambien verdad, que son los unicos hombres de entendimiento, de que se compone. El Pensamiento, que les ha dado mas lugar de manifestar el afecto, que le professan à Vm. es aquel, en que Vm. habla de las Tertulias, que, segun los Criticos, son una cosa desconocida en Madrid, y en todo el Reyno; añadiendo, que este Pensamiento se lo enviaría à Vm. algun Corresponsal de Londres, ò de aquellos Países Estrangeros, donde suelen juntarse sugetos de todas classes, y estados en lo que llaman Caffees. Confessemos, Señor Pensador, que los hombres preocupados dicen muchos disparates. ¡Cómo no hay Tertulias en Madrid! Quando yo, Provincial rudo, è inculto, conozco mas de veinte desde el poco tiempo, que estoy en la Corte. ¿No hay la de los Chistosos en casa del Señor Faceto? ¿La de los Estadistas en casa del Señor Don Toribio Polytèo? ¿La de los Novelistas en casa de Don Angel Mendez? ¿La de los Discretos en casa del Señor Anquino? ¿Y otras mil, que no quiero nombrar? Como quiera, yo tuve la curiosidad de leer lo que Vm. havia dicho en el assunto, para vèr si acaso decia algo de una, que hay en mi Lugar, de la que soy individuo, aunque indigno. A ésta concurren solo sugetos, que, por no tener las facciones como muchos, y muchas deseáran tenerlas, llaman Feos; y estrañè, que Vm. no haya hablado de ella, porque es muy famosa, y digna de ser celebrada. Por mas que rabien los que niegan pravamente la existenica de las Tertulias, yo quiero que Vm. hable de la mia, porque sobre ser yo muy sino apassionado de Vm., confio de que quando el Público tuviere noticia de ella se presentarán algunos candidatos, porque hay bastantes hombres, y mugeres en Madrid, con caras muy acreedoras à ser de mi cofradía, à la qual Vm. no havrà visto seguramente ninguna, que se le parezca, si no ha estado en el Gran Cayro, ò en algun Reyno de lo interior del Africa.

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Allgemeine Erzählung

La emulacion es, en sentir de los Philosophos, (sepa Vm. que no he leído ninguno; pero hago lo que muchos, que los citan tambien sin haverlos saludado) un principio muy fecundo de bien, y de mal. Havrá algunos años, que ésta se apoderò de algunos vecinos de mi Lugar, enojados de vérse mirados con desprecio por algunas carillas, que, preciadas de su hermosura, havian formado una especie de vecindad separada, con el nombre de la Tertulia, ò Cofradía de los Hermosos. Picóse con esto la vanidad de algunos, que nos parecia haver nacido con una mascarilla pegada à las narices, y resolvìmos formar otra Cofradìa opuesta à la primera, y la llamamos con humildad la Tertulia de los Feos; y está yà tan arraygada, que se junta muchissimo mas amenudo, que la de los susodichos hermosos, y confio de que durará tambien mucho mas, por el cuidado, con que la hemos formado, y la union, que reyna entre nosotros; porque ninguno presume tener mas derecho, que los demás, para assistir à las juntas. Nuestra hermandad se compone de un Presidente, y muchos individuos, y no dámos exclusiva à ninguna Nacion: todos los feos, y feas pueden concurrir à nuestra Tertulia, como tengan las circunstancias, de que hablan nuestros Estatutos, que llamamos Patente de deformidad. Para que véa Vm. con què cordura hemos determinado vengarnos de los hermosos, envío à Vm. translado de algunos articulos de nuestros Estatutos.

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I. Nadie podrà concurrir à nuestra Tertulia, si no tiene algo de raro en la cara, ò el mirar de travès: las circunstancias de los Pretendientes se decidiràn à pluralidad de votos; y en caso de hallarse divididos, el Presidente decidirá. II. En los examenes, que se harán tocante à estas circunstancias, se atenderá particularmente à la corcoba de los Pretendientes, como à una señal caracteristica de su semejanza con el Fundador, y à todas las irregularidades de su figura. III. Todo hombre, que tuviere la fortuna de tener una narìz extraordinaria, assi en lo largo, como en lo gruesso, podrá pretender con razon el ser admitido. IV. Finalmente, quando huviere varios Pretendientes, se deberá dár la preferencia à el que tuviere el cutis mas gruesso, que los demás.
Todos los concurrentes à la Tertulia se hallarán en la obligacion de regalarla, la primera vez que concurrieren, con un plato de migas, y un Panegyrico en alabanza de Esopo, cuyo retrato à lo natural, con sus proporciones, ò desproporciones, está colgado en la sala donde nos juntamos. Y ha resuelto la Tertulia comprar, luego que sus fondos lo consientan, los bustos que representan los hombres de la antiguedad, que lograron hacerse célebres por la disformidad de sus personas, ò lo espantoso de su cara, para adornar la sala. Todos los Tertuliantes han sido siempre tan apassionados de las Señoras, que están dispuestos à animar à las que quisieren concurrir, aunque hasta ahora pocas han hecho esta pretension, sino por casualidades impensadas. Nuestro Presidente, muy obsequiador del sexo, me enseñò ultimamente dos Poemas, escritos por uno de los Tertuliantes: el uno es una Oda dirigida à una Tia, dandola la enhorabuena por haversele caìdo seis muelas; y el otro es un Panegyrico à la espalda izquierda de Doña N. Me participò al mismo tiempo, como mi Señora Doña Mascarilla se ha vuelto estupendamente horrible, y gran bebedora desde que ha tenido las viruelas. Pero nunca lo hallo tan chistoso, como quando habla de Doña Leonor la Vieja, que es de nuestra Hermandad. La adora, y la prefiere à quantas mugeres hay en el mundo; porque es tal su cara, que se puede decir, que es un prodigio de fealdad; y por lo que toca à la tez, el talle, y las facciones de la cara, las desprecia en sumo grado, como que son cosas exteriores, que no sirven sino para la symetría. Permitame Vm. le diga, que nuestro Presidente es un hombre muy amable, y chistoso; pero que nunca es tan divertido, como quando tiene cerca de sì à sus Mascaras: assi nos llama à los de la Tertulia. Assegura, que su salud logra nuevos grados de robustèz quando encuentra alguno de aquellos pisaverdes, que tienen en sumo grado el talento de hacer visages à las Damas; y para manifestarme su sinceridad en este punto, me enseñò algunos dias hà una lista de todos los personages de esta classe, que han llegado à su noticia de cinco, ò seis años à esta parte.”

Metatextualität

Esta Carta, à cuyo Autor doy mil gracias por las noticias que me participa en su preambulo, me ha dado ocasion de hacer algunas reflexiones sobre lo que llaman fealdad, y hermosura.
Muchas personas consideran como una de las mayores desgracias el no ser hermosas; pero se curaràn de esta flaqueza ridicula, los que hallandose con el desconsuelo de no ser hermosos, reflexionaren, que las prendas del corazon, y del entendimiento son muy aventajadas à la hermosura. Esta es mi opinion, y la probarè con referir lo que passa en casa de un amigo mio.

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Allgemeine Erzählung

Este tiene dos hijas, Doña Antonia, y Doña Cecilia: la primera es una de las caras mas hermosas, que tiene España; pero la otra no tiene cosa particular, que se lleve la atencion. Su buena, y mala fortuna parece estriba unicamente en esta cirunstancia exterior. Antonia, que desde la cuna ha oído celebrar continuamente sus facciones, y su tez, ha quedado como la naturaleza la ha hecho; esto es, un objeto muy agradable à la vista. Con la gran noticia, que tiene de su hermosura, se ha vuelto tan soberbia, è insolente, que nadie la puede aguantar; pero Cecilia, que yá havia llegado à los veinte años de su edad, sin que nadie le huviesse hecho la menor cortesía, se hallò precisada à cultivar su entendimiento, à fin de contrabalancear con las prendas de su alma la hermosura, que para su hermana era un assunto perpetuo de elogios. La pobre Cecilia ganaba raras veces su pleyto: quando le sucedia el tener algo que disputar con su hermana, no se hacia caso de sus razones, por mas que se las inspirasse un juicio muy sólido. Todo lo contrario sucedia con Antonia: la escuchaban con agrado; y con la voz, y el gesto se aprobaba quanto decia, aun antes que hablasse. La contrariedad entre estos dos modos de tratar á estas Señoritas, ha producido efectos muy proporcionados à sus causas. El Invierno passado un Caballero viò á Antonia en la Comedia, y al instante se enamorò de ella. Era bastante rico, y assi no le fuè dificultoso la entrada en casa del padre de su querida; y apenas se huvo explicado, quando le admitieron con toda libertad. Pero nada encontraba en Antonia, sino un mirar severo, y cortesía enfadosamente respetuosas. Cecilia al contrario, lo recibia con alegria, y con la inocente familiaridad de una hermana, con lo que el enamorado exlamaba alguna veces: ¡O, Señora Cecilia, si Vm. fuera tan hermosa como Doña Antonia! y oía esta exclamacion con la indiferencia propria de una muchacha, que no tiene mira particular. Entretanto se moria por su querida, y no hallaba consuelo sino con la amable Cecilia. Un dia, enfadado de la soberbia, y tontería de la una, y encantado del buen genio de la otra, dijo á ésta, que tenia que comunicarla una cosa, que tal vez no desmerecería su agrado. En verdad, Doña Cecilia, estoy enamorado de Vm. y desprecio muy de véras à su hermana. El modo con que hizo esta declaracion, diò motivo à la que la oía de reirse à carcajadas. ¡O! ¡ò! (añadiò el enamorado) bien sabìa yo, que Vm. se burlarìa de mì; pero la pedirè à su padre. Assi lo executò; y el padre, muy contento con no tener con esto otro cuidado, que de la hermosa, que discurria poder casar quado quisiesse, recibiò la propuesta del Caballero con igual alegria, que admiracion. Yo no he visto cosa mas divertida, que la conquista de Cecilia: todos sus conocidos la dàn la enhorabuena de su fortuna tan inesperada, y se burlan de la ridicula afectacion de su hermana. Si es indicio de un entendimiento corto el afligirse de algunos defectos, que debemos à la naturaleza, es tambien insensatèz el ensoberbecernos por aquellas prendas, que nos concediò solo su liberalidad. Me parece que las mugeres son incorregibles sobre este punto. Como quiera, pondrè aqui algunas reflexiones sobre las hermosuras de profession, tan inaguantables como los hombres, que se precian de discretos.

Fremdportrait

Un Autor Francès ha dicho, que los ultimos suspiros de una muger hermosa no se refieren tanto à la pérdida de su vida, como à la de su hermosura: tal vez esta proposicion es extremada; pero se funda en una observacion constante; y es, que la mayor passion de las mugeres es la de la hermosura, que mira como el distintivo mas apreciable. Por esto abrazan con ardor todos los artificios, que la pueden hacer, ò mas brillante, ò duradera. Por no mencionar todos los engaños, y todos los generos de contrabando, que sirven para esto, dirè, que no hay Señorita de cierto porte en España, que no haya oìdo hablar de las propriedades del rocìo del mes de Mayo, y que no tenga alguna receta para conservar su tez. He conocido un gran Medico, hombre de juicio, que despues de haver cursado muchos años en la Universidad, y haver estado en varios Paìses de Europa, se acreditò con una agua artificial, que tenia la virtud de hermosear las caras.
Esta inclinacion casi general à todas las mugeres, que dimana del honrado deseo, ò de la gana de agradar, y que se funda en una reflexion, muy verdadera, de que el arte puede socorrer à la naturaleza, me ha hecho discurrir sobre los medios, que pueden hacerla útil. Me parece, que serìa hacerlas un beneficio muy distinguido, si para arrancarlas de entre las manos de los charlatanes, y empyricos, y impedir, que estos no las engañassen, se las enseñára el secreto verdadero de conservar su hermosura, ò de hacerla mas sobresaliente. Pero antes de llegar à este punto conviene sentar algunas maximas fundamentales.

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1. Las facciones solas no dán hermosura à una muger, como la simple palabra no la dá entendimiento. 2. La soberbia destruye toda symetrìa; y el agrado, y la afectacion son mas peligrosas, que las viruelas para las caras lindas. 3. Una muger no puede ser hermosa, si no es siendo incapáz de ser infiel. 4. Lo que serìa odioso en una conocida, es disforme en una amiga.
Esto supuesto, facil es probar, que el verdadero medio de conservar, y aumentar la hermosura consiste en adornar la persona de todo lo que es proprio de la virtud, y digno de alabanza. Con esto, las mugeres, que por su hermosura pueden decir, que la naturaleza las formò con algun cariño, logran una especie de vida, que dá realce à su perfeccion. Y con esto tambien las feas, que podemos mirar como bosquejos, que la naturaleza hizo de prisa, pueden suplir lo que las falta.